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LIVING LA VIDA MADRE

Quédate conmigo

Escrito por informaValencia1 19-01-2016 en LIVING LA VIDA MADRE. Comentarios (0)

Noe Martínez/LIVING LA VIDA MADRE /-/ SUGERENCIA MUSICAL, Stand by my woman, de Lenny Kravitz
https://youtu.be/YaY4pU-5tDE

Parece mentira que una vez, allá en el comienzo de la vida sobre dos patas, cuando el ser humano se dio de bruces con la rueda, toda redondita y tan en forma de rosquilla de anís, yo haya tenido un nombre que no fuese mamá. Mi DNI lo dice. Las cartas del banco, con adeudos y domiciliaciones inesperadas me lo recuerdan. Lo asevera la circular informativa de la reunión de vecinos (batalla campal de tipos en chándal y muchachas con moños de vendedora de mercadillo). La gente que no frecuenta mi salón, mi cocina, mi baño en hora punta, mi coche a punto de salir hacia la parada del bus. Cualquiera que no haya vivido el caos doméstico, dentro mi caos doméstico, no sospecha que oigo Noemí, y ni me inmutas. En serio lo digo. Es que un día voy a ir por la calle y alguien vocifera mi nombre de pila, del sacrosanto bautismo, y como no anexe ‘mamádeNicolásyLorenzo’, no me giro ni para coger un boleto del Euromillón, con todos sus eurosmilloncitos.

- Mamita, ¿por qué el abuelo te llama Noe, no se acuerda de que eres mi mamá…?

A mi mayor, al igual que a mí misma, mismamente, le cuesta pensar en mí como ente singular, con vida, identidad, sentimiento y sueño propio. Todo en esta vida, incluso la mía, le pertenece. No, no es egoísmo, que supongo un poco también, lo suyo es más bien el síndrome de Hola, ha llegado el rey del Mambo. Sabe que me llamo Noemí, y aún así, trata de olvidarlo, porque eso lo desvincula de mí, le quita superpoderes poderosos, en detrimento de su máxima atracción sobre todo lo que ama, lo que quiere, lo que necesita y lo que no está dispuesto a renunciar y/o compartir, salvo con el bebé, al que quiere, pero del que se cela con elegancia y distinción.

- Porque me llamo Noemí, que es un nombre precioso, que buscó la abuela para mí cuando nací… - Termino de peinarlo, procurando que la raya del pelo sea, en efecto, una raya y no un tirabuzón.

- ¡Pero si tú naciste en casa, dentro de la barriga deeee…! - Con ojos desnortados, busca en mi gesto algo que lo ayude a terminar la frase.

- … de la barriga de la abuela, que yo un día, hace dos galaxias y una temporada de Cuéntame, fui bebé… – Me río, porque sé que no es fácil para él pensar que mamá fue niña, con cosas de niña, mocos de niña, ideas peregrinas de niña y berrinches de niña.

- ¿¡Bebeééééé…!? – Se lleva la mano a la frente, y se ríe a mandíbula batiente - ¡Las mamás no son bebés, o qué te crees…!
Las mamás siempre son mamás, incluso cuando salen de las barrigas de las abuelas, porque ya salen grandes y con rizos y labios pintados…

¡Acabáramos! Según la lógica aplastante de mi mayor, mi madre dio a luz a una especie de muñeca hinchable, a la que en lugar de pañales debió poner compresas y dar forma al tupé con laca Elnett. Si pensar que tengo nombre propio (mío, mi tesoroooo…) le es chungo  de aceptar, imaginar que alguien pudo criarme con idéntico mimo y dedicación que la que le dispensamos a él, debe ser raruno. Raruno y complicado, porque, aunque Nicolás suela pasarse mis normas por el elástico del calzoncillo, sabe, intuye y confía en que sé lo que hago, cosa que me congratula, porque no siempre es así, y el arte de dejarse llevar e ir viendo, se me da de perlitas.

- No, cariño, yo no nací grande… - Le vuelvo a poner el flequillo en orden, para que no parezca un pequeño seminarista de los 70 – Yo me hice grande y después me enamoré de papá, para poder tenerte a ti y a Lorenzo.

- ¡Pero papá es un señor de 42 años, y enamorarse de un señor de 42 años es complicadísimo…! - Nicolás arquea las cejas, y se abraza a mí, zalamero perdido – Enamórate de mí, que soy más de abrazar fácil: ¿no ves cómo tengo sitio dentro de tus brazos?

- Ya veo, ya…

Sonrío, esponjándome como un pollito, feliz de saber que, una vez más, tooooooooodoooooooo en mí tiene que ser con respecto a él. Lo sé, llegará el día en que me rechace, me rehúya, evite mis besos en la parada del bús, pero ahora somos tan compañeritos del amor, que no puedo sino disfrutar de ser una de sus personas favoritas.

- Mamita, ¿sabes una cosa…? – Se mira por enésima vez en el espejo, para cerciorarse, ofcórs, de que sigue siendo igual de guapo que hace minuto y medio.

- Dime… - Intento bajarle el pelo-antena que le sale de la cocorota, herencia Castro.

- Que Noemí es un nombre superchuli, ¿sabías? – Sonríe

- Ahá… - Arguyo, luchando con el pelo rebelde del remolino de su cabeza.

- Pero mamá es mejor, porque me sale más bien y así, cuando te llamo y te llamo y te llamo, si digo mamá, no te gasto el tuyo, ¿entiendes…?

¡Ahí le has dao…! Si de algo me puedo sentir satisfecha y feliz y orgullosa y maravillada cual progenitora abducida por el amor filial, es de haber parido dos niños listos y agudos como ninguno. Inteligentes como cualquier otro, ahora listoooooos, ¡ay, ay, ay…! Noemí es un nombre ajeno a su necesidad de hacer suyo todo lo mío. Mamá es más él, más su hermano, más contigo estoy más pancho que Juancho. Mamá es la contraseña secreta de la cámara acorazada, la alfombra de Aladdín, la espada láser de Luke SkyWalker. Mamá es mejor porque ello implica que soy su mamá, punto pelota.

- Me parece una gran idea, ¿qué te parece si le contamos a papá que a partir de hoy sólo me llamo mamá?

- Vale, pero le decimos que te llamas Mamita Castro Martínez, así más como yo y como Lorenzo – Con entusiasmo, Nicolás, alza la voz con júbilo infantil.

- Pero yo no soy Castro Martínez, amor, esos apellidos son los tuyos y los de tu hermano… - Aporto, para que no se olvide el asunto de la herencia en su nombre.

- Que no, hombre, que tú eres mamá de nosotros, por lo tanto, tienes que llevar nuestros apellidos, igualitos, para ser los mejores amigos de la familia.

Es decir, queridos, que no sólo no tengo entidad individual y propia, con un nombre bonito al que acogerme cuando me pregunto quién soy y qué hago en el mundo, además de criar+amar+bañar+alimentar+educar+enseñar a hacer puzles a niños que son tipos estupendos. No soy yo ni se me espera, porque sólo con ellos mi ser tiene sentido. Así lo ha decidido, y así lo siento, con felicidad y cansancio extremo.

- Y hay que hablar con Bob Esponja, ¿no ves que tiene un mentón igual que el mío, así en forma de culito…?

- Claro, tan Martínez… - Digo, muerta de risa.

- Bob Esponja Castro Martínez: hay que decírselo a Patricio y a Calamardo, para que cuando lo inviten a comer las cangreburgers digan bien su nombre…

- Ahá… - Faemino y Cansado viven en mi hogar, se los ha tragado mi hijo mayor – Pero yo no sé dónde vive Bob Esponja, amor…

- En fondo de Bikini, mamá, es que no te enteras…
- No me entero de nada, hijo, qué barbaridad…

Y allí estábamos, mi mayor y yo, adjudicando identidades y anexando lazos familiares a dibujos animados, ajenos al hecho de que si no apurábamos la torta, el autobús del cole se iría sin nosotros. Es lo que tiene conversar con el sabio de la vida, que me quedo sin identidad, sin parcelita personal, pero gano enteros en el discurso fall in love. Así que ya sabéis, si nos cruzamos, llamadme mamá, mamita, mami, mamááááá, de lo contrario, puede que pase por vuestro lado, haciéndome pasar por Arenita Castro Martínez (a fondo de Bikini me remito, chicuelos…)

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9 Lives and A Half

Escrito por informaValencia1 12-01-2016 en LIVING LA VIDA MADRE. Comentarios (0)

Noe Martínez/LIVING LA VIDA MADRE

SUGERENCIA MUSICAL, Slave to love, de Brian Ferry, BSO de ‘Nueve semanas y media’ https://www.youtube.com/watch?v=gkKKLFjSxbc


Tiempos fueron en los que la carta a sus Majestades estaba a rebosar de elementos hedonistas, superfluos, monérrimos y, casi siempre, caros, porque el regalo en sí mismo era pensar que eras una niña consentida. Pues lo que son las cosas, que años después y siendo yo la misma (al menos de carcasa), ni carta ni capricho y mucho menos, carísimo. Por no haber, queridos míos, no hubo ni petición, porque el asunto de sentirme feliz y agasajada pasaba por dos cosas fáciles-dificiles, tanto o más que la vida misma.

-   Noe, vete pensando qué quieres por Reyes, que después no tengo tiempo de buscar algo con gusto…

El que hablaba no era el paciente padre, sino el maridito, ese que siempre sorprende con joyas estupendas que no hay que cambiar porque son de mi talla, de mi estilo y de mi corazón.

-   Eeeeh… - Emparejando calcetines como si no hubiese un mañana, intento pensar más allá de si negro y azul-marino-casi-negro valen como pareja, funcionan como pareja y pueden usarse al menos una vez, hasta que aparezcan sus consabidos compañeros – Mira, no sé, lo que veas tú.

-   Ah, no, chata,  ayúdame a acertar, que soy genial, pero no un genio…

Genial y genio, todo era, y yo estaba tan atacada dándole al calcetín, que ni ganas tenía de pensar en si tenía o no tenía anillos de piedras lo suficientemente grandes+brillantes+ostentosos+envidiables como para eclipsar el joyero de la difunta Elisabeth Taylor. Sólo pensaba en acabar, en tener minuto y medio para hacerme la cera del labio (obvio decir bigote, que eso le da a mi vello categoría de pelo y, por ende, a mí de bigotuda de circo). Quería, necesitaba un respiro ocioso para pensar en qué me haría ilusión, a fin de cuentas, estábamos en Reyes, fecha mágica y divina para que todo se haga realidad...

-   Quiero que Nicolás deje de usar pañales para dormir y que Lorenzo mastique sin conato de ahogo que te c*gas, ayyyyy…

Suspiro y se acabó.

Ayyyyyyy.

Vuelvo a suspirar, pero parece que no se acabó.

Ayyyyyy.

-   ¡Mamá, abandona ahora mismo el cuerpo bonito de mi mujer…! – Y mi maridito me abraza y me coge la cabeza con las manos, igual que hago yo cuando quiero parar las pesadillas de mi mayor en medio de la noche.

-   ¿Dónde se desactiva el botón de MamitaLoca…? - Me río, sintiendo como la presión homeopática de las manos de mi maridito eliminan tensiones ocultas y evidentes.

-   Ni idea, pero hay que hacer algo…

Siento besos blanditos en los párpados, esos que, en otra vida, quizá también en otra galaxia, llamábamos ‘besos de mariposa’, porque eran el preludio de que todo iba a empezar a volar por los aires. Y allí mismo, en medio de un salón que era la franquicia de ToysRus, en el que no había rincón en el que un juguete sonase/cantase/clamase cambio de pilas en su musiquita tartaja, podía haber pasado de todo, incluso liberar la pasión adolescente que aún nos quedaba en la despensa, la que no entiende de lugar idóneo, de momento adecuado, de aquí no, cari, que me estoy clavando el freno de mano.

Todo pintaba en bastos, pero bastos y triunfos, pero a escasos dos minutos para la hora H (o B, de biberón) oímos como por uno de los intercomunicadores alguien reclamaba atención. Nos abrazamos, con expresión de miedo, como si por una décima de segundo nos hubiésemos olvidado que somos padres, que hay dos tipos extraordinarios y maravillosamente dependientes que nos tienen sujetos con el yugo del amor. Inmóviles, cogiditoscogiditoscogiditos como si en apretarnos uno contra otro estuviese en antídoto al ‘hasta luego, Lucas’, pedimos a sus Majestades, a todos los santos y al señor Dior, que nos conceda el lujo de la intimidad, aunque sea rapidita, a lo Ninja, a lo soldadito de reemplazo en pase de pernocta. Pero…

-   ¡Mamitaaaaa…!

Por mucho que la pasión ejerza sobre la mente una fuerza brutal, no puede bloquear el sentimiento maternal. Ni metida en un Jacuzzi (¿se escribe así? Como veis, lo frecuento tanto como lo escribo, soy toda molicie…), rodeada de pompitas de jabón Roger Galé, escuchando algo bonito de Alejandro Fernández mientras mi maridito se hace con el mando de momentazo, evitaría que mi yo-mamita saltase en cuanto alguno de mis niños pidiese pis, caca, agua, tengo que decirte una cosa. Lo sé, no es sano. Lo sé, va en detrimento de no sé qué leyes de la convivencia en pareja. Lo sé, hay que reservar un espacio para TÚ+YO, pero no puedo ir contra esa fuerza colosal que me impide dejarme ir a lo loco, despendolada y descarada, sabiendo que los pequerrecholos necesitan…

-   No, no te necesitan, en este momento te  r-e-q-u-i-e-r-e-n, que no es lo mismo, mami…

El paciente padre, que sabe que no se puede luchar contra la llamada de la jungla, se las arregla para entender, comprender, hacer suya mi locura, porque esos que nos cortan el rollito, son también sus niños locos, sus tipos extraordinarios, a los que quiere y consiente más de lo que pensó podría hacer jamás. Con las ganas de yatúsabes contenidas, y gesto de date prisa, que la cena está servida, me dice:

-   Venga, vete, que cuando antes vayas, antes vienes…

Se ríe. Me río. Me recompongo y subo las escaleras de dos en dos (tener objetivos es muy importante en la vida, máxime cuando el objetivo es Birmania ). Tardo más de lo esperado, porque el mayor está empapado en pis, y tengo que cambiarlo de arriba abajo, mudar la cama, c*garme en Pilatos porque se me han acabado los pañales de braguita y tengo que ponerle uno de su hermano pequeño, con su consabida oposición (#YoNoSoyUnBebe). Tardo taaaaantooooo, que cuando por fin estoy de nuevo en el salón, mi maridito está frito, tumbado en el sofá, sosteniendo una libreta de La Patrulla Canina y una pintura de la Abeja Maya, con la que ha pasado el rato en mi ausencia. Me siento a su lado y, con igual curiosidad que la madre de una quinceañera ante su diario, me dispongo a leer.

Queridos Reyes Magos:

Este año he sido muy bueno (no como los anteriores, que sí que había sido bueno, pero éste he sido bueno que te c*gas, en serio),  y por eso os pido que nos dejéis en casa un séquito de SuperNannies que enseñen a masticar a mi hijo pequeño, lo que redundaría, sin lugar a dudas, en el equilibrio mental de mi estupenda mujer.

Igualmente, y si no es mucha j*da, haced magia potagia con la vejiga de mi mayor y que de una vez por todas, el pobrecito note cuando quiere hacer pis y lo haga donde tiene que hacerlo, no en la cama, que es un lío c*jonudo y el pobre pasa un frío mayúsculo, todo mojado y eso. Además, deciros que sería un regalo magnífico para los padres de la criatura, la madre y yo, que de tanto ponerlo  a hacer, cogiéndolo a peso muerto y dormido, tenemos una musculatura en las extremidades inferiores que podemos presentarnos a Master y Miss Muscle Universe.

Pediros igualmente colaboración para tener un bis a bis en condiciones con mi mujer; sin interrupciones, sin nervios, sin miedos a ser intervenidos por los Umpaloompas que estamos criando sería ya el remate del tomate, pero bueno, sin presiones, eh, vosotros a vuestro rollo, que nosotros estamos aquí para lo que haga falta, que ya nos dijo Nicolás que este año a los camellos hay que dejarles bizcocho de nueces y a sus Majestades, salpicón de pulpo, que a mamita le sale riquísimo, una monada…(sic.)

Conducir un Ferrari, volar en globo, la temporada completa de Juego de Tronos, una quedada Star Trooper o comerme un cochinillo de Arévalo yo solito, con sus patatitas amarillas y sus pimientos asados, ya como veáis. Ahora, lo del pis y el ñamñám de los niños, no se me olviden, por tutatis.

Fdo: El papá de Nicolás y Lorenzo

Si esto no es la magia de la navidad, que baje Balenciaga y lo vea. Tanto tiempo después, sin tiempo para el hedonismo, para los caprichos, para la batalla cuerpo a cuerpo, quererse a calzón quitado (figuradamente, claro, que mi Adonis se había quedado Zzzz) era el mayor regalo de la vida. Tener familia mola, por definición. Ser mi familia, es adictivo.

Un año más

Escrito por informaValencia1 31-12-2015 en LIVING LA VIDA MADRE. Comentarios (0)

Noe Martínez/LIVING LA VIDA MADRE  SUGERENCIA MUSICAL, 'Un año más', de Mecano

https://www.youtube.com/watch?v=n5KmzA_hMqE

 


¡Ay, de mí, que ya no siento mariposas en el estómago cuando se acerca fin de año! Yo, la misma a la que no le llegaba el tiempo de septiembre a diciembre para encontrar un modelito lo suficientemente brillante, ceñido, cortito e incómodo para despedir el año con la locura que merece. Pensar ahora, desde mi circunstancia de madre servicio 24 horas, en años aquéllos juveniles y no tan juveniles (¿los 30 es edad púber? Sí, no, su tabaco, gracias…) no hace sino arrancarme una risa sarcástica, como si la visión de mi persona en versión despreocupada fuese un personaje de Friends.

Pues bien. Como cada diciembre desde que los romanos se sacaron el calendario debajo de la cuádriga, el año llega a su término. Época de balance y balanza (excesos navideños que no perdonan), de celebración y júbilo (¡Por fin llega Ramontxu y su capa…!), de planes a medio hacer y otros cientomillón por hacer (tonificar la musculatura abdominal tras los embarazos y/o buscar en Amazon si hay algún milagro que me evite pensar en ejercicio para conseguirlo), pero sin duda, lo más mejor de lo mejor es darse una panzada a revisar el año en fotos, click, clic, ¡patata!.

Ahá. Te lo digo, vampiro, porque otra de las cosas que descubres cuando los niños llegan al hogar, es que ya no vienen con un pan bajo el brazo, sino una tarjeta de memora SD para la NIKON. Y lo que antes, en la era prehistórica en la que el paciente padre y yo éramos novios disfrutones y hedonistas, eran álbumes de viajes, de vida en pareja, de cumpleaños, aniversarios, domingos de playa o quizá tardes tontas en el sofá, con cariño, risa y manta de los fríos, ahora son reportajes infantiles desde todos los ámbitos, encuadres, ángulos y escenarios. Y digo reportajes infantiles, porque es tan difícil que alguno de nosotros podamos posar con ellos, que las instantáneas dan cierta sensación de orfandad pictórica: Luke, soy tu padre, pero no salgo en la foto porque en ese momento tu hermano quería babua (*agua). Como si lo viera…

- Papi, mira qué regordete estaba aquí el pequeño… - Miro, embelesada, los mofletes de Lorenzo, que dan ganas de babar la foto a besos.

- Oye, ese que está ahí detrás, ¿soy yo…? – El padre, con mirada de ranurita, a lo de chino mandarín, se esfuerza por reconocerse alláááá, a lo lejos, desenfocado en una esquinita del retrato.

- Pues no sé, pero puede ser… - Me apresuro a ponerme las gafas: los años y el astigmatismo no perdonan – Y sí, puede que sí, mmmmsííí…

- ¡No me j*das que estoy tan mayor…! - Con incredulidad, con desasosiego, con más gracia que resignación, el paciente padre se valora, cosa que me maravilla+sorprende, ya que no se le distingue con claridad en la foto.

- ¡Tshhhhh…! – Mando callar, chasco la lengua y arqueo las cejas – Estamos pa’comernos…

- Ya lo creo, pero con pan de  bolla y haciendo sopas, porque hay que ver qué envergadura…

Lejos de darle la importancia que requiere su apreciación sobre su volumen y/o masa corporal (que me repirra, dicho sea de paso), yo sólo tengo ojos para los mofletes cárnicos y jugosos de mi benjamín. La imagen de su carita redonda como una sandía, sus ojos vivarachos, su sonrisa toda llena de dientes de ratón y su mentón partido, tan Martínez y tan particular, es un catalizador de amor, que fluye a escape libre. Como las abuelas de antes, beso el retrato de mi bebé, como si los dos millones de achuchones que le acabo de dar antes de dejarlo en la cuna se me hubiesen quedado pequeños.

- ¡Aiiiiiins, qué te como vivo, gandulete…! – Exclamo a todo pulmón, totalmente enajenada y muertecita en love de verdad verdadero.

- ¿A mí…? ¿En serio…? – El paciente padre, que ha aprendido a vivir con alegría y chascarrillo la falta de tiempo para todo, incluso para intimidad, se me acerca y me tira un pellizco en el pompis.

- ¡Animal, para que te siente mal después de cenar…! – Me río a carcajadas y le beso la nariz.

- ¡Sal de frutas: santo remedio…! - Y se acurruca a mi lado, agotado como cada final de día, independientemente que sea fin de año o carnaval, para seguir mirando y admirando fotos de nuestros niños – Cans de palleiro, te lo advierto…

Y tiene más razón que yo qué sé, porque los que somos oriundos de la tierra de Breogán, y adictos a la sabiduría popular, sabemos que no hay cachorros más bonitos en la naturaleza que los que nacen de esa raza incierta, crisol de golfería canina, a la que llaman ‘can de palleiro’: los mil razas, que dicen ahora. Como todos los padres, supongo, que soy consciente no somos los único abducidos por el amor filial, los sentimos, los vivimos tan guapos y tan de quedarse con la baba colgando al mirarlos, que en algún lugar de nuestro gen visionario, sabemos que tanta belleza no puede durar para siempre. O sí, pero por si eso no sucede, y la adolescencia les regala incertidumbre, inseguridad, granos de acné y, quizá (seguro), mal de amores, queremos que sepan que han sido los niños más hermosos, más adictivos, más curapupas, más compañeritos del alma del mundo mundial.

- Son bonitos de c*jones, no me digas…

Arguye el orgulloso padre, mientras encuentra acomodo en el sillón en el que ya a duras penas cabemos, porque el señor Potato, Spiderman negro, un Bubble Guppie, la pelota de Bob Esponja y una galleta de dinosaurio chupada campan a sus anchas, sin intención de hacernos sitio.

- Pero de c*jones miringallones, pater… - Puntualizo, con tonito jocoso.

- Que lo decía el abueeeeloooo… - Ríe el maridito, rodeándome con el abrazo del oso.

- Elaaadioooo…

Y tan verdad como que el mundo es mundo y los lipstick de Max Factor 24 horas funcionan tan bien que hay que usar orujo de hierbas para desmaquillarse, hay expresiones familiares que se transmiten de padres a hijos, de mujeres a maridos, haciendo de ellas auténticos homenajes a seres que merecen la pena. El abuelo Eladio, que era más bueniño que las pesetas rubias, así se llama, ese es su legado. Así lo recuerda nuestro mayor, y nos encanta que lo haga. Porque eso es lo que era el abuelo: un cofre del tesoro, a rebosar de cariño y amor.

- Qué suerte hemos tenido con estos niños, papi…

- Sin duda… - Asiente, sin quitar ojo de la pantalla, porque Cristina Pedroche anuncia campanadas, con el vestido nudista de turno (si quiere salir en pelota picada, ¿por qué no lo hace? I wonder…).

Tintín. Tintín.
WhatsApp attack findeáñico.

- Noe, mensaje – Me dice el padre, sin parpadear, atento la tele. Sabe (él y media Guinea Ecuatorial…), que en un plisplás, la muchacha se hará un Telecinco, asomando culete/muslamen/poitrine. Tic, tac, tic, tac.

Cojo el móvil y asisto, entusiasmada, al aluvión de buenos deseos, la mayoría impersonales y puede que en cadena, de mis contactos. Algunos son amigos, otros conocidos, otros teléfonos que grabo en la agenda para saber quién me da el c*ñazo a deshora. Pero lo mejor, OOOOMMMMGGGG!, es disfrutar con el cambio de foto de perfil, ad hoc con la festividad del momento. Vestidos imposibles, de largos milimétricos, con pelos tan enlacados+cardados+recogidos que recuerdan a Luis XVI. Y ellos, tan de pajarita tan mal lucida que parece inevitable acordarse del payaso de Micolor (¡uy, soy tan de los 80…!). Sea como fuere, es el día del despiporre, de la noche interminable, del dolor de pies non-stop, del frío que te c*gas (abrigo no, gracias, que no se me ve el modelito). Noche de disfrutar a lo loco, que se nos acaba el año, y mejor que las campanadas nos pillen gozando, pero bien.

- Me voy a hacer un Colacao calentito antes de empezar con el turno de bibes… - Me incorporo, haciendo la croqueta sobre mi maridito.

- Que sean dos, pero no tardes, que falta poco para las doce…

Con su carrillón, sus cuartos, sus prisas, sus risas, las campanadas comienzan. Nos atragantamos, felices, con las pepitas y algún rabito que se coló en la fruta. En pijama, con calcetines gordos y zapatillas de Yeti (forrada hasta las rodillas, maravilloso invento). Nos abrazamos, nos reconocemos en la felicidad mullida de padres de dos tipos extraordinarios, que nos recuerdan ya, en el primer minuto del año, que siguen mandando ellos. Buábuá. Mamitaquierobeber. Caughcaugh. Quieropis. Otó. Cuchúúúú.

Feliz 2016, amiguitos, disfruten de la velada festiva, yo gozaré de mi dicha de ser mamá, que es una etapa tan intensa y chula, que da miedito perderse algo, aunque sea el zapato como Cenicienta. ¡Ah, no, espera, que tengo zapatillas de Yeti! Vaya, no digo nada, pero de ahí que mi príncipe azul sea un BigFoot de amor. 


noemartinez.es

Hasta el infinito y todas las estrellas

Escrito por informaValencia1 17-12-2015 en LIVING LA VIDA MADRE. Comentarios (0)

Noe Martínez/LIVING LA VIDA MADRE   Sugerencia musical, Fly to the moon de Frank Sinatra, https://www.youtube.com/watch?v=mhZ2X9znPxM

Y no todo es tan duro, ni tan disparatado, ni tan agotador en la feliz idea de tener niños; también hay momentos de absoluta paz y equilibrio.  En serio. Palabrita. Y esa paz tan necesaria se convierte en tan adictiva, que cuando piensas en qué hacías cuando no estaban en casa, sólo se te viene a la cabeza una ladera llena de cardos y polvo seco, nido, sin duda, de algún bicho toca pelotas. Porque vivir, lo que es llenar las horas de la emoción de no saber si serás capaz de llegar entera la siguiente, eso sólo sucede cuando estos tipos que has parido llegan para quedarse. Para invadirlo todo de emoción y de corre, corre, que te pillo. Con ellos llegan los miedos, la vulnerabilidad absoluta, el idilio con el Dalsy, el termómetro y las noches en vela. Pero también los abrazos mulliditos, los besos con babas y olor a leche de continuación o natilla de chocolate. Que llegue el fin del mundo, estoy preparada: he experimentado el nirvana. Y todo gracias a ellos, a mis hijos.

Nada comparable a esta maravillosa sensación de estar al límite de tus fuerzas, para que cuando por fin los dos niños duermen, quizá uno en tus brazos, te invada el súper power, el mega poder de amar hasta el infinito y todas las estrellas, y no sólo te alegres de parecer una careta de zombie (Halloween lo inventé yo, ya te digo), sino que ya le has encontrado estética al tono azulado que te surca la cara desde el lacrimal hasta el lugar donde antiguamente habitaban tus pómulos y su grasita favorecedora. Ahora que ya no me preocupa tanto lucir guapa como aparente, he llegado a la conclusión de que lo que más me favorece, lo que realmente me sienta bien es ver crecer a mis niños. Lo sé, suena cursi, ñoño, quizá mil veces oído, pero es que cuando te toca, te toca. Y ahora que me tocó a mí, me río yo de las flechas de Cupido. Ya lo cantaba Karina…

Esas flechas van contigo donde quiera que tú vas,
están entre tu pelo y en tu forma de mirar,
son las flechas que se clavan una vez y otra vez más,
esas flechas van contigo donde quiera que tú vas.


No se conoce cariño más supercalifragilísticoespialidoso que este. Amar en salones revueltos, ¡qué gran escenario…!
Y como digo, es cuando la casa está en silencio (un lujo escaso que sucede una hora como mucho, entre el último biberón del pequeño y el primer pis de la noche del mayor) cuando hago balance y me reafirmo en que seguro que hay vidas más vidorras que la mía, con más qué se yo que la mía, pero seguro, seguro, seguro, que no tiene un nosotros como el mío, el que hemos construido el paciente padre, la madre imperfecta y los dos querubines extraordinariamente queribles.

Este nido de locura, alboroto, prisas, neveras a rebosar de yogures y mesas repletas de sobras de desayuno+comida+merienda+cena, que hacen que engordemos en nuestro afán de ser ‘coche escoba’ y no tirar nada que sepa/tenga/recuerde al chocolate (un pecado, no me digáis). Lavadoras de 7 kg que se quedan pequeñas y te hacen envidiar a los albañiles y sus hormigoneras gigantes, con un diámetro tal que cabrían en la misma colada los abrigos del cole, el edredón de la cuna, el albornoz de piscina, el disfraz del oveja para el festival de navidad y, puede, que hasta yo misma (así me aseguraría la ducha, gozo mayúsculo, no se crean…). Cestas de calcetines huérfanos a la espera de que los saquen de su singularidad no escogida, porque son tantos los que están sin compañerito, que llegas empatizar con su soledad del cojo. Armarios que son, en realidad, trincheras: abres la puerta y ¡a cubiertoooo…!. Cocinas con tantos sistemas, chismes y cositos de protección, que, a veces, no sabes si estás abriendo el horno o la caja fuerte. Platos de Peppa Pig, mugs de Mickey Mouse, vasos Minion, ¡Murcia, qué hermosa eres! Ains... Hay qué ver al paciente padre, con americana y foulard, elegante y oliendo a colonia rica, desayunando en tan selecta y distinguida loza: gana enteros en el ranking del mejores compañeritos del mundo mundial. Cajones de ropa blanca en los que pueden vivir Playmóbiles, pelotas saltarinas y hasta un trozo de pan reseco, que por alguna razón debió constituir un peligro para el bebé, y quedó arrestado en el lugar que teníamos más a mano. Todo es posible, no os digo yo que no, porque hasta un dinosaurio tenemos en las escaleras, porque dice mi mayor que nos protege de los fantasmas y los esqueletos. Ya, ya sé que no existen los fantasmas, tampoco los esqueletos que quieran censarse en un lugar húmedo como el nuestro. Lo de los dinosaurios no lo tengo tan claro, porque al que hemos adoptado le falta un palmo para medir lo que mi abuela, y ya le tenemos cierto respeto y cariño.

En esa calmachicha maravillosa que es el impás entre morir de cansancio y disfrutar de él, esta hora antes de desplomarme entre el edredón y el colchón viscoelástica (me nominen al Nobel al inventor, porplís) me acuerdo de mi vida de antes, de la Noe anterior a la Glaciación, y estoy segura de que no me gusta. Me veo rara, no me reconozco y estoy segura de que, tanto tiempo después, y con déficit de sueño como retar a la Bella Durmiente, no cambio esto por nada, porque la aventura de acompañar a mis hijos en el camino estupendo y largo que es formarlos para ser unos tipos de bien, sanos por dentro y por fuera, y con capacidad de ver vaso medio lleno aunque el agua les llegue alguna vez al cuello, me impulsa a vivir esta carrera de fondo como lo que es: mi familia, mi cuevita del amor.

A ella me agarro con Loctite, queridos todos, porque nada hay que me guste más que un cuento con final feliz.
 
¡Felices fiestas a todos! Salud, chatitos, que de lo demás ya nos vamos ocupando, si eso…

noemartinez.es

Explota, explota que expló, porrón

Escrito por informaValencia1 10-12-2015 en LIVING LA VIDA MADRE. Comentarios (0)

Noe Martínez/LIVING LA VIDA MADRE  (Con sugerencia musical, "Explota mi corazón", de Rafaela Carrá) https://www.youtube.com/watch?v=gSAzYiiE4Kk

Ni lobo ni coco ni dragón que escupe fuego; lo que realmente aterra a una mamá imperfecta en el primer año de escolarización de su niño son los grupos de WhatsApp colectivos, esos en los que un buen día te ves incluida, y ahí se montó la gorda.

Y se montó literal y figuradamente, porque, es habitual que estos chats estén liderados por una mamá profesional, la que sabe la hora exacta a la que se extinguieron los dinosaurios y si Cenicienta usaba o no usaba braga faja bajo el ball dress. Esa mamá oronda, con voz decidida e infranqueable, a la que te da canguele disentir, por si te busca en Facebook y te pide amistad, con el único ánimo de dar por saco y husmear en tus fotos. Ay, esa mamá organizadora, con espíritu de Coronela, que sabe más por los jajajás y los emoticones con lágrimas de risa que por sus textos-dedo-en-teclado (que las faltas de ortografía laceran los ojos). Aún así, al rey lo que es del rey: la que funda el grupo de WhatsApp, es la que manda. Administradora de grupo, por su título nobiliario la reconoceréis. Por eso, y porque ella no es una mamá desnortada, desbordada, desdormida y despeinada como tú. Ojo, que ella no es una mamá cualquiera: ella es el buque insignia del saber, el libro gordo de Petete, la Belén Esteban del chat, el mapa de Dora Exploradora.

Ella, la mamá que lo sabe t-o-d-o.

Así pues, y sin que tú hubieses sospechado antes que fuese necesario, empiezas a pensar que nada como estar conectada (noche y día, como las farmacias y los bares de lucecitas) a las madres de los compañeritos de tu niño. Y como el saber no ocupa lugar, y se ve que tampoco tiene horario para gozarlo, los mensajes no cesan, por mucho que sean las 21:30, y tú estés inmersa en la vorágine de las cenas, los no quiero dormir léeme otra el cuento del caracol y la hierba de Poleo, las pataditas a los barrotes de la cuna, los no quiero bibe de cereales, los quiero colito y abracito antes de dormir y una montaña de ropa para doblar que me río yo del Naranco… Mientras me debato entre mi deber casero y mi deber social-WhatsAppero, me convenzo de que tanto ocio y molicie virtual femenina a esta hora sólo puede responder a realidades familiares muy distintas a la nuestra: niños ya mayores, asistenta doméstica en múltiplos de 2, o bien, abuelos esclavos que se hagan cargo de los quehaceres diarios.

Metida en la cama con Nicolás, suspiro, miro el reloj y…

- ¡Tengo que contestar, no vayan a pensar que me importa una m*erda la tertulia…!

Con el bebé ya casi dormidito, mi mayor, que sigue con el cuento del caracol al que le duele la barriga y necesita una infusión de hierbas mentoladas, protesta al verme coger el móvil. Es su momento, y de no serlo, estando él presente, mi móvil es para jugar a Spiderman, a Ninja Fruit, a las carreras de coches o, en su defecto, para hacer mil y una fotos, en modo ráfaga, ya sea de sus pies o de sus rodillas, dependiendo de si está sentado en el baño o en el sofá del salón.

Vale, pues Nicolás protesta y quiere hacerse con el teléfono, pero yo me debo al chat: sé que tengo que poner una carita WhatsAppera, aunque sólo sea, para que el resto de las mamás (y la administradora del grupo, ofcors…) sepa que me divierte en extremo la conversación de los c*joncillos. Estoy a punto de hacer pum del stress, aún así, pongo una flamenca, una carita con  la lengua fuera, unas palmas, un brazo forzudo y un mono que se tapa los ojos. Así, todo seguido, a modo jeroglífico.

- ¿Vas a poner también la caca con ojos, mamita…? – Inquiere el mayor, divertido, intentado aportar su genialidad a la conversación textual entre mamás.

- Ganitas no me faltan… - Desideratum est.

- ¿Conquiénhablasconquiénhablasconquiénhablassss…? - ¡Zasca! El móvil se cae entre la cama y la pared, sabiendo que el gotelé es tortura china 2.0 del siglo XXI. Mi mayor señala con el dedo: sabe dónde está el teléfono, pero no piensa meter las manos ni de coña. La experiencia, la madre de todas las ciencias… - Está ahí, mamita, pero no lo cojas, que la pared muerde…

- Ya sé que muerde, pero tengo que cogerlo: las mamás de tus compañeritos nos mandan mensajes…

- Y suena la campanilla, claroooo… - Nicolás me interrumpe. Asiento con la cabeza. Él arquea las cejas - ¿Y de qué hablan…?

- Pues… - Me quedo pensando, porque acabo de participar en el chat, pero… - ¡No tengo ni idea!

Maravilloso, me digo, lo mismo estaban hablando de algo dramático y yo con mi flamenca, mi carita con  la lengua fuera, mis palmas, mi brazo forzudo y mi mono que se tapa los ojos. Así, todo seguido, a modo jeroglífico.

En plancha. Me lanzo a por el móvil, en plancha.

- Mamitaaaa, que me aplastas el pirríííin… - Protesta mi mayor, al ver cómo hago de su barrigola una campo de batalla cuerpo a cuerpo.

- ¡Mío…!

Ya con el móvil en mi poder, me recorre el sudor: ¿y si estaban hablando del debate electoral y yo no estuve a la altura de tan altas reflexiones? PumPum. PumPum. PumPum. Corazón de melón, que me sabes a salchichón. Por fin, abro el WhastsApp. 25 mensajes nuevos. Madrecita María del Carmen, ¿a qué velocidad escriben estos seres…?

- Mochilas… - Suspiro, mezcla de alivio y ‘me-c*go-en-Pilatos’.

- Mochilasqué, mamita, ¿por qué dices mochilas, como Dora Exploradoraaaa…?

Le beso la cabeza, lo acurruco contra mí, y apago la luz de la lamparita de la mesilla. En serio, me digo, me maravillan las madres nivel PRO que disfrutan poniendo a prueba a las que nos estrenamos el arte de sobrevivir a los uniformes, actividades extraescolares, cumpleaños multitudinarios, festivales de fin de curso… y excursiones con mochila-ni grande-ni pequeña-con tira cruzando de lado a lado-sin cremallera (y puede que, incluso sin mochila, porque ya me diréis…). Mientras encuentro sosiego en el olor narcotizante que desprende el cogote de mi mayor, me pregunto si no sería más fácil leer la circular que manda la profe, en lugar de andar con dimes y diretes, con yo sé más que tú, tururú. Con la mano dolorida, que el gotelé es mucho gotelé, dejo que el sueño llegue a nosotros, y hablo en plural, porque Zzzzzzzz.

Tilín. Tilín. Tilín.

- ¿Quiénllamaahoramamitaaa…? – Pregunta Nicolás, ya con un pie en el reino de Morfeo…

- Rafaela Carrá, hijo, duerme tranquilo…

He aquí una mamá imperfecta, hasta los mismísimos y los susodichos, disfrutando de lo único que importa: la familia. Los grupos de WhatsApp escolares, el patio de corrala de la nueva era. Vaya tela, chatos… :P

noemartinez.es