informaValencia.com

LIVING LA VIDA MADRE

Fai un sol...

Escrito por informaValencia1 28-10-2015 en Cultura. Comentarios (0)

Noe Martínez/LIVING LA VIDA MADRE            SUGERENCIA MUSICAL, Fai un sol de carallo, de Os Resentidos https://www.youtube.com/watch?v=NIGPnzhxcc4


Quejarse es un deporte maravilloso que no requiere abono de mensualidad, ni preparativos que siempre acaban en ‘hoy no voy, que ya se me hizo tarde’. Cuando estás taaaaan cansada que hasta para pedir papas tienes que buscar fuerzas allá lejos, en el doble fondo de tu yo qué sé, es hora de levantar un dedo y exclamar aquello de…

- ¡Necesito dormir dos años bisiestos…!

Y ya. C’est fini! Se acabaron las cuitas, porque a renglón seguido, alguien o algo, humano o mineral, requiere de tus servicios; mamá, bienvenidos al perfecto establecimiento 24 horas. Igual da de día, que de noche que medio pensionista. La condición de asistenta del amor, con cuidados y mimos a discreción, no entiende de jornada laboral. Lo mismo da que estés con el esqueleto al límite de sus posibilidades (levantar niños todo el día: me río yo de un aizkolari…). Lo mismo da que ya no sepas cómo contestar al enésimo por qué sin que se escape un ‘porque sí, c*ñoooooyá’. Lo mismo da que el menú del día no sea del gusto del heredero gourmet, que ve en los grumitos de su papilla el Iceberg del Titanic. Lo mismo da, que da lo mismo, porque ellos, los niños de tus adentros, marcan pautas y tempos, ¡y lo sabes…!.

El verano pasado, sin ir más lejos, una tarde cualquiera de las pocas en las que en Galicia hace un sol de c*rallo. El paciente padre y yo disfrutando de una jornada de jardín y piscina hinchable con los niños, lejos del lío que supone ir a dar un paseo con un bebé que no quiere ir sentado en el carrito y un mayor que no quiere andar: el mundo al revés, no se requiere cita previa. Entren sin llamar, gracias…

- Me voy a dar un chapuzón…

Mi maridito, que ya el ocio en singular lo tiene olvidado (lleva al mayor pegado como si fuese un tercer brazo), se dispone a zambullirse en la piscina de la urbanización, que dentro de ser charca y media, es más grande que la nuestra. Yo, que estoy con el pequeño a la sombra de un árbol, intentado que no me muerda más de lo necesario (la jartá de mordiscos que llevo como medalla desde que le están saliendo los colmillos, hay qué ver…), miro, espeluznada, al mayor, que disfruta de las aguas tranquilas de nuestro doméstico estanque de PVC. Sé bien que está libre de peligro de cocodrilos, de olas surferas y de señoras présbitas que confunden a mi niño con su nieto (que es rubio y de ojos azules, pero como ambos llevan idéntico bañador, se come a besos a mi churumbel, a la voz de ‘¿quiere mucho a Tomasiñooooooo? L’aaabueeelaaa…’). Aún así, sin peligro alguno a la vista, tal y como digo, me espeluzné.

- ¿¡En serio…!? – Trago saliva y miro, desafiante, al bebé, que estaba decidido a arrancarme un pedacito de dermis con los incisivos.

- Noe, ¿qué va a pasar…?

¡Zaaaaaascaaaaaa! Fue decir ‘qué va a pasar’, oír como la consonante alveolar acaba de vibrar en todo su -rrrrrrrr, cuando un alarido colosal nos puso los pelos de punta. El mayor, que nadaba en rodeado de flotadores, palas, cubos, pelotas, espadas de goma espuma e incluso algún bicho que decidió acabar con su insectosa existencia, emerge de las aguas con la nariz hecha sangre. Me levanto con el bebé en brazos (por supuesto, para aquel entonces ya me había mordido hasta la clavícula), y me tropiezo con el paciente padre, que corría como si no hubiese un mañana hacia él. Obvia decir, y aún así lo digo, que la distancia entre el árbol y la piscinita del mayor no eran más de dos metros, pero cuando visto el reguero de sangre, narizota abajo, se nos hacía inabarcable, cual San Silvestre Vallecana.

- ¡Ay, ay, ay, a mí me duele algooooo…!

Pobre. El mayor, con la impresión del h*stiazo en todo el jeto, no sabía muy bien dónde focalizar el dolor. Le preguntábamos qué pasó, cielo, qué pasó, amor, contra qué te diste. El niño, asustado por la sangre que le salía de la nariz, sólo se tocaba la cara y hacía aspavientos, señalando todo y nada.

- ¡Voy a por un algodón para hacer un tapón…! – Digo, poniendo al bebé a buen recaudo en el parque, en el que, por supuesto, no quería estar, porque nunca quiere, que no.

Cuando vuelvo, el paciente padre ya había sofocado el incendio. Nicolás no lloraba, pero hacía dibujos con su sangre en las paredes plasticosas de la piscina. Así, más o menos, debió ser el tinglado de Altamira, digo yo, claro que, en aquel entonces, los papás habrían usado flequillo de mamut para improvisar una bolita-taponadora ¡qué menos! Al tema, el caso es que cuando me acerco con el algodoncito para ponérselo en la nariz, mi mayor se asusta y, haciendo de sus manos las aspas de un molino, me impide acercarme a su apéndice nasal, al menos, de manera pacífica.

- Nicolás, hombre, déjame ponerte este taponcito, si no la sangre no va a parar… - El niño sigue dando manotazos a todo lo que se menea, incluso a su padre, que se lleva la mano al hocico, con gesto de dolor. No, pienso, hoy acabamos todos en urgencias. Se admiten apuestas…

- Que no, que no me pongas un ‘taloncito’ en mis narices, que me duele y me sacas mi sangreeeee… - Drama. Lloros infinitos. Intento hacerle entender que es sí o sí, porque no puede estar sangrando hasta el próximo Halloween – Que noooo, que noooo, que noooo, déjameeeee…

Para entonces, ya varios vecinos se habían asomado a sus correspondientes ventanas, alentados por el guirigay piscinero y la llantina del bebé, que no entendía por qué su hermano estaba disfrazado de mascarita de lucha libre mexicana (a la careta roja me remito) y él tenía que estar en el parque, viendo como corría un p*to hurón en BabyTv.

Vale, me rindo. Vale, nos rendimos. El paciente padre (pero paciente como el abuelo de Job, que debía ser la de Dios de paciente) y yo, envolvemos al mayor en una toalla con caperuza, lo ponemos debajo del árbol, taponando la naricita con la mano. Le pedimos que eche la cabeza hacia atrás para parar la hemorragia. Él dice que la boca le sabe a coche. Nos reímos, porque es cierto y certero: la sangre sabe a óxido. A metal. A cochecito miniatura de Guisval. Tal cual.

- ¿Pasó, amor…? – Preguntamos, con serenidad, mientras el bebé sigue y sigue y sigue protestando, porque él no tiene la nariz con pupa, pero tampoco es justo que tenga que estar en el corralito, si no hizo nada salvo morder, que no cuenta: efectos colaterales de la dentición.

Cuando vemos que el mayor ya está calmado y la sangre parece estar cesando, mi maridito me mira y exclama:

- Pues todo esto empezó porque yo dije que iba a darme un chapuzón… - sonríe, desbordado.

- Y ‘qué va a pasar’, te lo recuerdo… - me encojo de hombros y sonrío también, porque desde que tenemos niños, somos un imán para la locura doméstica.

- ¡Ya te digo…!

Oímos una risita sospechosa, que identificamos como trastada. Cogemos al mayor en brazos, aún improvisando un tapón con la mano de papá, y nos vamos a por el bebé. Cuando nos acercamos al bebé, ya no había rastro del hurón en BabyTv, pero sí un reguero de hermosa, olorosa y sanísima deposición por todo el parque. Lorenzo, que siempre ha sido muy hábil con las manos, muy diestro a la hora de manejarse con sus deditos regordetes, se había quitado el pañal, en un ataque de venganza por la reclusión, y, presa de un apretón, se había dejado ir. ¡Y tan ricamente, oyes…!

- Mamita, ¿eso-es-caca-del-culo-de-Lorenzooooo…!? – Con voz nasal (su padre aún apretaba para parar hemorragia), el mayor se coreaba de la creatividad fecal de su hermano.

Yo, que para entonces ya dudaba entre lamer un enchufe o matarme a hidratos de carbono, arqueo las cejas y miro a mi maridito, que suspira y se chasca la lengua.

- Pues una vez leí en algún sitio, que un artista punk hacía lienzos con m*erda, pero con mucho menos estilo, eh…?

- Noe, ¿sabes qué…? – El paciente padre, besa la cocorota del mayor.

- Yo, a estas alturas, sé más bien poco… - Arguyo, cogiendo al bebé para que no saboree su creación…

- Que a los que dan vacaciones de verano en los coles y las guardes, había que darles en la espalda con un cordón de esparto…

- ¡Animal…! – Digo, sin parar de reír – Poco castigo me parece…
Bienvenidos al hotel Mamá&Papá, abierto 24 horas. Sábanas limpias, desayuno continental y mimitos. Late check out y detallito de cortesía. A pedir de boca, oigan…

noemartinez.es

Puturrú de fuá

Escrito por informaValencia1 21-10-2015 en LIVING LA VIDA MADRE. Comentarios (0)

Noe Martínez/LIVING LA VIDA MADRE 

Sugerencia musical: 'Las fiestas de mi pueblo', de Puturrú de Fuá https://www.youtube.com/watch?v=bNO1robH6HY

Parece que fue ayer cuando me estrené en el arte de amar a tiempo completo, y mis niños ya están en edad de disfrutar de festivales, cumpleaños y fiestas de guardar. Así, a bote pronto, celebrar es algo que induce a la alegría, al júbilo, al despiporre y a la algarabía. Pero si previo al evento tengo que sacar a relucir mis dotes como diseñadora de disfraces, la cosa cambia. Es el mismo lobito, pero con distinto pelaje. Fiesta sí, pero mucho más antes que después, porque hay que ver lo sencillo que parece todo el día de autos, y la lata que dieron los ‘donde c*ño voy a encontrar en enero un pantalón blanco y una camiseta térmica de color berenjena’. Queridas profesoras, amantísimas cuidadoras de mis vástagos, este post va para vosotras, que veis siempre súúúúper fáciles y creativas las tareas de vestuario festivaleras Made in Mamita. Me asombra la capacidad del ser humano para ser cruel cuando ve debilidad ajena, ñacañañaca.

- ¿Berenjena…?

Ea. El primer escollo. Si la circular del festival del cole, firmada por la señorita Puturrú de Fuá (usaré un nick name, por aquello de darle anonimato al asunto), dice camiseta térmica, lo normal, y tras mis indagaciones en Google, es ir a Pentathlon, ese lugar donde las mamás sedentarias y vagas como yo somos blanco fácil para las miradas de los hacen cualquier deporte que aún no esté ni descubierto. Vale, me dirijo, pues, a un dependiente que, solícito, me dice que camiseta térmica sí, pero…

- ¿Berenjena…?

Lo dicho: nada es tan fácil como parece. Dado que el muchacho sabe mucho de travesía, de durabilidad en la suela de goma o caucho según la naturaleza del suelo a recorrer, de la capacidad humectante e impermeable del Goretec, no alcanza a comprender la finalidad de tocarle las bowlings con colores de los que, sospecho, sólo domina los primarios. Miro su cara y sé, a ciencia cierta, que piensa que me equivoqué de tienda, que lo mío es Zara o Primark. No se equivoca en absoluto, no obstante...

- Sí, berenjena – Insisto, luchando con el fondo abisal de mi bolso para que me escupa la circular del cole, que a estas alturas de semana, ya tiene pegada una galleta de dinosaurio de chocolate a medio morder por alguno de mis niños.
- ¿¡Berenjenaaa…!? – El dependiente se toca el mentón, como si fuese la lámpara de Aladino.

- Esto es: berenjena… - Complacida de encontrar con la coartada a mi supuesta excentricidad, le señalo la nota en la que la profe me informa de las necesidades para el evento infantil.

- ¡Aaaah, yaaaa, berenjenaaaa…! – El muchacho, que sigue sin saber muy bien qué c*ño de color es ese, pero ya no teme por su vida porque entiende que no estoy zumbada, sino que son gajes de la maternidad en activo, chasca la lengua.

- Ese ‘aaaah’ significa que tenéis o significa ‘aaaaah, ya estamos con cachondeítos…’ - Inquiero con tonillo sarcástico: si no la tienen, ya puedo meterme un cohete en el orto y poner pies en polvorosa hasta que dé con la camiseta de marras. Tic, tac, tic, tac.

- Aaaaaaveeeersiiiiiteneeemooooos…

El jovenzuelo, arqueando las cejas, me deja allí sola, en medio de dos lineales enormes, a rebosar de efectos deportivos. No hay ningún cliente en mi sección, sólo yo y cientos de zapatos horrorosos de serraje marrón con puntera negra, que se antojan el calzado de la YetiCenicienta. Me quiero sentar, pero no hay dónde. Me duelen mis pies y mi no-juanete (ignorarlo es mi plan para seguir sintiéndome femenina, y, aún así, una pupa que te c*gas…), pero no importa. Si Pentathlon tiene la camiseta para el festival de mi niño, así me seccione el pie el corte salón de mi zapato: gangrena, no-te-tengo-miedito.
Miro el reloj, puede que el dependiente lleve buscando en el almacén unos cinco minutos, pero cuando sientes que se te abre el empeine en dos mitades, cunden de lo lindo. Pongo la mente en positivo; se me viene a la mente Guardiola y su técnica de motivación con la cancioncita de Cold Play antes de los partidos importantes. Por supuesto, no me sé la letra canción de Cold Play, pero entre que trato de recordar la melodía y no, me entretengo un rato.

- ¡La maaaadre que me parió…!

¡Zaaaascaaaa! La corriente eléctrica de 220V me la paso yo por las costuras de mis Seamless pants. Si alguna vez habéis tenido un juanete, sabréis de lo que os hablo. Un dolor agudérrimo, fruto de mi espera en vertical, cual estaca de Bares, me sacude de dedo gordito del pie hasta la cadera. Pido con las manos derechas que llegue el muchacho con la camiseta térmica, de lo contrario, voy a tener que comprarme un par de patines en línea para acabar el día.

- ¡Aquí está…!

Desconozco qué cara habrán puesto los pobrecitos de Fátima cuando la purísima se les apareció al salir de la cueva; ahora bien, la mía cuando vi aparecer al dependiente, bien valía una misa. Pobre de mí. Pobre de mi pie. Pobre de mi niño si mamá no encontraba la camiseta para el festival de los c*joncillos.

- Vaaayaaa…

Frunzo el ceño, ladeo la cabeza. Frunzo el ceño, ladeo la cabeza. Miro al muchacho, que, a estas alturas, ya sé que se llama Izan, que lo pone su chapita identificativa. Frunzo el ceño, ladeo la cabeza. Miro a Izan. Izan me mira a mí, y como un monito de esos de los documentales de la 2, frunce el ceño y ladea la cabeza. No me imita, sólo se mimetiza, supongo que en improvisada defensa propia.

- Pero dije berenjena… - El juanete, cosa porculera, me tiene tensionadita de dolor.

- Pues berenjena… - El chico, temeroso de la ira de una madre con la cuenta atrás festivalera pisándole los talones, pasa la mano por la camiseta, como queriendo dotarla de habilidades camaleónicas.

- E-s-o  n-o  e-s  b-e-r-e-n-j-e-n-a-a-a-a – Sentencio.

- Es tal, no lo ve… - Sonríe y veo como le tiembla el labio superior – Berenjena suaveeee, ¿!que no…!?

- E-s-o  e-s  f-u-c-s-i-a, I-z-á-n, n-o  b-e-r-e-n-j-e-n-a-a-a-a – Trato de calmarme, porque qué culpa tiene aquel pobre de que la profe de mi niño vea factible que haya:

a) Prendas deportivas de ESE color

b) Dependientes que sepan identificar cuál es ESE color

- Bueno, fucsia, fucsia, berenjenaaaa… - Pone los ojos en blanco, hace una mueca de a mí qué c*rallo me cuenta y vuelve a sonreír como puede - ¿Cómo lo ve?

- Yo lo veo fucsiaaa, abogadooo… - A estas alturas de dolor, ya soy Robert de Niro en ‘El cabo del miedo’. Lo miro a los ojos, intentando que se esfuerce tanto como yo, que estoy muriendo de un ataque de juanete, en pro del disfraz de no sé muy bien qué para el espectáculo escolar de mi niño - ¿Posibilidad de algo más intensamente berenjenaaaaa?

- Ni la más mínima, señora… - Izan me zampa en el regazo la camiseta, como si quemase – Aquí no, por lo menos, puede mirar en algún comercio especializado en indumentaria para ballet o similar.

- ¡Ooooh, genial! – Exclamo, entusiasmada, largándole de vuelta la camiseta, a modo de boomerang - ¿Y dónde está esa tienda…?

- En Coruña hay una muy buena, creo…

No le dejo terminar, le arranco de los brazos la camiseta térmica, tan fucsia como al principio, tan poco berenjena como al principio, y la meto en el cesto.

- ¿Se la lleva, entonces…? – Me pregunta, Izan, incrédulo, aunque feliz con la idea de perderme de vista.

- Así fuese azul pitufo, chato: no voy hasta Coruña ni jarta de Pipermint.

Claro, un mozalbete que se llama Izan y tiene un pendiente en un oreja que semeja una ojal de una cortinón, no sabe que es el Pipermint. Me mira, pensando si no me habré dejado olvidada la medicación, pero se despide con cortesía, ¡angelito…!
Mientras me alejo, me doy cuenta de que no puedo andar, entaconada perdida, presa de aquel ataque de dolor en mi empeine.
Dos pasos y me paro. ¡Con todo lo que me queda por comprar para el certamen artístico (ironía, porplís) de mi amor de amores! Otro paso, me muero. Ojú.

- ¡Izááán…! – Grito, con cierta desesperación.

- ¡Maaandeee…! – Aterrorizado, se gira como si fuese un teniente coronel.

- Esta botas de m*erda parece cómodas… - señalo el estante de calzado de Treking - ¿Un 37, tendrías? – Soy desesperación hecha verbo.

- ¡Claro! Eso está hecho… - Me guiña un ojo y desaparece.

¡A lo que llega una, eeeh…!, me digo mientras me calzo aquellas botas feas de solemnidad, que mataban por completo mi total outfit de mamá monísima y conjuntadísima 24 horas. Pero fue tanto el alivio, la paz, el no dolor que me invadió, que hasta el fucsia de la camiseta se me antojó ya un berenjena-poco-madurita. Abracé la prenda contra mí y pensé: esto, una pasada con tinte Iberia y ¡santas Pascuas…!

DÍA D. HORA H. SE LEVANTA EL TELÓN. Tacháááán. Van apareciendo los pequeñitos para su actuación estelar.

- Noe, nuestro niño es el único que lleva camiseta de camuflaje, ¿no…? – El padre dixit.

- Ahaaa… - No dejo de grabar con el Iphone.

- ¿Por algo en especial…?

- Mmmssiiii… - Sigo grabando.

- ¿Y me lo cuentas o es un secreto…? – Se ríe, porque me conoce y se espera lo más grande.

- Nunca tiñas una camiseta en lavadora ni vayas de compras si te duele el juanete… - Grabo como si no hubiese un mañana. Nuestro niño, verbigracia de su dulzura, su sonrisa y la customización de la camiseta, destaca sobre los demás, ya lo creo.

- ¿!Y qué dijo la profe…!? – Mi maridito no para de reír, porque es muy sano y sienta muy bien.

- ¿¡Puturrú de Fuá…!? – Yo a mi rollo, dándole al Rec.

- L-a  p-r-o-fe – Al amantísimo padre no le gusta que ponga motes a las profes del niño, por si se nos escapa delante de él. Vaya.

- Puturrú de Fuá no me dura a mí un asalto si le doy un puntapié con la punta de este pie… - Meneo la cabeza, porque hay qué ver que fatiguita para tener todo-todito-todo a punto para el puñetero festival.

Señalo las botas feas como truños que me había comprado en el Pentathlon y que aún llevaba puestas porque no podía calzarme otra cosa (bueno, sí, herraduras, pero llovía y podía resbalar). El paciente padre, con el bebé en brazos, aplaudía al mayor con igual vehemencia que si estuviésemos viendo a Pavarotti en el Scala.

- ¡Mira, Noe, los hay más desastre que nosotros!

Nos fijamos, y uno de los compañeritos de nuestro mayor lleva puesta una camiseta de color verde. ¡Verde! Pero verde como los campos verdes. Así de verde.

- ¡Olééé, un hurra por la mamá de la lechuguita…! - Exclamo, feliz, a todo pulmón - ¡Me hago fan: Plataforma de apoyo en Facebook pero ya! ¡Crowfounding…!

Y es que, cuando la realidad arrolla, a las mamás no nos queda más que la vendeta creativa. Pidieron camiseta color berenjena (cosa fácil, a lo relatado me remito), pero olvidaron que la hortaliza también tiene hojas. Ahí estamos. Puturrú de Fuá: ¡átame esa mosca por el rabo…! Jajejijojú. Tururú.

noemartínez.es

El espíritu Ragatanga

Escrito por informaValencia1 15-10-2015 en LIVING LA VIDA MADRE. Comentarios (0)

Noe Martínez/LIVING LA VIDA MADRE  Sugerencia musical Aserejé, de las Ketchup.- https://www.youtube.com/watch?v=V0PisGe66mY

TETA

Quizá voz expr.; cf. germ. *tĭtta, gr. τίτθη títthē.

1. f. mama (‖ órgano glanduloso).
2. f. coloq. Leche que segregan las tetas.
3. f. Pezón de la teta. Se agarra bien a la teta.
4. f. mambla.
5. f. coloq. Cosa muy buena. Es teta pura.

La RAE dixit, y no caben más significados en un término, que, si no andas lista, te da una y otra vez en la cara (literal y figuradamente) cuando la maternidad llega a tu vida. Y digo esto, queridas mías, ya que aún estáis a tiempo de no sentiros culpables por las decisiones que toméis con respecto a la maravillosa experiencia de ser mamá. Porque una cosa os participo: dar o no teta es sólo decisión consensuada de los papás (si el bebé es en pareja, sino, la cosa es más ‘porque lo digo yo y punto’, claro), no de la matrona, no tu suegra, no la frutera, no la teto-bloguera gurú del momento, no la hermana de la prima de un amigo que tu marido tiene en Tolosa… La decisión de amamantar (ay, Dios, me da cosita hasta el verbo, lo siento…), es cosa de la entidad familiar, aunque seas tú la que tenga que tener el pezón ready to go 24 horas al día. Tanto si lo haces como si no, no hay que ir por la vida pidiendo perdón ni sintiéndose Juana de Arco, porque lo únicamente prioritario y principal es que el bebé coma, y coma bien. Si la leche sale de la central de Nestlé o de tus cántaros de miel (léase con ojos de metáfora, porplís), ¿a quién c*ño puede importarle/preocuparle más que los recientes papás? Pues a todo quisque, por lo visto, oigan…

FAST REWIND

- ¡Venga, un empujoncito final, que queda lo peor: los hombros…!

El parto de mi mayor lo recuerdo entre dolores que te c*gas y una nebulosa cenital, augurio de muerte inminente, fruto quizá, del bagaje cinematográfico que tenemos interiorizado, aún sin saberlo. Cuando, exhausta, pensé que el sufrimiento no podía ser mayor, y que tras doce horas de contracciones infernales, a las que una matrona tan inepta como patosa y con menos empatía que una faja de mercadillo justificaba como normales en una primípara, me dicen que me anime, que la estocada final está al caer, que si hasta el momento no me había roto en dos mitades, vagina de por medio, esta era mi oportunidad de oro para duplicarme, algo súper útil si quería simultanear el trabajo de oficina con las clases de Zumba, llegado el caso.

- ¡Ay, no, ay, noooo, yo no puedo más,  es que no puedo, por favor os lo pido, que acabe esto yaaaa…!

El futuro padre, que era tan primíparo como yo, miraba con pavor todo aquello. Nosotros no sabíamos nada de parir, pero nada de nada. Se suponía que estábamos en manos de gente sana mental, que sabía lo que hacía, y que había una cosa que se llamaba Epidural, que ayudaba a diferenciar al género humano del vacuno. Pues nada. A mí no me hizo efecto, y en esas estábamos, intentado que Nicolás asomase, además de cabeza, los hombros. Los p*tos hombros, que ya me había quedado clarito y meridiano, ‘era lo peor’…

- Por favoooooooorrrrrr…

Dolor delirante, grito de Tarzán y vómito. Oigo prisas, alguien que dice ‘la voy a ayudar, pasadme un bisturí’. A mí ya me daba igual, en serio os lo digo, porque para todos los efectos, era un ánima en pena. Con la inconsciencia y la insoportable levedad de la que piensa ha abandonado su cuerpo, me pareció estar viendo todo desde el techo del quirófano, incluida la cara de mi maridito, que me agarraba la mano con fuerza nivel Hulk. Oí como se abría la carne, la mía digo, y la más íntima y sensible: episiotomía, o cremallerita vaginal. Todo un primor.

Y cuando ya sólo me faltaban los salmos y las alabanzas para saber que había palmado, pero palmado de verdad (tanto sufrimiento y dolor no podía llevar, en sí mismo, nada que entrañase vida, sus lo digo, chatas…), oí el llanto de un bebé, que supe era mío. Supe era de papá. Supe que era nuestro niño de amor, nuestro trofeo de supervivientes. Me cuentan que me lo acercaron y que dejó de llorar, pero, a decir verdad, yo no me acuerdo, porque sólo lloraba y lloraba y lloraba, a la voz de ‘ayayayayayquememorí, me morí, yo me morí’

- Que no, mami, mira Nicolás, que guapo es…

Y era guapo que te caes para atrás, de culo mismamente. Guapo, hecho a conciencia (12 horas de parto, no me escatimen ni un reconocimiento, por favorcito), y grande como el tráiler de la gira de Alejandro Sanz. Me pareció largo y gordito, pero, sobre todo, fornido: ¡vaya envergadura, chatos! Los hombros, lo peor de sacar. ¡Y tanto! Madre del verbo divine, por muy bicho bola que sean cuando salen por el túnel de mamá, por muy indefensos que resulten en la cunita de la habitación de maternidad, por muy grande que les quede la ropa de recién: ¡tienen un volumen magnífico y colosal cuando piensas en que han salido de tu cuerpo! Que han salido, y lo han hecho por lo han hecho, claro está.

Así que, te cosen en vivo y en directo, diciéndote que no puedes notar las puntaditas virtuosas, pero tú te deshaces en lágrima viva, pidiendo clemencia o un garrotazo en todo el cogote, que es barato y parece un buen anestésico. Pero cuando vuelves a estar al límite de tus posibilidades, te traen al príncipe vestidito de azul, con el pelito de la cabeza rechumido en flujos varios, oliendo a cabaña vacuna, y te incineras de amor absoluto y profundo. Hueles sus manitos, su cuello, su naricita de botón, observas sus ojos de Lacasito, y piensas, no paso por otra ni de coña (pasas, ya lo creo que pasas: ¡yo repetí!), pero qué genial haber sobrevivido a todo esto para conocerle.

Gozando del momento de intimidad, el papá y yo mirando al bebé como la suerte de las suertes, oímos unos tacones por el pasillo. Cotoclón, cotoclón, cotoclón. Asoma una mujer, toda sonriente, agazapada tras sus mechas californianas, y se queda frente a nosotros. Nos da la enhorabuena, valora el estado del bebé, con lo que, entendemos, es la pediatra de urgencias. Y…

- ¡A que me vas a dar una alegría…! – Me dice, clavándome la mirada, mientras me devuelve al bebé.

- ¿!Yo…!? – Sollozo, no tengo ni idea de qué me habla, no sé qué espera de mí, pero estoy extenuada para tratar de ser amable con aquella señora empelucada, con un diente manchado de carmín, que manejaba a mi bebé como si fuera un Nenuco.

- Lactancia materna, ¿verdad…?

- ¡Y una porra…! – Nunca antes ‘porra’ sonó tanto a ‘m*erda’, la verdad. Sigo llorando – No, no, no, le vamos a dar bibe…

- Mujeeeeer… - Insiste, sonriendo.

- Biberón, ya se lo dijimos a la enfermera… - El paciente padre, interviene, taxativo.

- Ya, ya, lo sé, pero era por si a última hora… - Hace gesto con la mano, como si yo estuviese enajenada o me poseyera el espíritu Ragatanga.

- B-i-B-E-R-Ó-N, gracias…

Mi maridito zanjó la conversación, teniendo en cuenta que no debería haber comenzado jamás. Ese fue el comienzo de la retahíla de explicaciones que tuvimos que dar al respecto de por qué no dábamos pecho al bebé. Y no se lo damos porque así lo hemos decidido, y nada más. No hay nada masónico en nuestra decisión. No hay nada feminista, ni jipi, ni estético, ni moderno, ni porculero. No le dimos lactancia materna porque no dársela era una opción y un derecho. E hicimos uso de él. Lo sé, las mamás que dan teta están muy contentas y orgullosas de hacerlo. Déjennos, pues, a las que no lo hacemos, estarlo también. La salud de mis bebés está controlada por médicos y mis tetas por ginecólogos. Todo bien, todo en orden, dejándome medio sueldo en leche en polvo, pero eso, en todo caso, es también el efecto colateral de nuestra decisión. ¡Qué rule BlemilPlus 3 como para una verbena de pueblo…!

Y donde mas no cabe un alma

allí se mete a darse caña

poseído por el ritmo Ragatanga

y el dj que lo conoce toca el himno de las 12

para diego la canción más deseada

y la baila!!!

y la goza!!

y la cantaaaaaaaa!!!

Aserejé ja de je

de jebe tu de jebere


noemartinez.es

#JuevesDeOpiniónInformaValencia


No importa

Escrito por informaValencia1 07-10-2015 en LIVING LA VIDA MADRE. Comentarios (0)

Noe Martínez/LIVING LA VIDA MADRE  Sugerencia musical 'Nver Mind', Nirvana. https://www.youtube.com/watch?v=8yobQOi9y3E

Una de las cosas que antes se queda pequeña en una casa con niños, son los armarios. En serio. Da igual que vivas en la sección de dormitorios de IKEA: llegados los príncipes, se acabó el espacio. Y lo dice una mamá que ha tenido varoncitos, no quiero ni pensar lo que serían con dos niñas, que el universo de la moda para ellas es inabarcable. El caso, es que cuando iba a llegar mi mayor y estábamos haciendo nido, pensábamos que con la cuna, el color de las paredes, el cambiador, la cómoda y cesta monas, la cosa iba fenomenal, porque, al fin y al cabo, la ropita de bebé es muy chiquitita, cabe en cualquier parte y lo importante es que la habitación quede coquetona. ¡Meeeeec…! Primer error.

- No sé, a lo mejor hay que hacer una selección de pijamas… - El paciente padre, lucha porque los cajones cierren sin dejar colgando mangas/piernas de peleles de varios.

- Tú empuja… - Yo, que cuando me obceco, me obceco pero bien, me hago la sueca.

- No, si yo empujo, pero cuando quieras abrirlo, lo mismo hay que llamar a Thor…

¡Puuuum! Cajón cerrado, misión cumplida.

- ¿Ves? Sólo era cuestión de maña, Thorín… - Le beso la frente y sonrío, haciéndome la simpática, que me suele funcionar para limar tiranteces.

- ¿Maña? Maña la que vas a tener que emplear el día que necesites abrir el cajón con una urgencia…

Y como si aquello fuera un malfario de gitana-vende-romero, la emergencia no tardó en llegar. Al poco de estrenar alcoba, el bebé decidió que no sólo iba a hacer caca en el pañal, que eso lo hacen todos los bebés; lo suyo, que era un niño creativo, pasaba por hacerla dónde le diese la infantil gana: ilusa de mí, no sabía, entonces, que los culetes son mass destruction weapon. Cargada de toallitas, haciendo lo que podía por sujetar unas piernas que no dejaban de patalear y con la plasta inundándolo casi todo, me acerqué a zona minada, para comprobar que todo estaba limpito y requetelimpito. Nada más poner el ojo en objetivo Birmania, ¡zas…!

- Nicoláááás, hombrenopordiósamamitanoooooooo…

Y sí, Nicolás, sí, hombre por Dios, a mamita, sí. En todo el pecho, oiga. Y porque anduve, fina, que iba derechito a la cara. Mi mayor, que por aquel entonces contaba días, se empleó a fondo con su habilidad intestinal, haciendo que esa cosa líquida y pegajosa que tienen por heces los neonatos, hizo diana en mí y en la puerta de la habitación. ¡Palabrita…! No soy muy de ver pelis de francotiradores, pero creo estar en lo cierto si digo que la precisión y la puntería con la que salió aquello de un cuerpo tan pequeño, tiene mucho de cine bélico. Tiznada y maravillada a partes iguales (haberme apartado a tiempo me dio un plus de higiene facial que agradecía millón, sí…), hice malabares para llegar hasta el cajón de la cómoda-bonita-poco práctica en la que guardaba las mudas del bebé. Como lo importante y crucial es no dejar al bebé sólo en el cambiador, me estiré y estiré y estiré y estiré, tal cual Elastic Girl, y con un brazo crujiendo al límite de sus articulaciones, di con el cajón de marras, el mismo que mi maridito había cerrado empleando la fuerza de los mundos.

- No me j*das…

Y sin j*der no quedé, porque cuando ya tenía el pomo del cajón en una mano y sujetaba con fuerza el cuerpo del bebé en el cambiador, aquello no abría ni cien vidas que tirase. Entre buabuás, pataleos y ñññññeeehjñññññehhheh intentando abrir el cajón, me dejé la vida. Me dolían hasta las pestañas, tú. Cuando por fin creía que el puñetero cajón iba a abrirse, cual cueva de Alí Babá…

- Que baje ya un mojón de meteorito y me fulmine ya, en serio…

El pomo en una mano, el bebé en la otra. Y el cajón, en su sitio, con un agujerito que parecía mirarme, cual cíclope, recordándome las sabias palabras del paciente padre ‘Maña la que vas a tener que emplear el día que necesites abrir el cajón con una urgencia_ Maña la que vas a tener que emplear el día que necesites abrir el cajón con una urgencia_ Maña la que vas a tener que emplear el día que necesites abrir el cajón con una urgencia…’

Así que, cogí al bebé en brazos, aún no todo lo limpio que debiera, y me armé de paciencia para intentar que el cajón cediera. Nada. Dale, dale, dale, tira que te tirará, pero el cajón con su agujerito, que si quieres té, Marité. Nicolás, que nunca fue un bebé llorón, pero sí de pis fácil, pensó que, si estaba desnudito, en el regazo de mamá, tan a gustito, jugando a sabe Dios qué, sería porque allí se valía vaciar vejiga a escape libre. Así que…

- Eh, eh, eeeeeh, que me estás mojando toda, bribóóóón…

Corrí, como pude, hacia el cambiador, intentado que su mini manguerita no regase el edredón de la cuna y la almohada en la que, si salíamos de aquella, debía dormir su plácida siesta. Llegamos, que la habitación tampoco es Times Square, pero un fino reguero de orín trazó el camino hasta allí, y se me vino a la cabeza el cuento de Garbancito y las miguitas de pan. Vale, ya estábamos otra vez en el cambiador, pero no teníamos muda limpia, porque el cajón se la había apropiado. Estábamos otra vez en el punto de salida, en la meta volante. Bienvenidos al día de la marmota…

- ¿Sabes qué, bebé? – Loca de amor y envuelta en fluidos varios, me agaché a comerme a besos a mi niño de amor – Que ahora mismo nos vamos a la baño los dos, a ver si se nos ordena el Karma.

Así que, mamá y bebé llenaron la bañera de mayores con agua calentita, espuma como para napar el Annapurna y tantos juguetes que aquello parecía una piscina de bolas. Seguíamos sin tener muda limpia a mano, si a acaso, camisetas y pantalones de ir de guapo a donde quiera que vayan los bebés guapos del  mundo, pero pijamas y bodies no: el cajón, no se me olviden. El caso, es que, mirando el reloj, supe que el paciente padre no tardaría en aparecer, así que me di al placer del aseo compartido con ese sería ya, para siempre, uno de mis dos genes de la felicidad.

- ¡Vaya, qué bien estáis…! – el padre, complacido, asomó la cabeza y rió nuestra sesión de Spa familiar.

- Hola, papiiiiitoooo… - la mano del bebé saludaba, cual infanta de España – Haz algoooo con eseeeeee p*to cajón, que noooo nos daaa la ropaaa del bebééé…

- ¡Te lo dije…! – Exclamó, riéndose.

- ‘Te lo dije’ no es bien cuando acabas de volver del campo de batalla, papito… - Hago con los dedos del bebé la señal de victoria, como los asiáticos en pleno selfie.

Oigo como mi maridito va a la habitación. Forcejea y forcejea. Sé que el siguiente ‘ya te lo dije’ está en camino, pero me adelanto. ¡A las barricadas del amor, mis soldados!

- Papi, si quieres, en esta bañera hay sitio para alguien más…

- ¡Ya, gracias, pero estoy con el cajón…! – Silencio. Forcejeo - ¿Y ahora, con qué c*ño abro esto?

- ¡Con el martillo, mi Thor - Thorín…!

Me río a carcajadas y oigo como se acerca el padre, aguantando la risa, con una muda completa para el pequeño. No hace falta que lo vuelva a convidar a la fiesta de gel y amor, porque veo como se desnuda y entra en el baño. Allí, en medio de una maraña de extremidades paternas, el niño más lindo del mundo, esboza su primera sonrisa. ¡Nos morimos de la emoción…

- ¡Una sonrisa ya, tan pequeñito! – Jaleo, orgullosa.

Vemos como del agua de la bañera emerge una pompa diminuta, que explota en otras tantas, aún más minúsculas, si cabe.

- Noe…

- Ya… - Atajo, divertida – Era un pedete.

- Aliviadito que te quedaste, eh, ganduleteeee…

Pues vaya, never mind... Sonrisas de Buenos Aires, qué buena cosa, tú.

noemartinez.es

#JuevesDeOpiniónInformaValencia

Cómo dices...!?

Escrito por informaValencia1 30-09-2015 en LIVING LA VIDA MADRE. Comentarios (0)

Noe Martínez/LIVING LA VIDA MADRE  

Sugerencia musical:  https://www.youtube.com/watch?v=sNHlp56G5-0  Quelqu'un m'a dit de Carla Bruni)

Y sí, ser mamá es una genialidad de difícil explicación, por mucho que tengas claro lo del espermatozoide y el óvulo. Lo sabes, y aún así, cuando la tintura del test de embarazo te dice que te agarres, que viene curvas, no acabas de creértelo, porque ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Pero ya, sin previos? ¿Sin oír querubines y bandas de pueblo, anunciando fiesta patronal? Así, a loco, sin darte a penas cuenta de que lo que llevabas buscando meses está por fin aquí, empieza el gran viaje de tu vida. La vida en High Definition con gafas 3D, aunque para ello tengas que renunciar a casi todo, y esa renuncia la hagas de manera natural y voluntaria, porque qué habrá más fuerte que el amor a los niños que han salido de ti, de tu barriga increíble, que, sin planos ni Tom Tom Go, ha conseguido hornear y dar forma a un ser humano, con sus piernecitas y sus bracitos, su ombligo redondito, sus orejas alineadas a cada lado de los ojos, con su nariz de Lacasito y esa sonrisa de ‘vengo diseñado para molar’. Todo, todito, todo, lo ha hecho tu cuerpo, sin que tú, conscientemente, hayas tenido que supervisar nada. Si eso no es magia de la buena, que venga David Copperfield y lo diga, ¡telita…!

Pero yendo al punto kilométrico 0, al origen del mundo de sensaciones, amores y miedos que dan forma a la vida con niños, no deja de tener su gracia que todo comience así, mirando un stick con dos rayitas moradas, que no dejan duda de que allí, haber, hay tomate…

- ¿¡Cómo dices…!? -  Maridito dixit.
- Como te lo cuento… - Yo y mi susto, qué locuacidad, no me digáis.

Lo sé, en las películas, cuando la futura madre le da buena noticia al futuro padre, suele haber un escenario preparado y una cena romántica (nunca he entendido este término: ¿romántico implica a la luz de las velas, viendo menos que Pepe H*stia? Romántico son las ruinas de Tulum y allí hay luz como para subrogar a ENDESA…). Imbuidos por la intimidad del momento, ella, la futura madre, suele deshacerse en lágrimas de felicidad, compartiendo frases insuperables como ‘cariño, vamos a ser padres. Sólo espero que se parezca a ti, que eres de lo bueno lo mejor’. En esas pelis de amor almibarado, en las que llorar es condición sine qua non para sentenciar que ha sido un peliculón que te c*gas, el futuro padre suele coger por la cintura a la futura madre, que se deja balancear como llevada por su insoportable levedad, que diría Milan Kundera, y que no se acuerda del bebé que lleva dentro. En esas pelis, la noticia de la próxima llegada de un hijo suele ir acompañada de una BSO colosal, abusando de melodías de pegajosas y pegadizas, que se te quedan en la cabeza durante días, quizá años, y que no quieres dejar caer en el olvido, para cuando, por fin, seas tú la protagonista de tu propia historia, y toque hacer feliz al futuro padre, recurras a aquella música para aderezar el comunicado de que vuestro bebé it’s comming.

Pero después, tiempo más tarde, cuando por fin es tu momento y la oportunidad perfecta para hacer del asunto un día memorable, te pueden las prisas, los nervios, las ganas de gritarlo… y de que alguien se apiade de ti y de tus náuseas, ojú. Así que, ahí estás, con el pijama de ositos, el moño de andar por casa, con la cara hinchada de dormir rato sí, rato no, dando la noticia desde el baño, con el culo aún sentado en el inodoro, porque el susto te impide ponerte en pie. Blandiendo el Predictor como si fuese la Tizona de El Cid, berreas que es positivo. Pero positivo tan positivo que no puede ser más positivo. Las dos franjitas moradas te recuerdan que el sexo tiene efectos secundarios muy beneficiosos para la piel, la psique ¡y el útero! El futuro padre, que casi se come la puerta del baño con las prisas, no puede más que coger la prueba de embarazo y preguntar una y otra vez ¿En serio? ¿En serio? ¿En serio? ¿En serio?

- En serio… - Me río, tapándome la boca con la mano, porque por fin encuentro explicación a las arcadas de los últimos días.
- ¿Estás preocupada? – El futuro padre se acerca a mí, para abrazarme y retirarme las manos de la boca.
- ¡Tzzzzfffrrr…! – Mascullo, con los ojos en blanco – Estoy mareada…

¡Zasca! Vomitona, la primera de los nueve meses siguientes, en los que adquirí una capacidad de recuperación increíble. Podía vomitar en el minuto uno, y en el dos estaba escogiendo telas para la funda del edredón de la cuna. En mi bolso convivían los sprays refrescantes de aliento con el blíster de ácido fólico y un catálogo de IKEA / PRENATAL, con todas las páginas marcadas, recordando las mil cosas que me parecían imprescindibles y que, tras el nacimiento del bebé, se convirtieron en absolutamente prescindibles e hilarantes (¿calentador de toallitas del culo? Existe, palabrita).

Y qué más me hubiese gustado a mí que ser capaz de guardar el secreto de nuestra paternidad, mientras preparaba el escenario para dar la noticia. Pero:

a)   Siempre he sido de las que disfrutan más contando que callando.
b)   Las náuseas no me dejaban respirar, para cuanto menos organizar un festival del amor, con Majoretes, gigantes y cabezudos.
c)   Estaba tan hinchada (yo pensaba gases leguminosos o algo), que pensar en meterme en un vestido ceñido y sentarme a la mesa, a darme al romanticismo de las p*tas velas, me seducía tanto como hacerme la ingle con cera hirviendo.
d)   Dicho lo cual, nada como la confianza y el cariño cómodo, tantos años antes cultivado, para que cualquier momento fuese el ideal para compartir la gran noticia. Así que, en el baño, mareada como una peonza y con la barriga inflada como pez globo, mi maridito supo que nuestro primogénito venía en camino. Nos reímos juntos, nos abramos mucho y bien, pero sin olvidarnos de dejar sitio a mis regüeldos, que anunciaban vomitona cada minuto y medio. Estuvimos un buen rato en el baño, como si la casa no tuviese más dependencias. Allí, entre alicatado y geles de baño, imaginamos lo que se nos venía encima, sin saber siquiera que la realidad iba a superar a nuestra idílica ficción de padres tan primerizos como con ganas.

Fue todo tan chuli, tan emocionante, tan nosotros y me supo tan a familia, que ni un minuto siquiera eché de menos una ceremonia de iniciación a la maravilla de vida que se nos avecinaba. El pijama de polar, mi moño despeinado, el aroma a café y cama calentita que manaba del cuello del futuro padre… sensaciones que, sin querer, se te quedan para siempre en el consciente y te adornan el subconsciente, porque, cuando los acontecimientos te sorprenden, y el Predictor te alertan de un nuevo bebé, tú, burra vieja y sabia, vuelves al origen de los tiempos, y deshechas la idea de la fanfarria, la mesa con mantel y luz tenue, y te lanzas al WhastApp y su alta definición fotográfica, como si no hubiese un mañana…

- ¡Click…! – Flash, foto bien encuadrada. Test de embarazo, con dos rayas bien, pero bien rectitas, cruzando de lado a lado – A ver, enviado, doble check azul...

Buenos días, papito!
Pero…!? Otro…!? :O
Ahá! O_O
Cómo…!?
Te hago un croquis…? 


Sin duda, cuando hay amor y complicidad, cualquier momento es bueno para compartir felicidad y buenas noticias. Las nuevas tecnologías pueden ser el restaurante francés, el plato de fresas y champán, el brindis por la suerte de saber que otro ‘mininosotros’ está en camino. Teoría de la comunicación: emisor-mensaje-canal-receptor-código-contexto. Para una noticia semejante, quedaba pendiente la explosión de cariño, pero de eso dimos buena cuenta al llegar a casita, que aún no hay realidad virtual que supere una guerra de besos como Dios manda. Ea.


noemartinez.es

#JuevesDeOpiniónInformaValencia