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LIVING LA VIDA MADRE

Vacaciones en el mar

Escrito por informaValencia1 26-02-2016 en LIVING LA VIDA MADRE. Comentarios (0)

Noe Martínez / LIVING LA VIDA MADRE  / SUGERENCIA MUSICAL, Holiday, de Madonna https://www.youtube.com/watch?v=5Rswx2Z7SDw


No deja de ser curioso lo decisiva que es la perspectiva para casi todo. Porque no es lo mismo que la realidad se observe desde aquí, desde allí o desde el mismísimo acullá. Comerte una maravillosa lubina a la sal es un plan perfecto para la cena del sábado. Pero lo es para ti, no para la lubina, coincidiréis conmigo… No es lo mismo, pues, que ya lo decía Alejandro Sanz. Y como no lo es, ahora que soy madre y tengo que regirme por el calendario escolar, veo que las vacaciones, los puentes, los festivos de índole interna e demás fiestas de guardar (que nos falta festejar el día del porco celta, y tiempo al tiempo…), no son, sino, pruebas que manda el Sumo Hacedor para ver cómo sigo nadando, panza arriba, ante cualquier circunstancia, por mucha prisa, agobio y stress que me llegue al cuello.

- ¡Mamita, ya estoy en la vacación…! – Nicolás, a punto de quedarse frito, disfruta de su plan de holganza.

Claro, para los niños que están hasta el gorro de madrugar, de quitarse el pijama calentito para pasar un frío pistonudo en la parada del bus, lo de no ir al cole es el plan de los planes. Pero para los papás, que están hasta el gorro de madrugar y quitarse el pijama calentito para pasar un frío pistonudo en la parada del bus, lo de no tener cole al que mandar a los niños, es el comienzo de un periplo dislocado en busca de colaboración familiar y ciudadana para dar con la solución a la hecatombe. En días como estos, en los que mi mayor estalla de emoción al anunciarme su período de molicie lectiva, sólo puedo acordarme de la salud de las mamás de los que hablan a boca llena de la conciliación laboral. No, si ya sé que puedo entrar una hora más tarde a trabajar, pero no puedo estar una semana sin ir a trabajar porque no haya cole. Eso a mi jefe no le parece conciliación, sino absentismo, y ahí ya entramos en agujeros negros del espacio…

- ¿Vamos a ir a ver la nieveeeeeee…? – Pregunta Nicolás a renglón seguido, sin reparar en que se me ha puesto mustio hasta el flequillo - ¿Vamos a ir a la ver la nieveeeee? Es que mi compañero Andrea de clase de 5 años, va a ir a ver la nieve con sus papás, ¡y en autocaravana…!

- ¿¡En serioooo…!? – Muletillas automáticas en Modo ON y mirada cual puntero láser – Qué bieeeen…

- ¿A que es muy chulo ir a ver la nieve en autocaravana, mamita…? – Me mira, maravillado, imaginándome viajerísima, recorriendo tierra, mar y aire en cualquier cosa que haga burrum, burrum.

- Ahaaaa…

- Ssss, a mí también me lo parece… - Se frota los ojos de puritito sueño – Si supiera lo que es una autocaravana, aún me lo parecería más…

A la nieve. A la nieve y en autocaravana. Pero vamos a ver, ¿dónde cojoño está el corporativismo entre padres? ¿En serio ir a la nieve no les parecía lo suficientemente envidiable, que tienen que ir en autocaravana? Miré a mi mayor, con expresión de madre derrotada, segura de que nuestro súper planazo de mandarlo a un campamento urbano de deporte y cine, le iba parecer una boñiga. Lo sé, no está bien, es infantil e irracional, pero allí sólo cabía un plan de defensa: ¡el boicot!

- Una autocaravana es un coche grande, muy largo, que en lugar de asientos y reposacabezas para poner la tablet, tiene un pisito pequeño dentro… - Oh, oh, si mi idea de boicotear el plan fantástico del enemigo era éste, me lo podía meter en por la retambufa – Peeeeroooo es un peligro increíble ir con él cuando hay nieve porque las ruedas hacen fiiiiiiissssshhhhh, y vaya lío…

Con el sentimiento encontrado de saber que su compañero iba a ir a la nieve en una casita con ruedas, pero que había una altísima probabilidad (se me fue la mano, lo sé…) de que el viaje acabase siendo una carrera de Bobsleigh, autocaravana colina abajo, sin control, y con las cosas de la nevera saliendo disparadas, a modo de proyectil circense, Nicolás se ríe a lo loco. No puede parar de hacerlo, imaginándose a su amigo Andrea, a su hermano Axel y a su perro Paco (sí, el perro es el único que por lo visto tiene un nombre normal) sorteando botes de tomate frito, yogures Larsa de vainilla y velas de chorizo Revilla, al más puro estilo partida del Ninja Fruit. Hasta que se queda dormido, Nicolás no deja de preguntarme si también se cae el bote de Nocilla y el cartón de huevos de las gallina de abuela Lola (la suya, pero que para el relato nos vale, porque el pobre cree que todos los huevos del mundo son del gallinero de su abuela) y el frasco de pepinillos de Mercadona…

- Es que con tanta nieve y en autocaravana, ¡a quién se le ocurre…!

Y esa fue su última sentencia antes de se quedase aparentemente dormido. Me quedé un rato a su lado, imaginándome a la ociosa y organizada madre de Andrea, de Axel y puede que hasta de Paco, el perro, porque señoras hay que extienden su cariño a los chuquelos, diciendo aquello de aquiénquieremamáááá. Sin duda, aquella buena mujer no tenía jefe, no tenía tiranía de horarios, ni maratones de lavadoras+secadora+doblado, quizá ni tenía que pensar en qué hacer de comer al día siguiente, ya que seguro tendría un séquito de enanitos de Blancanieves, que la liberaban de lo engorroso de la vida doméstica. Cuando estaba a punto de levantarme a improvisar un muñeco de vudú con peluche de Pocoyó, Nicolás balbuceó en sueños…

- Mamiiii, ¿sabías que Andrea y Axel y su perro Paco nacieron en un sitio que se llama El Caray…?

- ¡Aaaah, que son de Valdezcaray…! – Suspiro y arqueo las cejas – Ahora lo entiendo…

- El Caray es lejísimos, por eso van en la casita con ruedas, ¿verdad? – Inquiere, ya con los ojos cerrados y ese tono tan achuchable de estoy soñando, do not disturb.

- Es superlejísimos, claro, y se van allí a ver a los abuelos… - Esbozo sonrisa, sintiendo la punzada chunga del arrepentimiento: el muñeco de vudú baila reguetón en mi conciencia… – Y seguro que a pedir auxilio familiar para colocar a los niños, como los todos…

- ¿Colocarlos dónde, mamita?, porque como no tengan cuidado, lo mismo también se caen en la autocaravana, como el bote de pepinillos y las galletas de huevos de dinosaurio…

- Quien dice colocar, Nicolasiño, dice conciliar… - Apoyo mis labios en su cocorota, que me huele a amor extremo - ¿Dormimos?

- Yo ya estoy…

- Ya veo, ya…

- Pero, entonces ir en autocaravana ¿es o no es peligro para Andrea y su hermano Axel y su perro Paco…? – Musita muy lentamente, ya casi en fase REM.

- Seguro que lo es, pero a sus papás no les queda otra.

- Yo no quiero ir nunca en autocaravana…

- No te preocupes, al campamento de jugar vas en el coche de mamá.

- Vale, ¿y puedo llevar la cantimplora de Dark Vader…? – Más dormido que Cutús, sigue hablando.

- ¡Por supuesto…! – Digo, acurrucándome a su ladito, esponjándome cual pollito amarillo.

- Jo, qué vacaciones más chulas voy a tener…

Y yooo, pienso para mis adentros, que voy a jugar a creerme lo que me acabas de decir, agarrándome a ello como el antídoto anti remordimiento. En serio, en la tómbola de niños beso-comestibles, a mí me tocaron las dos guindas del pastel, no me digáis.

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El caballito de palo

Escrito por informaValencia1 16-02-2016 en LIVING LA VIDA MADRE. Comentarios (0)

Noe Martínez/LIVING LA VIDA MADRE -- SUGERENCIA MUSICAL, El caballito de palo, de Joseph Fonseca https://www.youtube.com/watch?v=lvgqbaxd3w0


Otra perla desconocida del maremagno chiripitifláutico de ser mamá es la cantidad de fobias, miedos y cangueles que desarrollas con respecto a elementos primigeniamente inofensivos. Ese vértigo inconfundible de voltereta con doble rulo, cuasi mortal, oigan, que te entra cuando estás poniendo a punto las mochilas del cole/guarde y encuentras una nota en la agenda. Oh, oh. No importa que tus niños tengas 22 meses y 4 años y medio: cuando ves que la agenda está escrita, te cuadras, como si la misiva fuese del mismísimo Obama. Lo sé, puede parecer exagerado, porque a estas edades, la maldad y el comportamiento niño infierno aún no elemento cotidiano (y menos manuscrito), pero palabrita que un soponcio repentino te lo llevas, sí.

- ¿Y ahora qué…? – El paciente padre, apoyado en el quicio de la puerta, analiza mi rictus y mi respiración. Si la cosa va tipo Free Jazz, sabe que el lío es decimonónico…

- Pues ahora caca… - Respondo, mientras cierro la agenda de un plaf.

- ¿Pero caca de qué…? – Me dice, intentando hacerse con la agenda de marras.

- De la vaca, ¿de qué va a ser? Pues ya me dirás tú cómo vamos a hacer…

Por si la nueva onda educativa no tuviese ya poco apoyo en el ámbito doméstico, lo de que la profe mande deberes para antes de dormir, es el Guantánamo de la vida familiar. Por si lo sabíais, hay asignaturas de nuevo cuño que son dignas de empezar a reír hoy y no parar ni para coger aire.

- ¿Puzles…? ¿Pero puzles de qué…? – El padre, anonadado, lee las líneas de la profe del mayor - ¿Pero no los puede hacer en el cole, en el recreo, como todo se hizo toda la vida…?

- Se ve que no: ahora los niños se  d-o-c-t-o-r-a-n  en puzles, que es muy sano para no sé qué c*ño de la conexión sináptica… - Giro y giro y giro una cuchara en la papilla del bebé, intentado que no está a temperatura de empaste de dragón.

- Yo, a su edad, hacía salchichones de plastilina, le levantaba la falda a las niñas y aprendí a recortar con tijeras con menos filo que rabo de una escoba. Eso hacía, y la mar de bien oye. …

- Yaaaa… - Arguyo, probando la papilla de nuevo – Pero tú y yo somos de la generación en la que al cole se iba a aprender, no a formarsereshumanos2.0…

- ¿Sabes lo que te digo, mami…? – No lo sé, pero lo intuyo, porque veo como el padre contiene sus ganas de procacidad gestual. ¡Tate! Gesto, pero gesto súper intención. Ahí estamos… – Eso te digo y no digo más…

Y claro, lo peor no es pautar una tarea antes de dormir, sino pautar ESA tarea. A mi mayor le interesan tanto los puzles como a mí todo lo relacionado con el espacio exterior, así que, proponerle de ‘forma lúdica y sin exigencias, para que el niño vaya cogiendo gusto y hábito por los puzles de más y más piezas’ (sic. La profe, ese gurú sabiondo, mezcla del maestro Yoda y la Super Nanny) se me hace muy, pero que muy cuesta arriba. Sé que la protesta, los lloritos, los ‘noooo, esoooo noooo, hoy un cuento de los Súper Héroeeees, qué te crees…’ serán, sin duda, el denominador común de mis días, de aquí hasta que llegase el Armagedón, llegado el caso.

- Me dan sudorcitos fríos sólo de pensarlo, papi… - Respiro profundo, mientras el bebé va comiendo a regañadientes su papilla-templada-sin grumitos-en cucharilla tamaño moka-viendo Baby Tv- descalzo (¡Señor, llévame pronto…! O no, que menudo papelón para el paciente padre si lo dejo en la estacada…).

- ¡A tomar por c*lo, cari! – No es un plan, claro, sino un exabrupto… - Ya iremos viendo…

- Pues espérate que aún hay más… - Brindo al padre que abra la agenda del bebé – Yo no sé si hay orden ministerial para volvernos locos.

Veo como mi maridito enarca las cejas, abre los ojos, chasca la lengua y suspira. Se queda callado un nada, y vuelve a abrir la agenda de marras. Fast Rewind. Veo como mi maridito enarca las cejas, abre los ojos, chasca la lengua y suspira. Pero…

- Estas tipas está de p*ta de coña, dime que sí…

- Ojalá… - Digo, sin mirarlo, aguantando la risa.

- Peroooo… - abre la agenda otra vez, incrédulo - ¿De pony? ¿Pero cómo de pony…?

- Ahájajajaja… - Lo siento, la risa es tan libertina que sale por donde se abre un hueco – El día de los papás: ¡Todo tuyo, amorcito!

- Tchtchtchtch… - Onomatopeya de ‘mec*goenPilatos’ - ¿Pero de pony con superpoder, así con cola peluda de todos los colores, al más puro estilo carroza del orgullo Gay, o quizá basta con parecer un caballo con acondroplasia…?

- Yo creo que con que no te líes a mordiscos con todo quisque, llega… - Sigo riéndome, pero el bebé me recuerda que su hora de la papilla no es un tablao flamenco: a ver si estamos a lo que hay que estar. Me quedo tiesa, se me congela la risa y acerco la cuchara con sumo cuidado y en el más solemne de los silencios: se masca la Potito Revolution…

- ¿Y tú, qué? – Me dice por lo bajini, respetando el momento de comida del bebé.

- ¿Yoooo…? – Ladeo la cabeza – Es para papás, p-a-p-á-s…

- ¡Bárbaro, solo ante el ridículo…! – Bufa, pero bufa de aquí a Pamplona.

- Ya, pero yo tengo que hacer puzles de chiquicientas fichas, y hacer que le guste… - Defensa personal, ahí estoy yo.

- Ahora entiendo a las parejas que deciden la educación en casa… - Signo de victoria con los dedos.

- Lejos de agendaaaas… - Apostillo con susurrado soniquete.

- Lejos de PutiPonieeees… - El padre se tapa la cara con un cojín.

- ¡Mamitaaaaaaaaa…!

El susto de la vida. El padre y yo nos habíamos olvidado por minuto y medio de que el mayor estaba haciendo caca, a sus anchas, sin intervención paterna de tipo alguno.

- ¡Sssshhhh…! – Increpo con la última cuchara de papilla del bebé – No grites, que está tu hermano comiendooooo…

- ¡YaaaaaAcabééééMeeeLiiiiiimpiaaaaaaaaas!

- ¿Te sirvo yo, Nicolás…? – Dice el padre, levantándose del sofá a toda prisa.

- Noooooooo, tú no, que los ponies no limpian bien los culos.

Risa millón, sin duda, la sal de la convivencia familiar. Nicolás había estado escuchando con atención toooooodo lo que papá y mamá decían, en la falso intimidad que da hablar en un tono un qué sé yo más bajo de lo habitual. Sabía pues, que los puzles iban a ser nuestro martillo pilón hasta que el Halley rozase de nuevo la tierra, y que su papá, su magnífico y elegante papaíto tenía que perder decoro y compostura, disfrazado de caballo raquítico, en el ‘Día del padre’ en la guardería de Lorenzo. Pero, lo mejor, estaba por llegar…

- Mira, papito… - Ya con el culete limpio, entró en el salón con su libreta de dibujar – Este eres tú, con tu cola violeta y tu careta llena de dientes…

- Vayaaaa, pues estoy muy guapo, ¿Qué no…? – El paciente padre me mira, con el rictus de El Grito de Munchen.

- Te puse mucho flequillo así delante de los ojos, para que te escondas y no te conozcan tus compañeros del trabajo, ni los míos del cole y tampoco Rocío, la charcutera del Mercadona…

¡Apaga y vámonos…! Al pobre de Nicolás le daba tanto apuro aquella historia del día del padre-pony en la guardería de su hermano, que no quería que lo reconociese ni la chica del súper (trónchenseme, que no es para menos…). Y dicho lo cual, señoritas profesoras de guardería, colegio, actividades extraescolares y demás zarandajas, antes de proponer cosas graciosas para ustedes, en pro de no sé muy bien qué conexión paterno-filial, sería maravilloso que consultasen causa/efecto en Google, porque a poco que rasquen, fijo que hay algún adulto contando su trauma infantil al respecto en algún blog para muchachos valientes, que han salido del averno. Vale, la metodología de enseñanza ha avanzado mucho, somos más modernos que la Dolores, la de Calatayud, peroooo, un peu de s'il vous plaît… 

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El frío a mí nunca me molestó

Escrito por informaValencia1 10-02-2016 en LIVING LA VIDA MADRE. Comentarios (0)

Noe Martínez/LIVING LA VIDA MADRE  - Sugerencia musical, ‘Suéltalo’, BSO Frozen https://www.youtube.com/watch?v=wvgdihOkTvg

 

Odio el carnaval. Vale, ya está dicho. Lo odio desde pequeña, porque ser gallega e ir con el ombligo al aire, cual diestra bailarina de la danza del vientre, siempre fue tarea imposible. Por más que rogabas, que te hacías la loca con el frío+lluvia+viento que imperaba en esta época del año, mi mamá, hoy venerada abuela de mis niños, decía aquello de:

- ¡Pero tú estás loca o qué, que coges una gripe que no te la quito en mayo…!

Y claro, las gripes que no curan hasta mayo, cursan con moco, fiebre, malas noches, dolores generalizados y mimos a lo loco. Las gripes que no curan hasta mayo son la caca de la vaca, sobre todo cuando eres pequeña y quieres ponerte tu traje de odalisca, toda envuelta en tules y danzar y danzar y danzar, calle adelante, para que todo el mundo sepa que, si te dejan, no hay frío que te detenga.

Pero menos mal que para eso están las mamás sensatas, para recordarte que, como mucho, puedes ir disfrazada de hada estrella, con tu jersey de cuello vuelto por debajo y unos buenos panties de lanita fina, que abrigan, lucen y dan esplendor. Tú no quieres jersey de cuello vuelto. Tú no quieres panties de lanita fina que abrigan, eso sí, pero ni lucen ni dan esplendor. Tú lo que quieres es ir medio en pelota picada, porque en alguna revista has visto que en algún lugar se puede ir por la calle en bañador con lentejuelas. El sitio en cuestión no te suena, pero sabes, seguro, que no es en tu ciudad, porque sino de qué aquellas chicas iban a ir con los abdominales descubiertos: ¿no tenían una mamá que les pusiese el jersey de cuello vuelto y el panty de lanita fina…? Ahí, queridos míos, comenzó mi andadura como Carnival Hater.

-  Yo quiero ir molón, no todo tapado, qué te crees…

Tres décadas después, la historia se repite, pero ahora soy yo la que está del otro lado, al mando del jersey de cuello vuelto y el panty calentito, y mis niños más allá de la frontera ideológica de la razón. A ellos les importa un pito, o quizá pito y medio, que a mí me espeluzne la idea de que se pongan malitos por ir de paseo, a lucir palmito cual Spiderman 2.0 o amoroso Pepito Grillo, con sus cuernitos y su elegante levita. A ellos, al igual que a los niños de los lugares en los que el clima no les entumece el buen humor, les apetece ir por la calle sin sensación de ir forrados en corcho, lanzar tela de araña azul a tooooodoooo lo que se menea, y hacer cricricrí a cualquier grillita linda, con apetecibles mofletes que se nos cruce por el camino. Pero, Galicia es la borrasca en el país de las maravillas…

- Frío, caca… - Musita Nicolás, enfadado, mirando la ventana del jardín.

- Ya… - M*erda, me veo reflejada en su chasco climático, vaya – Mira, tengo una idea…

- ¿Tu idea tiene jersey de cuello alto…? – Nicolás no quiere hacer un chiste: les Luthiers tampoco, y ese es el secreto de su éxito.

- Noooo… - Cojo a Lorenzo en el regazo, intentado zafarme de su enésimo mordisco – Vamos a ir al bazar a ver qué disfraz calentito encontramos para el bebé, que podamos meter por debajo un chándal y que no coja frío, ¿qué te parece…?

- No me parece nada, porque eso no es una buena idea, eso es un recado… - Nicolás 1 – Mamá 0.

- ¡Que sí que lo es, en serio! – Me río, porque está enfurruñado supermil, y eso hace que sus ojos enoooormes parezcan dos botones de abrigo de abuelo – Le cogemos un disfraz calentito al bebé y así podemos salir un poco a la calle.

- ¿¡Al parque…!? – Emoción superlativa. Sonrisa, aún con mofletes apucherados, pero con cierta animación.

- A donde quieras: ¡tú mandas, Spiderman!

Así que, después de una hora y media intentado salir de casa, el padre y yo metemos a los dos niños en el coche (con la sillita, la capota de plástico para la sillita, el bolso del cambio, la mochila de la merienda, los abrigos, los paraguas, un par de zapatos de repuesto para cada uno, por si los charcos son inevitables…) y nos vamos al bazar chino más grande que conocemos. Lo de grande es importante porque intentar mover un carrito por los angostos pasillos, abigarrados de cosas inverosímiles, debería ser considerado deporte olímpico. Por el camino, Spiderman y el Pepito Grillo protestan una y mil veces:

- ¿Yaaaallegaaaamoooooos…? – El mayor.

- Otóóótudeeeelsaaaaheeeeeotóóbuáááááh… - El pequeño.

- ¿En serio es necesario que vayamos los cuatro y el carrito, cual Amish, al p*to bazar chino? – El padre, sabiendo la media hora que se nos avecina, ya está en tensión nivel Chispum

- Túloquequiereesquemecomaeltigreeeequemecomaeltigreeeeeemisangreestábuenaaaa… - Me dejo ir.

- No me parece un buen ejemplo para los niños que te rías del padre de esa manera… - Ironía, sutil manera de mandarme a paseo.

- Que no, que es la radio… - Señalo reproductor de CD del coche: ¡Folclóricas Arrepentidas, os debo una!

Tras diez minutos de nerviosismo nuclear, llegamos al almacén. Los niños no se bajan del coche, se tiran. El pequeño, que aún no sabe quitarse el cinto (a Dios gracias…), mira cómo lo hace su hermano y sé, tengo la certeza infinita de que es un aprendiz de escapista. Observa y retiene con minuciosa atención cuáles son los pasos para la liberación (presionar el botón rojo, dar brazadas como si espantases avispas y salto de trampolín hasta la alfombra: voilá!).

- Mañana hay que ponerle al cinto de Lorenzo una brida o un candando de castillo medieval: se fuga de la silla antes de llegar a la guardería.

El padre, al igual que yo, se cosca de que el pequeño es un mini Chapo Guzmán, y que le falta destreza, pero fuerza y tesón le sobra para ¡pies, para qué os quiero! Los dos meneamos la cabeza, pensando, al unísono y en silencio, que los líos, cuando hay hijos, nunca dejan de sorprendernos. Para cuando conseguimos sacar a los niños y ponerlos a cubierto, bajo el minúsculo toldo del bazar, empieza a llover, pero llover de verdad. A llover como no se recuerda haya llovido desde el tinglado de Noé y su arca de las citas a ciegas (tanta pareja de animales, ya me diréis…). Llovía de arriba, de abajo, de izquierda a derecha, en tirabuzón y heeeey, Macarena. El paciente padre, que justo estaba montando el carrito cuando aconteció el segundo diluvio más molón de la historia, intenta darse prisa, pero para qué, si ya tiene la espalda tan empapada que recuerda a una Spontex. No quiero decir nada que perturbe su ritmo, pero se me adelantan…

- Papito, hombreyá, date prisa, ¿no ves que te estás mojando todo? – Nicolás imposta tono e adulto sabiondo.

- Nicolás, hijo, deja a papito, que ya bastante tiene, el pobre… - Acaricio la cabeza del bebé, que no entiende por qué no puede lamer el escaparate del bazar, que está lleno de chorretes asquerosos que le parece súper apetecibles.

- No me digas ‘déjalo’, que es una ordinariez, mamita… - El que va de mayor, sigue en su roll.

- ‘Déjalo’ no es una ordinariez, ‘déjalo’ es el imperativo de ‘dejar’, se puede decir… - Informo al señor Castro Martínez, que se había comido a mi hijo Nicolás.

- ¡No, no…! No es un ipelativo*, es una cosa fea que me dices para que me calle, y decirle a alguien que se calle, es una ordinariez…

¡Dale, que ganas! Y tal cual. No se dice cállate, se dice silencio, una de mis monsergas maternales más empleadas cuando se pone en Niño J*dón Modo ON. Qué culpa tendré yo de estar educando seres tan listos, con inteligencia normal, pero listos como pocos. Ains. Lo dicho, dale, que ganas. Ya lo has hecho, bribón.

- ¿Por lo menos le habrás puesto a papá un jersey de cuello vuelto y unos panties de LanitaFritaaaaa…? Es que está muy enfriado, por si no lo sabías…

Y el padre y yo nos reímos tanto y tanto y tanto, porque ‘lanita frita’ es muy  g-r-a-n-d-e, como grande es que Nicolás nos emule, recordando que es invierno, que hace frío, que no podemos salir a ver las carrozas de carnaval porque podemos morir de un sabe-Dios-qué si no nos abrigamos como para ir a Siberia; que mamita no haya embutido a papá en miles de capas para ir al bazar chino, es intolerable, un olvido a la altura de mandarlo al cole en chándal el día de uniforme de botones (sudores me entran: sólo me pasó una vez, me lo recuerda cada mañana, pobre).

- ¡Venga, que ya estamos listos…! - El padre, que tiene más agua encima que lago Ness, no protesta, ya para qué. Sólo quiere entrar en el bazar.

- ¿Y tú de qué te pides el disfraz que vamos a comprar, papito…? -  Nicolás evita ponerse del lado de su padre, porque está tan empapado que le da cosa.

- Yo de nada, ¿no ves que voy de Bob Esponja? – El padre se ríe – Llevo tanta agua encima, que parece que acabo de salir de Fondo de Bikini.

- Vale, pues yo soy Arenita… - Apostillo, sujetando al bebé para que no me arranque a pellizcos una oreja.

- Vaaaleeee, y Lorenzo es Patricio, qué bien lo vamos a pasar…

Tras un épico e inenarrable paseo por el laberinto del bazar, excuso decir que, POR SUPUESTO, nos fuimos hacia la caja con una pecera de plástico esférica (mi casco de Arenita), no sin antes montarla parda con el dependiente, para hacerle entender que queríamos un gorro de chinito para el bebé, para el que habíamos escogido una casaca y pantalones amplios (chándal por debajo, no se me olviden) con un estampado tan rojo y tan oriental que recordaba a un mantel de restaurante ad hoc.

- Pero chino, de chino de carnaval, no de que chino normal, así de habitante de la China, como eres tú, ¿me entiendes…? – Hay jardines en los que sé no debo entrar, sin embargo, ahí voy, a puerta Gayola.

Ñacañaca, la cigala, ¿complendes*?, anuncio ya para los anales de recuerdo si eres la generación EGB. Bien, el dependiente del bazar lo pilló al vuelo (el business es el business…) e incluso esbozó una sonrisa ante mi momento Chiquito de la Calzada, oda al despropósito ocurrente. Pero no fue nada comparable al que vendría a la hora de pagar…

- ¿Tú eres chinitoooo de verdaaaad…? - Nicolás asomando el flequillo, con las manitos en el mostrador – ¿Y con los ojos así de pequeñitos, como puedes ver si llega un dragón por la derechaaaa…?

- ¡Toma, toma…! – Doy un billete al dependiente- Sobra poquito, quédate con el cambio…

¡Y tira millas! Antes de que el oriental-no-veo-dragones-por-derecha nos echase de allí a chinesas h*stias, nos fuimos los cuatro, la sillita del bebé, la pecera-casco de Arenita, el disfraz de chinito, pero chinito de carnaval (ay, mamá, soy un caso…) y el paciente padre, que era, en sí mismo, la viva imagen de Job, pasado por agua, eso sí, pero Job, al fin y al cabo. Quise abrazarlo, bebé de por medio, pero era tanta lluvia la que llevaba puesta en la espalda, que desistí de mi ataque de amor.

- Quiéreme mañana, vale, que hoy los abrazos me mojan los calzones… - Me dice.

- Hombre, dicho así… - Me río, tapándole los oídos al bebé.

- Dicho como quieras: me estrujas, y me caen gotas frías hasta la hucha, mismamente…

A lo dicho al comienzo de este post me remito: soy una Carnival Hater, pero con niños en casa, no hay odio que mil años dure. Y si dura, siempre será con cuello vuelto y panty de lana frita, que para eso ahora soy yo la madre que teme al rigor del invierno. El frío a mí nunca me molestó… hasta que fui mamá, claro


Espejito, espejito mágico

Escrito por informaValencia1 02-02-2016 en LIVING LA VIDA MADRE. Comentarios (0)

Noe Martínez/LIVING LA VIDA MADRE   Sugerencia musical, MAQUÍLLATE, de Mecano https://www.youtube.com/watch?v=BUyg7Pk86vQ


Once upon a time…

NICOLÁS:    ¿Por qué haces eso, mamita…?

YO:      ¿El qué, amor…?

NICOLÁS:    Darte pinceladas en los ojos.

YO:      Porque si no lo hago, no tengo ojos, sólo ranuras de hucha de bazar chino.

NICOLÁS:    ¿En seriooooo, y cuántas moneditas te cabeeeeeen?

YO:      Depende de lo hinchados que los tenga; hay días podría guardar todas las monedas de los bolsillos de papá.

NICOLÁS:    Pero entonces, si parpadeas, ¿haces tilín-tilín?

YO:     Eso hacía cuando era una chica y salía a bailar, ahora hago tolón-tolón, como vaca con cencerro…

NICOLÁS:    Pues a mí me gustan las vacas, mamita…

YO:      ¿Eso es un besito?

NICOLÁS:    No, son dos…

El significado de morir de amor, queridos míos, debe ser algo muy parecido a esto. Cada mañana, o casi cada mañana, el mismo ritual. Yo me dibujo la cara (que no me maquillo, eso era cuando había base veinteañera que matizar), mi mayor asiste, maravillado, al proceso de lacado materno. Mientras el bebé se pregunta por qué nadie le deja chupetear la borla del colorete, yo me hago con siete minutos exactos para imaginarme que soy una bloguera de belleza, de esas que lo petan con tuturiales express en Youtube, dando consejos sobre cómo lucir como una Barbie girl en menos tiempo que te recortas un padrastro del dedo meñique. Lo sé, yo no soy bloguera, no soy una Barbie girl (si acaso, una Barbie Mature, harina de otro costal…), pero atesoro tanta y tanta experiencia pasada con el pincel, que podría maquillarme con más o menos destreza, aunque con la otra mano tuviese que conducir una aeronave, levantar ocho claras a punto de nieve o firmar la paz mundial.

Yo, cuando me pongo, me pongo.

Y tanto. Pero mucho, y con suerte tan dispar, que con sólo mirar el resultado final, cualquiera que se cruce conmigo, sabrá de qué pie cojeo (o de qué sueño carezco), con sólo reparar en la delicada y enigmática línea de Eye Liner que he trazado sobre mis ojos-ranura-hucha-de-bazar-chino.

Porque hay mañanas que, mientras me doy el lápiz sobre el párpado móvil, alguno de mis niños decide saltar al abismo desde el apoyabrazos del sillón. La altura no es como para tomar Biodramina, pero un buen h*stiazo se rifa, eso seguro. Rauda y veloz, a devengar en mi hedonismo hegemónico de 420 segundos de reconstrucción facial, me voy hacia ellos, presa del miedo a no llegar a tiempo. Y sin dejar de dar y dar y dar color al párpado mientras ando, llego justo antes de que se esnafren, desplegando eso que llaman alas de madre, y que, c-o-m-p-r-o-b-a-d-o, existen. Así pues, cual BatWoman, extiendo mis apéndices maternales, amortiguando la caída, evitando que alguno de mis pequeños se deje los dientes en el parquet.

Orgullosa de mi rescate, lápiz aún en mano, me voy hacia el espejo. Maravilloso, hoy pasaré el día con la mirada a lo Amy Winehouse: pintada a tizón. Podría pasarme un algodoncito con desmaquillante y volver a empezar. Podría, si tuviese tiempo y algodoncitos y desmaquillante. Valoro la posibilidad de difuminar (con el dedo mojado en saliva, claro está) el grosor de la raya de Khol, pero se me viene a cabeza el difunto de Chu-Lin, el oso panda del zoo de Madrid, y desisto. Pues eso, no, no, noooo, que cantaría la infausta de Amy.

Otras mañana, en cambio, todo parece fluir, los tipos estupendos que me han salido de dentro están bajo control. Nada parece indicar que vaya a acontecer un ataque nuclear por sorpresa, así que decido esmerarme en el delineado de cada ojo.

E, ilusa de mí, en lugar de asegurar un Make up básico y tener los dos ojos ready to go, ya después la floritura PRO, me dedico con ahínco al primero que me quede más a mano y me resulte más cómodo de maquillar. Generalmente es el derecho, porque veo mejor con el izquierdo (astigmatismo mata en mí). Noto como el lápiz se desliza feliz por mi párpado, y yo, más feliz aún, no puedo evitar  acordarme de la escena de Pretty Woman, cuando Julia Roberts se está atusando de mujer elegante para ir a la ópera. Y cuando todo va que te c*gas, entra el mayor en el baño al grito de quemesalequemesalequemesale. Yo, con un ojo niquelado y el otro aún con las marcas de la sábana, pido compartir espacio: él haciendo su caca, yo dándole al pincel. Ni de broma, me dice, las cacas se hacen solito, que es mayor. Vale, tiene razón, quiero coger mi neceser para terminar aunque sea en el espejo del pasillo, pero no me deja: prisa inminente, nivel Troncho Va. Esperando a que termine sus cosas, miro el reloj y me doy cuenta de que tempus fugit: sin duda, hoy llegaré al trabajo a lo Rosi de Palma, con un ojo aquí y el otro allá. Genial, así todo el mundo gozará de mi picassiana belleza al natural, de mi mirada cristalina… y regordeta, con el párpado tan inflamado como una oreja de carnaval.

Pero las mejores, son aquellas mañanas en las que el bebé tiene el día absorbente: todo yo, todo para mí, todo conmigo y para ya. Desde que se despierta está roñando a escape libre. No puedo moverme de su lado si no quiero que los vecinos se yergan de sus camas, alarmados, con los pelos como escarpias de carpintero. Así que, me visto, me peino, me arreglo el jetamen en el salón, a dos centímetros de su trona, para que vea que no me marcho, que no hago nada más que estar con él.

Mis siete minutos transcurren a más velocidad que nunca, porque cada vez que cojo un algo para darme color, matizar o perfilar, mi compañerito de amor quiere saber qué es y, a lloro vivo, se empeña en que se lo deje. Y claro, el mayor, que es muy de culo veo , culo quiero, hace lo propio, y entre los dos me desvalijan el neceser, haciendo imposible cumplir plazos temporales, y los únicos siete minutos que tengo para esculpirme la cara y volver a ser alguien parecida a mí misma (tuve identidad propia, lo juro), se esfuman. Miro el reloj otra vez (siempre prisa, siempre corriendo, siempre tensión…), y sé, con rotundidad, que hoy sí perdemos el bus. Seguro. Cojo el rizador de pestañas para darle chispa a los cuatro pelitos-patitas de araña que pueblan mi párpado, y hago lo propio. Vale. Me dispongo a hacer lo suyo con el otro ojo, cuando se me cae al suelo y ello propia que el protector de silicona de una de las hojas del artilugio salga despedida. No hay tiempo para dar con la almohadilla, cosa buena sería… Así que, decido usar el rizador así, sin saber que, oh, lalalá, en cuanto lo presiono, me tronza de cuajo mis cuatro pestañas de miérdola. ¡Ay, mamá, allá van mis patitas de araña, con la falta que me hacían…! J*dida y dolorida a partes iguales, cojo a los niños, los subo en el coche, sabiendo que de allí a tres meses, que me crezcan de nuevo mis pelitos oculares, soy la viva imagen de la Naranja Mecánica. Mirada escalofriante, no digo más.

- Mamita, ¿los niños se maquillan? – Se interesa Nicolás, desde su silla del coche.

- Mnnn, no, generalmente no, no siendo que trabajes en el Circo del Sol – Le digo, mientras compruebo en el retrovisor si el bebé ha dejado de intentar comerse el cordón del tenis.

- Pues Damián de mi clase de 4, dice que su primo David de sesentamilaños se echa maquillaje en la cara, ¿qué te parece? – Me espeta, complacido con su cálculo mental al respecto de la edad del primo de Damián.

- ¿Y le queda bien, sin pegotes…? – Inquiero, curiosa.

- Pues sí, creo que sí… ¿qué te parece? – Ni sabe ni le importan un c*rajo los pegotes del maquillaje del primo de Damián, pero quiere saber qué opino de que los chicos se pinten.

- Me parece que si puede maquillarse y no se deja pegotes, es que no tiene niños… -

Suspiro. Suspiroooooo. Ay, que suspiro, digo. Aparco el coche y veo aparecer el autobús del cole, a toda velocidad, cuesta abajo. Felicidad superlativa, hay que ver con lo poco se conforma una cuando la vida diaria aprieta. Entusiasmada con la idea de quitar el CD de los Cantajuegos y poder escuchar el boletín de RNE, me dispongo a coger rumbo al trabajo. Me pongo el cinturón, enciendo el coche, bajo la solapa del quitasol, para mirarme en el espejito y…

- ¿¡Pero qué c*jones…!?

Ni Amy Winehose ni Rosi de Palma ni la Naranja Mecánica, aquella mañana había inaugurado un nuevo estatus: Mariquita Pérez, labio perfilado en marrón, pero sin rouge de relleno. Pues tal cual, echa una muñeca chochona de la época franquista, me pongo el mundo por montera, porque a fin de cuentas, quién ha dicho que la belleza natural no existe: ¡mis niños la tienen!

Y yo la comparto, aunque sea a base de risas y despropósitos. Por lo menos, aún no he ido a trabajar con los dientes pintados, cual sexagenaria en la cola del pescado del Mercadona, aunque, ¡dadme tiempo…! (Que lo tenéis, afortunados vosotros)

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Misión imposible

Escrito por informaValencia1 26-01-2016 en LIVING LA VIDA MADRE. Comentarios (0)

Noe Martínez/LIVING LA VIDA MADRE 
SUGERENCIA MUSICAL, BSO Misión imposible. Tema orquestal https://www.youtube.com/watch?v=lLcWuQ6jL9g

No nos engañemos, tener niños es la mejor de las sorpresas que la vida te puede empaquetar, pero ello no exime que muchas veces te preguntes por qué no han venido con ticket regalo, para devolver al remitente, llegado el caso. Mañanas en las que te preguntas qué has hecho mal con respecto al día anterior, porque todo empieza mal, no fluye, y el mal humor de tus hijos  termina por darte una paliza moral de padre y muy señor mío. Da igual que le preguntes qué pasa, qué es eso que les hace comportarse como un pulgón de playa, dando la j*da sin parar y porque sí, mordiendo en hueso hasta dar en nervio y hacerte saltar como un orangután, fuera de tu roll de Mamá Blablabá, un disfraz que me resulta igual de cómodo que un pijama de franela.

- Soy tan fuerte que puedo tirarlo, ¿sabías…?

06.30 AM. Recién amanecidos, ya con el pis hecho, el uniforme del cole puesto y viendo sus dibujos favoritos, para que todo vaya bien. Los días de semana no podemos perder tiempo en menudencias, así que hay concesiones tácitas: se ven dibujos de mayores (no BabyTv), para que el mayor desayune rápido y veloz, y nos dé tiempo a sentarnos el baño un rato e ir a coger el bus, sin la presión de ‘mamita, creo que me va a salir la caca’.

Vale, pues todo como siempre, como cualquier otro día, como ayer, sin ir más lejos; pero hoy la cosa no va. No va, que no. Nada más le acerco el Colacao en botellita (lo sé, es un engañabobos, más caro y tatatá, pero la idea de que se tire el tazón de leche por encima del polo del uniforme, me sale mucho menos a cuenta…), el muchacho, que se ha levantado como un puma del Serengueti, me dice que tiene tanta fuerza, que lo puede tirar…

- ¡Ay sí, tirar lo tirarás, pero te aseguro que no te van a quedar ganas…!

Duelo Ok Corral. Nos miramos, seguros ambos de que allí sólo puede ganar uno. Yo, que por las mañanas soy blanco fácil para la h*joputez, porque me levanto feliz y contenta, no entiendo la ofensiva, así que hago que no pillo el reto, y atiendo al bebé, que quiere cucamonas, porque aunque no habla, intuye que allí se masca la marejada. Sus muchibesos con babas siempre molan mazo, pero mucho más cuando acabo de recibir un golpe virtual en todo el bazo.

- ¡Ahí va, chavaaaal…!

¡Zas! La botellita de Colacao a tomar viento. Me giro, y fulmino al mayor con la mirada. Recojo el batido del suelo, antes de que se derrame, y lo vuelvo a poner sobre la mesa.

- Tú estás muy equivocado conmigo, muchachito, ¿tú te crees que yo soy una niña del patio del cole? – Lo miro con firmeza – No te confíes demasiado, no vaya a ser que te salga mal…

- ¿Qué…? – Mi mayor se hace el loco, única defensa honrosa a su desaire de niño infierno.

- Mira, vamos a hacer una cosa… - Respiro hondo, acordándome de Daniel Sam en Karate Kid, no hay dolor, no hay dolor, no hay dolor – Vamos a tratar de reconducir este desastre de ‘buenosdías’. Voy a hacer que no vi lo que acabas de hacer, porque me da tanta vergüenza ajena, que tengo ganas de llorar…

- Pues llora, que es de miedicas…

¿Pero qué c*ño pasa? ¿Quién es ese diablo que se hace pasar por mi niño, el amor de mi vida? ¿Qué le he hecho yo al universo para que todo se alinee para fastidiarme el día y la existencia? ¿Dónde se resetea al mini-robot para que deje de decir sandeces, que, en todo caso, jamás oyó en casa? Chasco la lengua, contengo mi ira, a fin de cuentas, yo soy la adulta: tengo que domar a mi yo ‘sigue-así-que-te-menoscabo-las-orejas’…

- Verás, chato, hay dos maneras de empezar el día: bien y mal. Todo apunta a que tú has elegido la segunda, pero no podemos dejar que eso nos lleve a toda familia al garete…

- Atáotópatanóóó… - Lorenzo, desde su trona, reclama su derecho a opinar: si no vamos a ver los dibujos de mayores (que dicen culo, no cantan y no tienen ojos graandeeesgraaandeesgraaandeeees…), que alguien pulse 90 en el mando, que seguro ya salió el hurón, la pequeña Lola y el idiota de Harry, que siempre pide de comer algo que no hay. En fin.

- ¡Claro, AmorcitoGuapoGorditoTeComoABesos…! - En medio de aquella tensión doméstica, sólo me hacía falta un bebé dejándose el gañote en protestas. Aún a sabiendas de que aquel canal de televisión diabólico, en el que repetían los dibujos en bucle, no podía ser bueno para el consciente ni el subconsciente, accedo a ponérselo: dos frente belicosos al mismo tiempo, demasiado para una mamá recién levanta, siempre con prisa, siempre con miedo a no llegar a tiempo.

- No quiero desayunar. No tengo hambreeeeeee… - El fenómeno polstergeist que es la capacidad torácica de un niño cuando está enfadado es materia para Íker Jiménez. Del berrido del mayor, el bebé rompe a llorar, asustado, y no es para menos.

- ¡Nicolás, ni se te vuelva a ocurrir gritar de esa manera!, ¿tú te crees que esto es la barra de un bar, o qué…? – Me siento a su lado, en el sofá, y me dispongo a darle yo el batido y las galletas – Empieza a comer sin decir ni chitón: ¡no quiero ni una palabra! Comer y callar, eso es.

- Pues no voy a comer, que lo sepas…
¿¡Será posible con el mico tozudo!? ¡Que soy tu madre, bribón, no me pongas en jaque, que lo mismo te como el alfil…! N-o  d-o-y  c-r-é-d-i-t-o.

- Ya lo creo que sí…

- ¡Ja, ya lo verás…! – Y pone las manos a modo de cancilla, taponando la boca.

- Ahá… - Me meso el pelo del flequillo por no tirarle a él del remolino del cogote, aunque ganitas no me faltan… - Tú te acuerdas de que el sábado tienes un cumpleaños, ¿verdad?

- ¡Sí, en una piscina de bolas…! – Exultante, sonríe, aunque está tan cruzado, tan de mala milk, que resulta un poco Chucky, el muñeco diabólico.

- Pues verás, tú mismo vas a decidir tu futuro: si desistes de tu conducta de cretino integral y desayunas, irás al cumple…
- Pausa dramática, arqueo cejas, encojo hombros, engolo la voz a lo Maléfica, espejito, espejito mágico… - Si continúas con este espectáculo de niño infierno y no desayunas, no vas. ¿Qué te parece el juego?

- ¡Eso no es un juego, que lo sepas…! – Protesta, aún más encendido – Eso es castigar, ¿o es que no lo sabes?

- Tchchch… - Niego onomatopéyicamente – Créeme que no, porque castigar es algo que no practicamos en esta casa. Te repito que vas a ser tú el que decida qué va a pasar con tu sábado: si escoges el camino del bien, cumpleaños; si te comportas como un tornillo oxidado o una ortiga, no cumpleaños.

- ¡Yo no soy un tornillo, y ortiga lo serás tú…! – Nicolás se enfurruña, haciendo fuerza para que le caiga una lágrima, pero nada.

- Eres tal, ¿no te oyes? Gritas como un tornillo de estantería vieja, y eres picajoso como una planta urticante… - Me acerco al bebé, que ha decidido comerse un calcetín, del que sólo asoma el elástico por la boca.

- ¡Pues no como y no como y no como…! – Itera mi vikingo, hecho una chispa.

- Pues no vas al cumple, una elección nefasta por tu parte… - Arguyo, sin dejar de mirar el reloj. Sin duda, el bus se marcha sin nosotros. Ay, mamá…

- Que sí que voy, hombreyádéjatedeordinarieceeees…

Y Nicolás coge la botellita de Colacao y se pone e beber a morro, con  idéntica sed que si acabase de cruzar el desierto del Gobi. Esos ojos enormes y expresivos, que sobra un parpadeo para hacerme morir de amor, me miran, llenos de reproches. Si algo le fastidia más que no tener razón, es que se lo hagan saber.

- Así me gusta, campeón, tomando el lado chachi de la vida: si desayunas… - Le acaricio la cabeza, mientras hago malabares con Lorenzo en el regazo, camino del cambiador: habemus pañal sucio y oloroso.

- …voy – Exclama, evitando mirarme – Pero voy porque lo decidí yo, que elegí desayunar, no porque tú me dejes ir, ¿a que sí…?

- A que sí…

Mamita 1 – Pataleta autoafirmación 0

No sé muy bien cómo, ni cuándo ni en aras de qué, pero los niños necesitan provocar de cuando en vez, quizá para probar que sigues alerta y que no has puesto el piloto automático en modo ON (que ya me gustaría, ya…). Esa lucha interna de ser niño y no serlo, de ser bueno siempre o sólo a ratos, de forjar carácter aunque ello haga que se te salten las lágrimas de rabia e impotencia. Y lo sé, ser mamá no siempre es un paseo por el tablero de la Oca, pero por más que el cargo suponga cuajo para aguantar los embistes como una navarra, no puedo evitar sufrir de lo lindo y a lo bestia.

- No le hagas caso, mami, dice las cosas sin sentirlas: te llama malízima, y después te dice que eres la mejor y lo más valioso para él…

El paciente padre al teléfono, calma mi ansiedad post traumática, cuando los niños POR FIN están ya en el cole y la guarde, porque sabe que el resto del día, voy a ir volando, tocada de un ala.

- Ya, soy valiosa, pero hoy soy malízima, y mañana voy a seguir siendo malízima, como si lo viera… - Dejo que dos lágrimas de cocodrilo hagan de las suyas.

- ¿No estarás llorando…? – Me dice, sabedor de la respuesta.

- No, hago ejercicios de respiración asistida… - Apunto.

- Ya me parecía… - Y sonó tan a ¡Venga ya!...

- ¿Sabes, pater? – Silencio – Esto a veces es difícil…

- Y chungo. Pero ya vendrán tiempos peores, así que ríete ahora, que lo mismo después no nos hace gracia…

Ya te digo. Días después, cuando por fin se le pasó la ventisca, mi mayor volvía a su esencia de ser delicioso, a su horma de tipo extraordinario, mil y una veces querible, aunque necesite testar en casa su capacidad de poner al personal y a las normas al límite. Sólo espero (o no, que yo soy muy de vivir las sensaciones siempre como únicas y originales), que cuando Lorenzo tenga su edad y tire el Colacao por la mañana, me asalten los recuerdos de antaño, riéndome mucho y llorando lo mínimo. Rabia contenida, amor a borbotones: a la venta en cualquier farmacia, antes de tomar ningún medicamento, consulte con su farmacéutico.

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