informaValencia.com

Salud

Para cuidar el corazón hay que caminar al menos una hora al día

Escrito por informaValencia1 06-10-2015 en Salud. Comentarios (0)

Las recomendaciones actuales se asocian con un beneficio más bien ‘modesto’ en cuanto al riesgo de riesgo de insuficiencia cardíaca, y sugieren que la ‘dosis mínima’ debería ser de al menos el doble

iV.com/Ag.- Es posible que las recomendaciones actuales en cuento al ejercicio que debemos hacer para obtener un beneficio cardiovascular sean insuficientes. Según un informe que se publica en el "Circulation", duplicar o cuadruplicar los niveles mínimos recomendados disminuyen el riesgo de insuficiencia cardíaca en un 20 y un 35%, respectivamente. O, lo que es lo mismo, "caminar 30 minutos al día como recomiendan las Guías de Actividad Física de EE.UU. puede no ser lo suficientemente bueno", apunta Jarett D. Berry, de la Universidad de Texas Southwestern Medical School en Dallas (EE.UU.). "Es posible, -añade-, que haya que incrementar la actividad física para reducir realmente el riesgo de insuficiencia cardiaca".

La función del corazón es aportar a los tejidos y órganos del cuerpo un flujo de sangre oxigenada suficiente para sus necesidades metabólicas tanto en reposo como durante el ejercicio físico. Cuando se desarrolla insuficiencia cardiaca, el corazón pierde la capacidad de mantener ese flujo adecuado, aun a expensas de aumentar las presiones. La insuficiencia cardiaca se caracteriza por la dificultad para respirar y una capacidad reducida para hacer ejercicio.

La mayoría de las guías aconsejan hacer 30 minutos diarios de ejercicio (unos 150 minutos semanales), de leve a moderado, para reducir el riesgo cardiovascular. Pero, de acuerdo con este trabajo, estas recomendaciones se asocian con un beneficio más bien ‘modesto’ en cuanto al riesgo de riesgo de insuficiencia cardíaca, y sugieren que la ‘dosis mínima’ debería ser de al menos el doble.

Además, la investigación ha encontrado una asociación inversa ‘dependiente de la dosis’ entre la actividad física y la insuficiencia cardíaca: es decir, los niveles mayores de actividad física se asocian con un menor riesgo de insuficiencia cardíaca. Dicha relación se mantiene independientemente de la edad, el sexo, la raza, etc..

Los nuevos datos, que podrían cambiar las actuales recomendaciones de ejercicio físico, se basan de la revisión de 12 estudios realizados en EE.UU. y Europa, e incluyen a 370.460 personas que realizaban diferentes niveles de actividad física al inicio de los estudios. En total se registraron 20.203 casos de insuficiencia cardiaca durante un seguimiento medio de 15 años.

A tenor de esta nueva información, reconoce Ambarish Pandey, de la Universidad de Texas Southwestern, es posible que haya que revisar las directrices en cuanto a la actividad física si realmente se quiere prevenir el riesgo de insuficiencia cardiaca. "Si nos fijamos en la población general –apunta Berry-, hemos tenido un gran éxito en la reducción de la enfermedad coronaria en los últimos 30 años. Sin embargo, las tasas de insuficiencia cardiaca no han disminuido lo suficiente. Los nuevos resultados sugieren que los niveles más altos de actividad física pueden ayudar a reducir el número de casos con la insuficiencia cardiaca"

La tía Leonor

Escrito por informaValencia1 21-09-2015 en Cultura. Comentarios (0)

Susana Gisbert. Relato

Cuando conocí a la tía Leonor, yo sólo tenía siete años, pero lo recuerdo como si fuera ahora.
   
Era un día de principios de primavera en que, acompañada de mi madre, íbamos a hacer una de aquellas visitas de cortesía que hoy tenemos tan olvidadas, y en aquella ocasión mi madre decidió que yo la acompañara, no sé muy bien por qué. Cuando llegué a aquella casa, la vi. Me quedé boquiabierta ante la imagen de una señora de edad indefinida que, perfectamente peinada y con los labios pintados de rojo, permanecía inmóvil sentada delante del televisor. Hasta ahí, todo podría parecer normal, pero lo chocante era que la dama en cuestión llevaba teja y mantilla y un traje de encaje negro que, aunque anticuado, debía ser muy elegante, y que, delante de la silla donde ella estaba, había colocada otra, a modo de barrera, de la que colgaba un ajado mantón de Manila artísticamente extendido. En la televisión, una corrida de toros de ignoro qué feria pero que, en cualquier caso, mantenía absorta a aquella extraña señora.
   
Yo no podía apartar los ojos de ella, pero mi madre me reprendió diciéndome que me comportara como una niña educada. Al parecer, las niñas educadas no se quedan mirando a las señoras raras, así que no repliqué. No tardó en aparecer por allí otra mujer, más normal y de edad parecida a la de mi madre, que luego supe que era mi tía Carmen, la hija de la tía Leonor, prima hermana de mi madre. Ésta sí nos saludó, nos besó en ambas mejillas y nos ofreció amablemente algo de beber, lo que, igual de amablemente, rechazamos, pese a que yo me moría por beberme la Coca Cola que me había ofrecido. Pero claro, las niñas educadas no hacían eso.
   
La tía Carmen estuvo un rato hablando con mi madre de gente que supuestamente pertenecía a nuestra familia pero de la que yo nunca había oído hablar. Y mientras, la tía Leonor, como me dijeron que se llamaba la señora rara de la mantilla, se mantenía absorta delante del televisor, ajena por completo a todo lo que no fuera la corrida de toros que se retransmitía. En un momento dado, como pude ver mirando de reojo, la mujer aplaudía entusiasmada, y en otro hacía gestos de desaprobación, y, lo más curioso es que llegó incluso a coger ceremoniosamente un pañuelito blanco y a agitarlo furiosamente:
-   
La oreja, la oreja... Que le den la oreja.

Las tres la miramos sobresaltadas. Fueron las primeras palabras que salieron de su boca y yo tuve que hacer serios esfuerzos para contener la risa, ante la mirada de reproche de mi madre. Rápidamente comprendí que se refería a la faena del torero, y que la oreja, reclamada, era, obviamente, la del toro, que entendía la tía Leonor que era el trofeo que merecía el matador. Cuando, efectivamente, el locutor anunció la vuelta al ruedo, la tía Leonor aplaudió entusiasmada y después volvió a adoptar la misma postura estática delante del televisor. Nadie se dirigió a ella, pero mi madre y la tía Carmen se miraban con una sonrisa al tiempo que asentían con la cabeza. Yo entonces ignoraba si ellas también estimaban que el torero se merecía la dichosa oreja o era por otra razón pero, como la niña educada que mi madre me decía que fuera, permanecí todo lo calladita que pude.

Después de un rato, la tía Carmen nos pidió disculpas porque iba a poner la merienda a su madre, y al cabo de poco tiempo salió de la cocina portando una bandeja con un vaso de leche y unas galletitas. La tía Leonor se levantó penosamente y pude ver que llevaba unos brillantes zapatos de tacón que a duras penas sostenían sus piernas arqueadas.

-Carmencita, no sé cómo lo haces, pero siempre me consigues las mejores entradas para los toros. Lo que no sé es por qué no has conseguido una para ti y habríamos visto juntas la corrida.

-Ya sabes que a mí no me gustan los toros... Pero, sal de plaza que te he preparado la merienda.
     
La tía Leonor dio una vuelta por el comedor, se quitó la mantilla y la teja y volvió a sentarse en la misma silla, donde su hija ya había retirado el mantón de Manila extendido, poniendo en su lugar la bandeja con la leche y las pastas, de las que dio buena cuenta. La tía Carmen, mientras, permanecía sentada a su lado, pendiente de que tuviera siempre una servilleta a mano para limpiarle los restos de comida que a veces le quedaban. Y detrás, mi madre y yo, contemplando la escena en completo silencio.

Cuando hubo acabado la merienda, la tía Carmen acompañó a su madre, cogiéndola del brazo, hasta alguna habitación en el interior de la casa y al cabo del rato volvió, supongo que tras haberla acomodado, diciéndonos que su madre se había retirado a descansar.

Una vez comprobado que la tía Leonor estaba bien y que descansaba plácidamente, su hija volvió con nosotras y se sentó más relajadamente. Fue cuando nos empezó a contar que su madre ya hacía tiempo que vivía en su mundo, totalmente ajena a la realidad, y que ella procuraba “seguirle la corriente” y que fuera lo más feliz posible. Decía con pena que la mayoría de las veces no la reconocía, y que con frecuencia la confundía con su propia madre, también llamada Carmen, hermana de Leonor, fallecida veinte años antes, e incluso con su abuela.

-A veces, es ella quién me llama “mamá” –dijo, con los ojos brillantes por las lágrimas que querían salir- Pero yo creo que ella, a su manera, está contenta...
   
Hubo de pasar mucho tiempo y muchas visitas de cortesía para que yo empezara, de verdad, a comprender lo qué pasaba, a entender y a querer a mi tía abuela Leonor. Por supuesto que mucho antes había asumido que su cabeza no andaba bien, que tenía alguna enfermedad que le impedía regir como los demás, y que había que cuidarla. Pero no se trataba de eso. Tuve que crecer mucho, de cuerpo y de alma, para saber que ella vivía en un universo paralelo, y que no necesariamente era peor que aquél en el que yo, y todas las personas teóricamente normales, nos movíamos.
   
La tía Leonor sonreía con frecuencia, probablemente con mucha más frecuencia que lo hacía mi propia madre y, desde luego, con muchísima más que lo hacía su hija, la abnegada tía Carmen. Y a mí me gustaba su sonrisa, un gesto de niña en la cara de una anciana, que casi siempre mostraba en los dientes restos del carmín rojo pasión con el que se pintaba los labios.
   
Para sorpresa de mi madre y del mundo en general, yo tomé gusto a aquellas visitas que a la mayoría se les antojaban como una molesta obligación. Nadie comprendía por qué me gustaba ir a visitar a quien en su día califiqué de una señora muy rara, menos todavía cuando yo ya estaba cruzando el umbral de la adolescencia. Pero Leonor –como me pidió que la llamara- tenía muchas cosas que enseñar, y nadie supo o quiso aprender. También sabía escuchar cuando la mayoría de la gente se limitaba a oír. Y yo me acostumbré a ir a verla una vez a la semana.
   
El resto de la familia la trataba con condescendencia, y comentaba con pena que cada día su deterioro era más evidente. Pero no era deterioro. Ella había creado un mundo propio, y un día me invitó a entrar. Fue el día en que me atreví a pedirle que compartiera conmigo su pintalabios. Me lo prestó, y aplaudió entusiasmada cuando me vio maquillada con aquel carmín pasado de moda. A partir de entonces, yo aprovechaba aquellas visitas de cortesía para sentarme con ella, para dejarle que me contara cosas, y meterme en su mundo. Fui testigo de un romance desgraciado con un novio que la plantó poco tiempo antes de casarse, asistí a su boda con mi tío abuelo, un hombre adusto que nunca la hizo feliz, y compartí con ella el nacimiento de sus cuatro hijos. También lloré con ella la muerte de uno de ellos y la ingratitud de otra de sus hijas, que nunca venía a verla. No quise decirle que había muerto años atrás, pero le mentí contando que tenía un trabajo importantísimo en Estados Unidos y no podía dejarlo así como así. Llegué incluso a inventar una carta de ella, donde le decía cuánto le quería y cuánto la echaba de menos. Ella hablaba y reía conmigo, ante la mirada pasmada de mi madre y los gestos entre tristes, atónitos y agradecidos de mi tía Carmen.
   
Un día, se aventuró a contarme la que había sido la gran frustración de su vida: ella había querido ser bailarina. Al parecer, lo hacía bien, e incluso hubo una época en que tomaba clases, siempre que los ingresos familiares podían permitírselo, pero aquélla no era una ocupación digna para una señorita, y su sueño, como tantos otros, se fue al traste. Le dijeron que se olvidara del baile y, aunque pareció obedecer de buen grado, nunca obedeció realmente: jamás se olvidó. Ni tan siquiera ahora, que su mente había decidido borrar tantas cosas, había olvidado aquello.
   
Para mí fue una suerte. Cuando descubrí aquel secretillo de ella, se abrió una vía de comunicación que no había existido con nadie, ni para ella, ni tampoco para mí. Yo también era una gran aficionada aunque, desgraciadamente, mis aptitudes físicas no andaban parejas con mi devoción, y comenzamos a pasar tardes enteras bailando en nuestro mundo imaginario. Juntas, compartimos un montón de funciones en que ella era Giselle en su mágico bosque, Odile en el lago de los cisnes, Julieta suspirando de amor por Romeo en Verona, Coppelia en el escaparate de su tienda… La pude ver perfectamente recreando Las Sílfides, El Corsario, El Cascanueces, Don Quijote… Y disfruté de veras, tanto como la veía a ella disfrutar.
   
Nadie sabía nada, ni entendía nada. Nos quedábamos solas en la habitación, y ninguna otra persona, ni siquiera la tía Carmen, escuchó nunca nuestras conversaciones. En honor a la verdad he de decir que para ella fue un alivio aquella incomprensible afición mía a pasar las tardes con Leonor y se quedó francamente boquiabierta cuando, al agradecerme ella que fuera tan bondadosa con su madre, yo le respondiera sin atisbo de duda que yo me lo pasaba divinamente.
   
Pero era absolutamente cierto. Leonor, cuando se movía en su mundo, era un ser maravilloso, capaz de recrear un universo ideal. Juro que conseguí verla con su tutú plateado y sus zapatillas de punta haciendo asombrosas piruetas, y juro también que de la emoción me saltaban las lágrimas.
   
Tanto era así que un buen día decidí devolver a Leonor algo de lo que me había dado. Busqué en los vídeo clubs una grabación de Las Sílfides a cargo un importante ballet, algo antigua pero muy bella, donde, al final de la representación, grabada en directo, se hacía un homenaje a una gran bailarina ya retirada. Contacté con un amigo habilidoso para que retocara la grabación y me dispuse a preparar mi regalo.
   
Una vez estuvo listo el DVD, reuní a mi madre, a mi tía Carmen, y algunas tías y primas más, y les supliqué que se vistieran con sus mejores galas. Obviamente, también le indiqué a Leonor que había de ponerse muy guapa, lo que ella, con la ayuda de su hija, cumplió sin rechistar con una expresión algo ida. Preparé el salón de la casa con algunas fundas de terciopelo para las sillas, y coloqué el disco en el reproductor de dvd de la televisión, apropiándome del mando a distancia camuflado en el bolsito a juego con mi vestido de fiesta.
   
Cuando todo estaba a punto, invité a mi madre y a mis tías y primas a sentarse y continuación entré yo, ceremoniosamente, del brazo de Leonor.
   
-Hemos venido al teatro ¿te acuerdas, Leonor? Vamos a ver El Lago de los Cisnes.
   
- Claro, cariño, ¿cómo iba a olvidarlo?
   
La televisión comenzó a reproducir las escenas del Lago de los Cisnes de principio a fin, sin que ninguna de nosotras produjera más sonido que unos aplausos, siempre empezados por ella. La representación acabó y, al final, pudimos ver cómo los bailarines, el director y el coreógrafo salían a escena y con toda claridad, decían:

-Ahora, vamos a rendir homenaje a esa gran bailarina en cuyo honor se ha hecho esta representación. Con todos ustedes, Leonor Rivas…

Volvimos todas por un instante los ojos hacia ella y contemplamos cómo su castigado cuerpo, de pronto, se volvía flexible como un junco, doblando la espalda casi hasta el suelo para saludar emocionada. Y secundamos la cerrada ovación con que aquel público enlatado la obsequiaba.

Diez días más tarde, mi tía Carmen me llamó para decirme, entre sollozos, que su madre estaba muy mal, que si quería despedirme de ella no tardara en llegar. Afortunadamente, llegué a tiempo. Mi tía abuela Leonor, consumida como una vela en su cama de enferma, apenas podía respirar, pero, en un susurro sólo a mí dedicado, dijo:

-¡Cómo les hemos engañado a todas!..

Luego, guiñó un ojo por última vez en su vida.

Nunca supe muy bien qué quiso decir con su última frase ni a qué se refería, pero no me importa lo más mínimo. Lo que sí sé es que, desde entonces, cada vez que pienso en la felicidad, veo su cara saludando al público, a ese público imaginario en una pequeña sala de estar, y anhelo que la vida alguna vez me regale un momento como ése.


@gisb_sus

#DiaMundialAlzheimer

Azúcar refinado

Escrito por informaValencia1 16-09-2015 en Salud. Comentarios (0)

EatFit/Carla Sánchez

Cuando convertimos una acción puntual en un hábito, tendemos a pensar que no es malo o incluso que es beneficioso. Hay que tener cuidado con normalizar ciertos comportamientos cuando se trata de nuestra salud y de los que nos rodean.

En el caso de los azúcares refinados, muchos alimentos ocultan desmesuradas cantidades de azúcar refinado, que no contiene ni minerales, ni vitaminas, ni ningún otro nutriente, por lo tanto, nada beneficiosas para la salud; hay que tener cuidado y observar la composición de los alimentos, sobre todo los que vienen preparados y precocinados, así cómo zumos de frutas, refrescos, melazas, congelados, cereales, pan industrial, etc.

-Entre los efectos perjudiciales del azúcar refinado, destacan la tendencia a la resistencia a la insulina y diabetes de tipo 2. Esto se traduce en desequilibrios de los niveles de azúcar en sangre, que pueden provocar mala circulación, cataratas, hormigueo en las piernas y todas las complicaciones derivadas de una diabetes mal controlada.

-Produce caries.

-Crea adicción, estos azúcares tienen un sabor más intenso que los que contienen los alimentos de forma natural, y nos parecerá que muchos alimentos que ya contienen azúcar necesitan más, con los consiguientes problemas citados por el excesivo consumo de azúcar.

-El consumo de azúcar tiene una estrecha relación con el riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares. Obesidad.

Algunas frases se usan para autoconvencerse:

“Pues yo tomo azúcar y no me pasa nada”, ” yo no noto nada al tomarlo”.

Esto no quiere decir que no esté perjudicando al cuerpo, puede que seas una persona joven o una persona fuerte que aguante bien los golpes y maltratos al cuerpo, al menos por el momento.
 
Podría ser que tuvieras dolencias que no creas que estén relacionadas con el azúcar, pero que pueden estar facilitadas por su consumo,  e incluso puede que tengas dolencias que consideres “normales para tu edad”  y que quizá veas “normal” enfermar cada vez más y lo relaciones con la edad.

Como conclusión, debemos tener en cuenta que a lo que estamos acostumbrados no es siempre lo mejor, decir que el consumo de azúcar se ha ido incrementando durante la historia, apareciendo cada vez más comidas industriales, por lo tanto, lo que hoy es lo habitual no lo era hace unos años, y las pruebas están ahí, EEUU es de los países en la actualidad con más consumo de azúcar refinado, y como no podía ser de otra manera, presenta muchos de los récords en obesidad y enfermedades derivadas del exceso de consumo de azúcar.


@carlanutricion

El aceite de oliva virgen extra protege contra el cáncer de mama

Escrito por informaValencia1 15-09-2015 en Salud. Comentarios (0)

Dieta mediterránea rica en aceite de oliva virgen extra, pescado y alimentos vegetales, se asocia con un riesgo relativamente menor de sufrir la enfermedad

iV.com/Salud.- Según constata un artículo online publicado por la revista JAMA Internal Medicine a partir de un ensayo clínico de gran tamaño coordinado por la Universidad de Navarra dentro del estudio multicéntrico PREDIMED (Prevención con Dieta Mediterránea) y el Centro de Investigación Biomédica en Red-Fisiopatología de la Obesidad y la Nutrición CIBERobn, perteneciente al Instituto de Salud Carlos III de Madrid, la dieta mediterránea ha sido ampliamente estudiada como factor de riesgo modificable en el desarrollo del cáncer de mama –que se diagnostica con frecuencia y es una de las causas principales de muerte en mujeres–. Sin embargo, la evidencia epidemiológica sobre el efecto de factores dietéticos específicos es aún inconsistente.

Miguel Ángel Martínez-González, catedrático de Medicina Preventiva de la Universidad de Navarra en Pamplona y coordinador del estudio, analizó junto a otros expertos los efectos que producía en las féminas la dieta mediterránea (suplementada con aceite de oliva virgen extra [AOVE] o frutos secos) y comparó su salud con la de esas otras mujeres a las que se aconsejaba seguir una dieta baja en grasa. A las participantes, divididas en dos grupos de intervención, se les dio aceite de oliva virgen extra (un litro por semana para las participantes y sus familias) o frutos secos (30 gramos por día: 15 gramos de nueces, 7,5 gramos de avellanas y 7,5 gramos de almendras).

De 2003 a 2009 se siguió de cerca a 4.282 mujeres con edades comprendidas entre 60 y 80 años y un alto riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares. Se les asignó al azar la dieta mediterránea suplementada con AOVE (a un total de 1.476), la dieta mediterránea suplementada con frutos secos (1.285 mujeres) o la dieta control de peso para reducir su ingesta dietética de grasa (1.391).

Las mujeres que siguen una dieta mediterránea suplementada con AOVE mostraron un riesgo multivariable ajustado de 0,32; esto es, hasta un 68% menos de riesgo de sufrir de cáncer de mama maligno que las asignadas a la dieta control. Por su parte, las mujeres que siguen una dieta mediterránea suplementada con nueces mostraron una reducción del riesgo, no significativo, en comparación con las mujeres del grupo de control.

Los autores reconocen que su estudio tiene limitaciones. Por ejemplo, el cáncer de mama no era el objetivo primario del ensayo para el que fueron reclutadas estas mujeres, todas habían experimentado ya la menopausia y eran propensas a sufrir de enfermedades cardiovasculares. Además, se observó un número reducido de casos de cáncer.

Así pues, aunque las conclusiones dejan entrever el efecto beneficioso de una dieta mediterránea, los propios autores del estudio coinciden en que "sus resultados necesitan ser confirmados por estudios posteriores con un mayor número de casos incidentes".



Tan alta como un ciprés

Escrito por informaValencia1 08-09-2015 en Salud. Comentarios (0)

El libro de mujeres que superan cáncer de mama recauda 35.000 euros para la investigación

iV.com/SaludFarma.- El libro Tan alta como un ciprés, en el que nueve mujeres abulenses narran su propia experiencia en la lucha contra el cáncer de mama e insuflan ánimos a quienes padecen esta enfermedad, ha logrado recaudar 35.000 euros que han sido entregados al Centro de Investigación del Cáncer de Salamanca.

Desde su publicación a finales del año 2013, el libro ya ha alcanzado su sexta edición, según ha explicado hoy en rueda de prensa una de las autoras, María Jesús García, al presentar la iniciativa "Compartiendo camino", que consiste en realizar a pie la ruta entre Ávila y Alba de Tormes (Salamanca).

Se trata de un nuevo proyecto con el que este colectivo de mujeres pretende "motivar a los pacientes" y "crear un espacio de participación y convivencia entre pacientes, familiares y personal sanitario", tal y como ha explicado María Victoria Jiménez, enfermera de la Unidad de Oncología del Complejo Asistencial de Ávila.

"Seremos los pies de quienes no pueden andar", ha añadido Jiménez, en nombre de estas mujeres que a la sombra del libro pusieron en marcha una asociación del mismo nombre que es la impulsora de esta ruta que, distribuida en cuatro jornadas, seguirá la ruta "De la cuna al sepulcro".

Es un itinerario cercano a los 100 kilómetros que une Ávila, donde nació Santa Teresa de Jesús, con Alba de Tormes, la localidad salmantina en la que falleció la Santa Andariega.

"Queremos transmitir que después de uno o dos cánceres hay vida", ha comentado Marisol Manguero, quien en nombre de sus compañeras ha expresado su deseo de "animar a los que los han pasado mal" con esta enfermedad, a través del libro y de iniciativas como la iniciativa "Compartiendo camino".

"Del cáncer se puede salir", ha reiterado Manguero, antes de relatar los dos recorridos que pueden hacerse -largo y corto- en las cuatro etapas repartidas entre el 26 y 27 de septiembre y el 3 y 4 de octubre.

Quienes deseen participar en este proyecto que ha limitado el número de caminantes a dos autocares, deberán abonar 20 euros a los organizadoras, que consideran que el camino puede resultar una "buena terapia", ya que contribuye a "sacar el cáncer a la calle, ya que siempre ha sido asociado con la muerte", ha dicho Manguero.

El libro "Tan alta como un ciprés. Nueve mujeres relatan su lucha contra el cáncer de mama", ha sido realizado por Cristina García; Josefa Aparicio; Marisol Manguero; Sonia Rebeca Hernández; María Jesús García; Carmen Blázquez; Beatriz Jiménez; Concepción Velázquez y María Teresa Jiménez.

"Lo hacemos de forma altruista y con la intención de ayudar a que sepan que el cáncer de mama se supera, que estamos aquí y más ilusionadas que nunca", expuso en su presentación hace cerca de dos años Aparicio.