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LIVING LA VIDA MADRE

Monstruos S.A.

Escrito por informaValencia1 23-09-2015 en LIVING LA VIDA MADRE. Comentarios (0)

Noe Martínez. LIVING LA VIDA MADRE   Main theme Monster Inc https://www.youtube.com/watch?v=_WRKbu5j0O0&list=PLC316E8E0EEA16049&index=1

Entender a un bebé va más allá de saber si llora porque tiene hambre, frío, pedetes o un all together. Entender a un bebé es un sindiós maravilloso, que sólo sucede cuando:

a)Los astros se alinean, formando el cinturón de Orión.

b)Un unicornio rosa quiere acampar en tu jardín.

c)Llevas un año sin dormir y los santos todos, junto a Santa Bárbara a modo de tapón, se apiadan de ti y de tu maridito, que para entonces sois ya la viva estampa de la Duquesa de Alba en el museo de cera: puritita mojama. Ojú.

El caso, es que sucede. No sabes muy bien cómo, pero llega un punto, en medio de la locura total, que interpretas subida y bajada de cejas, respiración agitada, manotazos que amenazan meteoritos de potito, contorsionismo abdominal con traca final de mil y un prrrr. Lo interpretas todo y te adelantas a todo, porque así va la cosa. No lo has leído en ningún web site, no te lo ha revelado ninguna mamá perfecta de esas que te hacen estornudar palabras mudas de tipo ‘hasta las p*lotas me tienes tú y tu virtuoso niño sin mocos’. Ese momento de epifanía en el que conectas con tu bebé llorón debería contabilizar como puntos extra en la tarjeta Travel Club, en serio. P’abernos matao, que decía el otro.

- Noe, ¿qué le pasa ahora…?

El paciente padre, que bien podría llamarse paciente madre porque, salvo parirlos, los cría, educa y cuida como yo, se desesperaba cuando el angelito encendía el megáfono, llorito va, llorito viene, siempre a la misma hora: 21.10 horas; 7 días a la semana, 12 meses después de haber venido al mundo, nuestro heredero (sí, heredero, porque al ser otro varoncito, su vida es una reposición non-stop de todo lo que su hermano, el primogénito, ha estrenado. Línea sucesoria impera, qué le vamos a hacer…) seguía fiel a su cita de poner en jaque la convivencia familiar, que a esas horas era ya un campo minado y magnético.

- Si lo supiera, aunque fuese un poquito…

Vaya. No teníamos ni idea ninguno de los dos. Ni pajolera, así que tocaba acunarlo boca arriba, boca abajo, de lado, hacia la derecha, con loomping, sin loomping… Incluso, mientras respondía una llamada del abuelo preguntado por los niñitos, bien, bien, están bien, a ver si esta noche qué tal (¿en serio no lo oía llorar? Qué afortunado, debía ser el único mortal con tímpanos selectivos de este lado de la península).

Porque la vida seguía, y si había que hacerse cargo del berrinche del bebé mientras se doblaba la ropa de la secadora o se hacía la compra telemática a Mercadona, pues se hacía. Mientras ardía el móvil con tu jefe del otro lado, pidiéndote no sé qué cosa urgente que no podía esperar porque n-o  p-o-d-í-a  e-s-p-e-r-a-r, pues también. Mientras el paciente padre estudiaba para un examen cuyo temario recordaba la torre de Pisa, faltaría más. Mientras el mayor, con unos celos de aquí a Pekín, reclamaba su derecho a saber si Dora llegaba o no a la p*ta colina de los arándanos, pues claro. Al bebé y su llorito lo atendíamos a pesar de todo. Por encima de todo. Incluso de nosotros mismos, que a todo llega uno. Resilencia emocional, creo que se le llama.

- ¿Sabes qué, no sé cuándo fue la última vez que me di un baño en condiciones? – El bebé, por supuesto, dando por saquete, en mi regazo, llora que llorará - ¿Sabes de lo que hablo? Esos en los que sales con los dedos arrugados como pasas de Corinto…

- No te preocupes… - el padre se acerca, me besa el pelo más despeinado de la historia de las pelucas despeinadas – bañarse con sales, espuma, agua calentita y silencio es de burgueses.

- Pues a mí no me importaría nada ser burguesa. O duquesa. O marquesa… - se me escapa un suspiro, pero me recupero. Soñar es peor aún: la debilidad no existe, la debilidad no existe.

BuáBuáBuáBuá.

- ¿Hamburguesa, dices…?

BuáBuáBuáBuá. Pero tan y tan alto, que llora uno y se oye dos.

- Que no, que duqueeeesaaaa digooo...

BuáBuáBuáááááááá. Se atraganta de los nervios. Lo incorporamos, nos morimos de miedo porque se pone rojo de la rabia y la perrencha.  

- ¡Oyeeee, bebé, no seas así, no asustes a mamá…! – El padre, templando inquietudes, inventa serenidad.

- ¡Ay, c*rallo, que está rojo como un morcón…! – Muero de pánico absurdo: respira, bebé, coge resuello, que acabamos todos en el psiquiátrico, me digo en un mar de nervios

Por supuesto, el bebé inspira una bocanada de aire tal, que yo creo sufrió apnea. Oxígeno full equip, retoma su actuación en el mismo punto donde la había dejado, poniendo los buás sobre las íes, dejando claro quién mandaba allí.

- Si vuelves a hacer eso… si vuelves a hacer eso… - sollozo como una Magdalena, no puedo con el batiburrillo de miedos y ansiedades que me provoca su llanto enloquecido – Grita si quieres a lo Mónica Naranjo, pero coge aire, ¿me oyes?

- No, Noe, a lo Mónica Naranjo no, que lo mismo nos lo fichan para La Voz Kids… - me dice el padre, limpiándome las lágrimas histéricas.

- Van, sí, y en cuanto llegue la hora de darle el bibe o ponerlo a dormir, nos lo devuelven por correo urgente…

Nos miramos y sonreímos, porque dentro de la melodía free jazz que entona nuestro pequeño, hay algo que nos une y nos separa,  nos crispa y nos engancha, nos enzarza y nos entrelaza. Sea lo que se de lo que están hechos los bebés, irradian qué sé yo para que no puedas alejarte de allí, porque sabes que es tu sitio. Al que perteneces y te corresponde. Puedes delegar, sí, pero tendrías que pedir referencias y curso acreditado de maestro barrenero, porque los decibelios de neo nato no son cosa baladí. Podrías cualquier cosa, incluso ducharte a voluntad, o depilarte las dos piernas el mismo día, pero para qué. Por qué, si todo pasa tan rápido que cuando por fin puedes dormir más de tres horas seguidas tienes miedo a no despertar si los niños lloran. Y tienes miedo de pirada, porque sabes, a ciencia cierta, que si lloran, los vas a escuchar tú y el vecino del quinto; aún así, descansas como los camaleones, con un ojo abierto y otro cerrado…

- Cari, ¿duermes…? – pregunta el paciente padre,  antes caer rendido.

- Depende de por qué lado me mires: yo siempre vigilo, Mike Wazowski. Yo sieeempreee vigiloooo… (Monstruos S. A., qué grande es el cine para pequeñitos)

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#JuevesDeOpiniónInformaValencia

Tortugas Ninja

Escrito por informaValencia1 16-09-2015 en LIVING LA VIDA MADRE. Comentarios (0)

Noe Martínez. LIVING LA VIDA MADRE. (Sugerencia musical 'Las Ninja Turtles theme song' https://www.youtube.com/watch?v=CnMHQ5FNuis

Cuando por fin vuelves a tu estado civil de mujer no embarazada, estás que te sales de las costuras de alegría. Y lo haces literalmente. Tras nueve meses (o diez si le dejas contar a una matrona), tu cuerpo festeja, fariseo, que lo que te cuelga sobre, en y bajo el ombligo no es un bebé: es grasa. Y punto y se acabó. Grasa, y músculos gelatinosos que te recuerdan que allí vivió un ser, comió un ser, amaste a un ser, pero ahora, que ya no eres un horno multifunción, tu meridiano de Greenwich está blandito y bailón. Da igual que metas barriga, fingiendo abdominales (¿abdomiqué…? Abdominales. Ah, pues ni idea, yo no...), porque el espejo te recuerda que naranjas de la China, que si quieres té, Marité, que a otra cosa, mariposa. Y entonces empieza el calvario y el acoso a preguntas a todo aquel que viva contigo y tenga más de 15 días y/o 3 años, y que, dados los criterios de selección, sólo puede ser tu maridito.

- ¿Cari, tú me ves mucha tripa? – Camiseta levantada, dejando al aire algo arrugadito, basculante, que recuerda a un bizcocho sin levadura.

3. 2. 1, uf. Terror facial masculino. Si alguna vez habéis visto una peli de miedo o un especial Sálvame Deluxe, en el que alguien va a hablar de cómo, cuándo y cuántas veces se ha acostado con Paquirrín, sabréis de qué expresión os hablo. Pobre, el paciente padre, que no sabe ya cómo hacerme sentir bien, cómo recordarme que estoy estupenda, que todo vuelve a su sitio y, lo que es más importante, a quién c*ño le importa eso, si estamos sanitos el bebé y yo. Y tiene razón, pero a mí en aquel momento me importaba, y aunque suene a pataleta, a frivolidad infinita, me importaba porque quería volver a ser yo, con todo lo genial de haber parido dos niños, pero volver a ser yo, reconocerme dentro de mis pantalones y mis vestidos-faja. Aunque sólo  hubiesen pasado quince días del parto, cachis. Así que, vengaaaa, vamos al tema:

- Dime la verdad, en serio, venga… - Lo jaleo, animosa, creyendo que a él se la cuelo.

El miedo tiene un olor peculiar, los perros pueden percibirlo aunque estés temblando a todos los kilómetros de distancia. Vale, pues yo podía aroma agridulce del que teme decir lo contrario a lo que se espera; cerrado en el baño, supongo que sentado en el borde de la bañera, reuniendo fuerzas para hacerse a la tormenta perfecta, reconozco su carraspeo nervioso. Oigo el pasador de la puerta, pero no la cisterna, así que estoy en lo cierto: estaba trazando estrategia de defensa, angelito… Se aproxima a mí, valorando el timming de explosión, porque sabe que mi cabeza es una olla a presión, una granada de mano sin pitorrito, que se acciona con el leve movimiento de las pestañas. No quiere errar en el comentario, no quiere provocar la ira de Gru (los que tenéis niños, sabéis a lo que me refiero #minionización). El paciente padre no quiere nada, a decir verdad, salvo ayudarme, pero incluso su necesidad de hacerme fácil el tránsito por mi yo fofo y mi neurona blandita (depre post parto, le llaman), también la percibo como respuesta incorrecta. Y salto y salto y salto y vuelvo a saltar, porque a los pucheritos vamos a jugar…

- Haz el favor de no darme la razón como a la zumbadas, eh, que estoy cansada y exhausta, pero aún no estoy como la loca de…

¡TolónTolónTolónTolón, campana y se acabó! Cuando yo misma caigo en la trampa de empezar a mentar a propios y ajenos, es que he tocado fondo. No iba a yo a mencionar a nadie de su imaginario familiar o su relicario de amistades, o sí, o qué sé yo, que lo mismo sí y después era no, que cuando tengo las hormonas bailando Regetón, cualquier cosa es posible. El caso, es que, saaaabiaaamenteeee, me muerdo la lengua antes de iniciar la ofensiva. Porque caigo en la cuenta de que ya he pasado por eso, es la segunda vez que doy a luz y sé lo que es sentir que el mundo te aplasta y no quieres pedir ayuda porque puedes con todo y que esa sensación pusilánime se pasa sola si no piensas en ella. Y lo que es peor, no tienes fuerza para ver la luz al final del túnel. Ni para discutir y no llevar la razón, claro. Ahora, para llorar…

- ¡Hey, hey, heeeey…!

Siento como mi maridito me abraza y me sienta bien. Es genial y sorprendente volver a notar como toda yo entro en el perímetro de sus brazos, sin tener la sensación de que soy una morsa con bigotes. Es agradable, pero raro también. Nueve meses de abrazos con barriga son largos. Lo miro y veo que quiere decir algo, lo que sea, pero no articula palabra, sólo me abraza e, intuyo, reza porque no me venga abajo del todo.

- Estoy fea.

- No lo estás, porque no lo eres.

- Estoy fea.

- No lo estás, porque no lo eres.

- ¡Que estoy fea, dije…! – Elevo el tono, supongo que porque no me convence la respuesta.

- No lo estás… - Yo saco la cabeza de sus brazos y lo miro como si tuviese una mirilla telescópica. Di algo que no me mole y ¡zas!, esa es la BSO del momento en mi cabeza  – Nooo loooo estáááás poooorqueee…

- Pooorqueeeee… - arengo con la mano a que se esfuerce en ser creativo: ¡mi autoestima necesita un milagro! – pooooorqueee… - Enfatizo mi impaciencia llevándome la mano al oído: ¡habla, pardiez!

- Poooorqueeee túúúú… - Miedito, chanchanchanchan – sieeempre has sidoooo – Miedito otra vez, chanchanchanchan – la tííííaaaaa
¿¡Tía…!? ¿¡Tía…!? ¿¡Pero qué c*ño tía? Frunzo el ceño y él empieza a tartamudear: se ve venir la hecatombe.

- Porque yo siempre he sido la t-í-aaaa… - Tic, tac, tic, tac, mi temporizador de irracionalidad está a punto de caramelo.

- Pooorquee túúú sieeeempre has sidooooo la tíííía más buenorra y cachonda de todas las tías buenorras y cachondas que he visto en mi vida. Y no sabes lo que me gusta que todo esto sea mío…

- ¡Olééééé…! – Exclamo, muerta de risa, mientras dejo que nos caigamos sobre la cama, a festejar la verderola ocurrencia.

Porque en momentos así, recién parida, cansada de dormir dos horas de cada cinco, con menos tiempo para peinarte que para depilarte (absténganse de preguntas indiscretas), cuando el guapo subido está de vacaciones, y tienes la certeza de que una cosa eres tú y otra las fotos de cuando tenías veinte, sólo funciona lo animal, lo visceral, la atracción cuerpo a cuerpo. Allá donde la palabra no basta y no amaina la desazón de sentirte hinchada y arrugada como el culete de un octogenario, la sensación de sentirse aún en el mercado de la carne y la pasión, funciona. Funciona, divierte y alegra, porque esa es la clave de las parejas que molan: cuando la adversidad arrolla, vente pa`cá, reina mora, que de esto nos reímos juntos…

Y claro, blandita, arrugada, con el pelo enmarañado como un Nanax y sin acordarme de cuándo fue la última vez que me di un baño en condiciones, el plan de meternos en la cama era fantástico. Si no fuera por los puntos de la cesárea, que se aproximaba la hora del bibe del recién nacido, tocaba levantar al mayor de la siesta, sonaba la secadora, anunciando fin de programa… Nos miramos y, por décimas de segundo, pensamos, al carajo con todo, que se espere el mundo, que parece ahora es nuestro momento.

- Mamitaaaaaa… - Oímos una voz infantil desde el otro lado de la puerta – ¿Estás ahí?

El padre y yo nos quedamos tirados en la cama, abrazados, y vemos entrar al mayor, con los ojitos hinchados de la siesta, que nos mira y sonríe. Sin mediar palabra, se mete entre nosotros, y empieza a saltar en el colchón, lo que hace que temamos por nuestra dentadura/nuestras costillas/sus rodillas/la lamparita de la mesilla. Nos esforzamos por ayudarlo a no lesionarse, mientras nos miramos y pensamos, con acierto, que la magia de la atracción de pareja tiene que posponerse, qué remedio: somos padres. Chispum.

- ¿Mamita, vemos las Tortugas Ninja en tu Tablet, aquí, metiditos aquíííí…? – Y como toda buena pregunta infantil, antes de que nadie diga nada, él ya está con los pies bajo el edredón, deshaciendo la cama como si fuesen los de BigFoot.

El paciente padre sonríe, abraza al nuestro niño grandote, y mirándome, divertido, me susurra en el oído, mientras nos acerca la Tablet:

- ¿¡Tortugas Ninjas…!? – Pausa hilarante. Se masca la traca final – Para Ninja yo, que para echar un polvete en esta casa con dos niños, voy a tener que ponerme un pijama negro, un antifaz y liarme a dar saltos en silencio, hasta que logre colarme en mi propia cama.

Nos reímos mucho y bien. Nuestro mayor no pilla ripio, pero es lo que tiene la empatía: se ríe igualmente, porque sabe que eso socializa. Cuando veo salir a mi maridito por la puerta de la habitación, pienso ‘qué suerte la mía haber encontrado a un compañero tan estupendo para un viaje semejante’. Me sigo sintiendo gordinfla, arrugada, cansada y con la sensación de tener la barriga de Blandiblú, pero  con las Tortugas Ninjas en la Tablet, repartiendo pifostias a diestro y siniestro, paso un buen rato oliendo el pelo de mi hijo, que me reafirma que, hecha una piltrafa o no, soy disparatadamente feliz, por mucho que mi piel desmoronada se empeñe en poner todo de su parte para aguarme la fiesta.

Por cierto, de esto hace ya año y medio, y, como ayudita a mamás recién paridas, decir que toooodo acaba por recolocarse, que el cuerpo tiene memoria (¡y tanta!, si antes del embarazo no tenías pecho, dile adiós muy buenas a tu yo ‘Vigilantes de la Playa’). No diré que en idénticas condiciones que antes de tener dos bebés como okupas en la barriga, pero el cuerpo responde lo suficientemente bien como para que mayo empieces a temblar pensando en ponerte en bikini. Sea como fuere, lo importante es tomarlo con maternal filosofía y D-A-R-S-E  T-I-E-M-P-O, porque a las Celebrities que alardean de figura a tres semanas de parir, había que multarlas por exhibicionistas y escándalo público, ya te digo…

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3 es un número mágico (y 4, el perfecto)

Escrito por informaValencia1 09-09-2015 en LIVING LA VIDA MADRE. Comentarios (0)

Noe Martínez. LIVING LA VIDA MADRE. Sugerencia musical: Three is a magic number: https://www.youtube.com/watch?v=HL6PcEC8Hzk


Una de las cosas que más te seduce cuando ves que tus bebés van creciendo, es la idea de llevarlos al parque, y compartir con ellos lo que, en su día, tus padres compartieron contigo. Es como si, de repente, quisieses tomar el testigo de la mamá protagonista de una peli americana, que empuja sonriente un columpio, mientras su melena rubia de infarto va y viene, va y viene, va y viene. Pero, oh, realidad, que te pone en tu sitio en cero coma, y lo que, en principio, parecía fácil y divertido, se te hace tan cuesta arriba, que se te viene a la cabeza un Sherpa en pleno Tibet; pero no un Sherpa cualquiera, sino el único Sherpa apapostiado de todo el Tibet, que no sabe que su profesión es sinónimo de mulita de carga. Por si no soy lo suficientemente clara, sintetizo: S-O-C-O-R-R-O.

Recuerdo nítidamente aquella primera tarde de sábado que mi maridito y yo decidimos llevar al primogénito al parque, a tomar su potito de fruta y sus par de Petit Suisse de fresa (no me preguntéis muy bien por qué, pero a los niños del siglo XXI se les dan de dos en dos; a los que nacimos en el 19algo, uno ¡e ibas que chutabas y metías y gol!); y digo que lo recuerdo con nitidez porque por muchas glaciaciones que nos acometan, Dios quiera que ni la primera, no se borra la experiencia, ¡ca…! Esa mirada de padres inexpertos, con ganas de sentirnos uno más en un lugar de recreo donde todo inspira al júbilo y la risa. Esas ganas infinitas de retratar el momento, cargándonos de cámaras (dos, por si quedaba ángulo o perspectiva sin inmortalizar), de cubos, de pelota, de perrito con cuerda FisherPrice que hablaba y cantaba dos canciones en bucle, de gorrita, de chaqueta, de chaquetón (mayo, no importa, puede nevar: en Canadá está a la orden del día), una bermuda por si sale el sol, un chándal por si se sale el pis, una camiseta por si se inunda con las babas de la emoción, unos deportivos por si le acometen las ganas de ser el pichichi de la liga InterGuarderías… Cuando nos dimos cuenta, el paciente padre y yo, teníamos una mochila más grande que el monte Pindo. No, no me lean desde la exageración, queridos, no. Aquella mochila de parque, que apoyada en el suelo recordaba a un moai de la Isla de Pascua, nos dejó ac*jonaditos perdidos…

- Noe, ¿en serio hay que llevar todo esto para ir a merendar al parque…? – Me pregunta el paciente padre.

Los dos, con los ojos cual tardío-adolescente saliendo de un After, miramos el mochilón y, telepáticamente (como casi todo lo que nos decimos desde que somos padres, que hablar es para señoritos, que tienen tiempo para florituras), nos preguntamos si el día que vayamos a la playa no tendremos que contratar a mudanzas Boquete.

- ¡Prrrrr…! - Contesto, arqueando las cejas – El c*rallo es quien lleva eso a cuestas hasta allí…

Y ahí estábamos, dos adultos, un bebé, un carrito y el moai de Isla de Pascua en versión maletón, camino al parque. No sé deciros cuánta es la distancia desde casa al lugar de esparcimiento infantil, pero palabrita que, cuando nos vimos llegar, queríamos que nos sellaran la Compostelana, ojú. Por fin llegamos, tras varias paradas intermedias, ¡fuf!, conatos de ‘una vez y nada más, Santo Tomás’, ¡fuf!, papi, aquí huele a caca ¿paramos y lo cambio?, ¡fuf!, cámbiame a mí también, que me voy c*gando en todo lo que se menea, ¡fuf! y un ocurrente anónimo, coreando nuestra expedición, a la voz de ‘¿remolque sin intermitentes? Si te pilla tráfico, te cruuuujeeee…’. Sudados, extenuados, tensos, muertecitos de calor, sedientos como una Spontex, pero llegamos: ¡y ya no veíamos la hora de marcharnos…!

El caso, es que ya estábamos allí, al menos, de cuerpo presente, así que bajamos al bebé, e, intentado recuperar resuello, le íbamos diciendo: miiiiraaa un coluuuumpiooooo, miiiiiraaaa un balancííííin, miiiiiraaaa un tobogááááán. Él, que era un bebe y no tenía ni pajolera de qué era un columpio, un balancín y un tobogán. Él, que era un bebé y no tenía ni idea de qué se esperaba de él, y, mucho menos, cuál era la extraña conexión entre su mini-cuerpecito de ser humano con L- de prácticas y aquellos artilugios, empezó a llorar descontroladamente, pero tan descontroladamente como daban sus mini-pulmones, que cuando se tensaban, hacían resonancia galáctica. Berreaba tanto y tan alto, que los otros niños, ya veteranos en el arte de dejarse la piel de las rodillas en el tapiz de caucho del parque, se apartaban de nosotros, no fuese a ser el demonio… El primogénito no quería estar allí. No quería. Que no.

- Eso es al principio, es que es novedad… - el paciente padre, animoso, a pesar de hablar como si Dark Vader, aún sin aliento tras el peregrinaje con el mochilón a cuestas – Déjamelo, ya verás que bien se lo pasa.

Fue decirlo, y ¡zas! El bebé arrancó a llorar aún más fuerte, dando manotazos a diestro, siniestro, arriba y abajo. Yo no sé nada de lenguaje de signos, ni de alta diplomacia internacional, pero allí se estaba cociendo el caos.

- Papi, papi, papiiiii… - ¿El grito de Munch? Esa era mi cara…

- ¿Qué, Noe, quéééé´…? – El padre, se giró, alarmado por mi tono de voz y…

¡Vómito, vaaaaaa…! En toda la cara, oiga, pero sin fallar ni raspa. De la boca del primogénito, verbi gracia del ataque de nervios, fruto del guirigay de niños corriendo, de subidas y bajadas de columpios, de balancines, de toboganes, de asistentas infantiles asumiendo que sus críos tutelados se dejasen los dientes en un laberinto XXL del que yo no resultaría ilesa ni haciendo un curso con el Circo del Sol, salió un chorro de masa alimenticia, con olor a lenguado a la crema y yogurt Larsa de Vainilla, que dejó a mi maridito napado cual tarta de fondant.

- ¡Ay, mamaíña…! Toma, límpiate… - Le acerco una toallita húmeda.

- ¿Limpiarme? – Se mira, flipado – Pues lo mismo era más fácil gratinarme…

Así que, cogemos al primogénito, lo metemos en el carrito, cargamos de nuevo el mochilón de los c*jones (sic., mi maridito dixit) y ponemos rumbo a casa: la primera tarde de parque había sido un éxito, oye. De camino al hogar, como toda operación de retorno, nos pudo el desánimo y el síndrome post vacacional, porque no dijimos ni pío. Ni Amén, Jesús. Nadita de nada. Oíamos la rueda del carrito tacatacatacataca, reaccionando al rayado de la acera, y al bebé gugugú, como si nada hubiese pasado, cuando, de repente, oímos una musiquita muy familiar, un juguete que sonaba lejano, amortiguado desde el interior del mochilón.

 Qué bien lo vamos a pasar,
 Con papá y mamá bajo el sol 
 Cuando nos lleven al parque a disfrutar 
 De una tarde llenita de diversióóóóón 

Y como reírse es el mejor bálsamo cura pupas, el paciente padre y yo nos miramos y rompemos en carcajada, porque hay que ver las paradojas de la vida. El bebé, desde el carrito, con sus piernas regordetas y sus mofletes de cómeme a besos hasta que no quede nada, nos regala una sonrisa colosal. Es cierto, olemos a vómito, sudamos uno y apestamos dos, pero ¡qué más da, ésta es la aventura de vivir, lo maravilloso de ser una familia! En aquel momento, 3 era un número mágico (papá+mamá+bebé). Poco tiempo después, 4 pasó a ser la contraseña de la felicidad (papá+mamá+niño guapo+bebé). Si la pregunta es si lo volvimos a intentar, lo del parque, digo, la respuesta es ofcors. Claro que ahora vamos con dos maletones y un rollo de papel de cocina de 450 servicios, por si nos acomete el vómito por duplicado.

Así pues, vayan mis saluditos tiernos, mis ovaciones sinceras y j*dida admiración a esas mamás que van con tres niños ¡y solas!, que lo mismo van la noche anterior ya de acampada o algo. Yo lo haría, claro que yo soy la madre más imperfectamente feliz de todo el planeta, así que, espérense cualquier cosa de mí en pro de mis niñitos de amor. ¿Qué quieren ir a Port Aventura…? ¡Veeeengaaa! Ya me voy apuntando a clase de Halterofilia, porque, visto lo visto, no quiero ni pensar en las dimensiones del maletón de los ‘por si acaso’…

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#JuevesDeOpiniónInformaValencia

El Último Emperador

Escrito por informaValencia1 02-09-2015 en LIVING LA VIDA MADRE. Comentarios (0)

Noe Martínez. LIVING LA VIDA MADRE. (Sugerencia musical BSO ‘The last Emperor’) https://www.youtube.com/watch?v=jjaKEvT3ET8

Quitar el pañal. Así, dicho a bote pronto, como quien no quiere la cosa, la tarea parece fácil; además, no falta nuuuuuuunca la opinión de una madre orgullosa, curtida en mil y una cacas, que te diga ‘ya verás, es muy fácil, en tres días lo tienes sentadito en el baño’. Yo, que soy una mujer descreída y, por ende, una mamá de muy poca fe (lo que a los demás les funciona, a mi me disgrega la neurona…), me dije, si es tan fácil, lo dejamos para vacaciones, que así vivo la etapa como algo memorable. ¡Y tanto! ¡Ya lo creo que la vivimos! La vivimos y perdurará en nuestra historia de pareja por los siglos de los siglos, Amén. Las vacaciones las convertimos en la ruta del WC: no saben lo que se pierden los websites de viajes si ofrecen mapas con aseos localizados. Ojú.

Once upon a time…

- Si lo veis ilusionado con la idea de ir al baño solito, podemos intentarlo…

En la guardería, siempre tan entusiastas. El papá y yo, que hasta ese día no sabíamos que había que infundirle ilusión para cosa semejante, nos miramos y nos dijimos telepáticamente, joer, otra vez se nos han adelantado los padres Taichi-teros que lo trascendentalizan todo. Uf, cosa cansina debe ser estar de vuelta en la vida, cojoño, nos dijimos. El caso, es que aquella misma tarde, cuando llegamos a nuestra cuevita de amor, pusimos en cueretes al mayor. Cual ciclista en pleno repecho del Tourmalet, coreamos y vitoreamos el asunto de sentar el pompis en el orinalito.

PRIMER ERROR: ¿cosa es orinalito? (1- 0, tanto a favor de la curiosidad apabullante)

SEGUNDO ERROR: ¿Por qué me tengo que sentar en el orinalito? (2-0, otro tanto a favor de la desconfianza natural)

TERCER ERROR: ¿Por qué si mola tanto el orinalito, no os sentáis vosotros también? (3 – 0, ¿a quién habrá salido tan perspicaz?)

El cuarto error vino a colación del tercero, ya que en aras de la maternidad dialogante que practico, accedí a sentarme una vez en el orinalito, para que viese lo divertiiiiiiiiiiiidooooo que era (¡motivación, motivación, motivación!) y la cosa se instauró como rutina natural; así que, ahí estaba yo, cada mañana, viendo pasar el aire y censando moscas, con el culete encajado literalmente en el orinalito, jaleando mi felicidad  i-n-a-b-a-r-c-a-b-l-e  de ser mayor y no llevar pañal. Desconozco cuánto había de choteo y cuando de hilaridad, que lo mismo 100% de todo, pero mi mayor se me sentaba al ladito, él con su pañal, claro, y los dos veíamos Peppa Pig en el el iPhone de papá, hasta que a mí se me dormían las piernas, fruto de la maravillosa postura del pelícano que tenía que adoptar. Hay que ver el aguante que tienen las articulaciones, chico…

El caso es que, con el paso de los días, efectivamente, el juego del orinalito se instauró como cualquier otro en nuestro salón, porque lo de ir al aseo, como todo hijo de vecino, ¡ni de coña! Así que, en medio del ambiente acogedor made in IKEA de nuestra sala, el mayor veía dibujos mientras decidía si hacía pis, caca o dinosaurios de chocolate, porque si comía galletas con esa forma, qué menos que lucirse a la salida. El paciente padre y yo nos convertimos en los oteadores de orinalitos, ya que no importaba si había o no premio, cuando el mayor gritaba ‘¡ salió el dinosaurio!’, corríamos veloces a ver si era Triceratops o Velociraptor. Siempre se me viene a la cabeza la escena de ‘The last Emperor’, de Bertolucci, en el que un séquito de chinitos-huele-m*erda vigilan las heces del heredero de la dinastía Puyi, oliendo y disfrutando de textura y cantidad. Lo sé, suena escatológico (que lo es, pero es lo que hay), pero cuando hay niños en casa, la cara de chinito-huele-m*erda-de-Emperador se te pone sola. Obvia relatar, pero sí, dos de las veinte veces que la operación sin pañal funcionaba, no faltaban narices que comprobasen si el niño hacía mucho, poco, duro, blando, ¿Noeeee, qué es eso veeeerde? (ojos como platos, cabezas ladeadas, expresión de mátame camión), ni idea, pero parece la cera Conte con la que estaba pintando ayer… El intestino infantil, es gran desconocido.

Aunque nada comparado a la sensación milenarista que produce un ‘mamita, cacaaaa’ en pleno atasco, en medio del supermercado, en la peluquería… No sé si habéis tenido la suerte de ver alguna vez una carrera de Usain Bolt, pero os pongo en conocimiento que su coreadas marcas me las paso yo por el cremallera del pantalón: nada como una madre, niño en brazos, a la voz de ‘sitiooooooo, sitioooooo, que se lo haceeeeeee’. De igual manera, tampoco faltan las miradas coacher de esas otra madres que han pasado lo mismo y te hacen paso, como el tinglado de Moisés y la aguas con raya al medio, sabedoras de que un segundo, cuando se habla de emergencias calzoncilleras, cuenta. Cuando por fin tienes al pequeño sentado en el baño, tras advertirle que no toque nada, que los baños públicos están llenos de bacterias (¿bacterias? Sí, bichitos que hacen daño en la barriga si después te tocas la boca. Y si hacen daño, ¿por qué me sientas aquíííí…? ¡Culo a la fuga, alehop! Auxilio…) y el sudor inundando tu axila, tu niño de amor decide que la cosa era un ‘pedete, mamita, ya está’. Qué bieeeeen, finjo, pensando en si no sería mejor sujetarlo al inodoro con cinta americana, para que hiciese fuerza de superhéroe, a ver si así… Pensar en otros veinte minutos de incertidumbre, buscando inconscientemente un baño a menos de cincuenta metros, me seducía menos que pedir hora para depilarme. Señor, acógenos en tu seno, o en tu coseno, que una ya nunca sabe, ains…

Y cuando por fin la cosa fluye, y el angelito pide y acierta en la petición, cuando todo sucede como si nada, no puedes acabar de creértelo, y durante meses y meses se te queda esa necesidad de preguntar y preguntar y preguntar si quiere o quiere ir al baño, que como me dijo el otro día mi maridito, aún va a salir un vecino a decirte que no, gracias por la preocupación, pero soy estreñido de nacimiento.

Dicho lo cual, amantísimas madres imperfectas, hagan acopio de paciencia, humor y una cantidad ingente de detergente de lavadora, porque lo de la Operación Orinalito en tres días, es tan verdad como perder cinco kilos en diez minutos, haciendo la dieta del cucurucho: ¡no se me olviden de ser felices con la rima! Oh, yeah…

noemartinez.es

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La gozadera

Escrito por informaValencia1 26-08-2015 en OPINIÓN. Comentarios (0)

Noe Martínez. LIVING LA VIDA MADRE. https://www.youtube.com/watch?v=VMp55KH_3wo

A mi hijo mayor le ha dado por los Superhéroes. No hay día, hora, minuto  que no me pregunte cuál es mi súper poder, ese don extra corpóreo que me convierte en la heroína de vete tú a saber qué. La mayoría de las veces, basta con que le diga ‘corro que me las pelo cuando se me quieren colar en la gasolinera’ o ‘soy un portento quitando etiquetas de las camisetas, que hago agujeritos que parecen mirillas’ o, no falla, ‘lanzando mi poderosísima zapatilla boomerang’, que no ha visto volar en su vida, pero a la que atribuye cualidades extraordinarias como artículo de defensa. Obvia decir que, mil vidas que viviese, ninguno de los dones que relato han venido a visitarme jamás, pero él, en su cabeza todopudiente, en sus ojitos magníficos de todo es posible, me imagina a lo Lara Croft, repartiendo estopa a todo lo que ose perturbar el sueño de mis niños de amor. 

El caso, es que hoy he estado pensando en mi tan cuestionado súper poder, y lo he hecho a motu propio, a solas, como queriendo ratificar esa madera noble de la que dicen están hechas las madres. Curiosamente, tras la primera intentona, en la que deseché memeces divertidas que me caracterizan, pero entiendo no computan pero-para-nada como algo extraordinario (cambiar un pañal al bebé, mientras bailo de cintura para abajo a Enrique Iglesias, con el mayor amarrado a mis rodillas; improvisar un Tippi indio con cojines, un mantel, la mopa y la escoba; hacer de una caja de cartón un teatrillo para Playmóbiles, con cárcel, preso, Sherif y chica de salón…), caí en la cuenta de que mi verdadera proeza es reírme y saber reírme de mí y mis circunstancias, incluso cuando todo es tan complicado que lo único que relaja tensiones es llorar lágrimas de cocodrilo. Y lo digo muy en serio, porque yo soy también una mamá llorona, que no gritona. Yo no grito de boca para fuera, lo hago para mis adentros, y, claro, reviento, cual piñata, a lágrima viva, en cuanto me quedo a sola con mis culpas y mis culpitas. 

Aunque, ahora que lo pienso, si como súper poder computa tener control sobre mí misma, ahí voy sobrada, y me explico; hace unos días, haciendo la compra de la semana, con el carrito con tantos víveres que alguien susurró a mi paso ‘debe tener un bar o celebra una comunión’, mi mayor custodiaba una bolsa de Gusanitos, de idéntico tamaño que un saco de pienso para avestruces. Cómo no, me toca la cajera-lady-conflictitos: no le pasan los códigos, se le acaban las bolsas, se le atasca el papel del ticket en la máquina, no encuentra los puntos de las sartenes en promoción y que yo dejo claro no quiero, porque no colecciono… Todo esto, con un niño que quiere zamparse su aperitivo con bolsa y todo, y un bebé que está hasta el moño de ir en la silla y lo hace evidente a golpe de ñsusjfosfisfdofnbuábuábsñsñañañbuábuá. 

Y me río yo del agua y el aceite, porque si algo no puede mixturarse jamás, pero j-a-m-á-s, ni que el mundo y el asunto del Big Bang volviese al punto kilométrico 0, son vástagos y paciencia. Mi mayor, atrincherado tras su bolsón de Gusanitos, se niega a dejárselo a la cajera, porque ‘no, que se los come’. Insisto en que le deje pasar el código, que n-o  s-e  l-o-s  v-a  a  c-o-m-e-r, ¿no ves que es una chica, y las chicas no comen Gusanitos? Le digo. ¿Cómo lo sabes?, inquiere, taxativo. Me quedo muda, con la boca abierta, porque una madre nerviosa está preparada para todo menos para la ocurrencia. Cierto, no tengo ni idea de por qué la cajera no se va a comer los Gusanitos, así que…

* PLAN B, ese que siempre es peor que el A, pero es lo que hay

Con una cola tras de mí que llegaba a Tudela, y el que más y el que menos acordándose de mi familia, le pregunto a la cajera si le vale con que le lea los números del código de barras y que ella los vaya introduciendo, cual telegrafista. No estoy segura, me confiesa; claro, pienso yo, si lo estuvieses, yo no hubiese escogido tu caja, que tengo imán para los problemas. Me pide que se los vaya dictando despacito, y ahí estoy yo: tres, seis, cinco, cinco, cuatro, tres, ¿tres, dijiste?, sí, tres, cinco, cinco, ¿dos veces cinco o lo repetiste sin querer?, ¿mamita, puedo abriiiiiir yaaaa miiiis Gusanitos?, ¡no, puedes!, y sí, son dos veces cinco, ah, espera, que me dio error, ¿empezamos otra vez?, tres, seis, cinco, cinco… 

¡Líneaaaa! – Oigo como una voz anónima resuena en todo el local – El cartón es correcto y continuamos para bingo…

La fila interminable que me guarda la espalda, rompe en jajajajá. Por supuesto, yo, la primera, que agradezco que alguien guionice este despropósito mercantil. Ajeno al chiste, por edad y entorno (los niños de hoy saben que es ‘Ninja Fruit’, y ya), y por si queda algún escéptico entre vosotros, ofcors: mi mayor consiguió abrir con los dientes el bolsón de Gusanitos, dando por saco con toooooooooodoooooooo el contenido; el suelo, la cinta de la caja, la cajera y hasta una señora muy señora, que se afanaba por lucir su bolso casi TOUS como si nadie se diese cuenta de su Made in ChinaMandarina, bañados por una lluvia de meteoritos aperitivos de maíz. Pedir disculpas, qué otra cosa podía hacer yo. Eso, y jajajajá, que la hilaridad era un no parar para todos, menos para la señora del casi TOUS, que se afanaba por limpiar el bolso con la manga del chaqueta, que quería ser ante pero se había quedado en antelina. Respiro y me pregunto, ¿en serio esta es mi vida? Yes, me digo. Pues nada, de lo más bien, oye: ¡Gocémosla!

Como digo, la risa, el Prozac de la mamita del siglo XXI; la risa, mucho más efectiva que la crema con baba de caracol, los parches Sor Virginia, las pulseras Rayma y/o el entusiasmo ochentero ante el autógrafo firmado de Enrique y Ana y su caca, culo, pedo, pis (términos a los que estoy muy apegada, ains… Ruego, encarecidamente, alguien me oriente sobre cuántos lustros tarda en pasarse esta etapa, que la escatología empieza a ser asignatura a debate en mi cuevita de amor). 

Adoro ser mamá, ¿ya os lo había dicho? Pues eso.

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