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El final de Rita Barberá

Jose Segura / LO QUE HAY

Dedicar toda una vida al periodismo y luego a la política, para acabar tan malamente como Rita Barberá, es una de las peores maneras de entrar en la jubilación. Que una profesional termine su vida en activo escondiéndose en su casa, criticada por compañeros y adversarios, al borde de la imputación, es uno de los peores castigos posibles. Pero cuando alguien se gana semejante final a lo largo de su trayectoria, es razonable que acabe pagando sus actos.

Con la misma edad que yo, Rita afronta la recta final de su existencia con descrédito, cuando bien podría haber entrado en la tercera edad con la conciencia suficientemente tranquila y con el afecto de los demás en plena vigencia. Sé de lo que hablo, porque si comparo mi actual momento de llamemos felicidad, así como de renovadas ilusiones en la construcción de mi nuevo proyecto de vida, con lo que le espera a la exalcaldesa en los próximos años, me pregunto si le ha valido la pena ser tan prepotente y presuntamente corrupta.

Y es que Rita no solo está escondida en su casa, de donde solo sale para ir a la peluquería, sino que incluso falta diariamente a su trabajo como senadora, lo que no le impide cobrar su salario.

Además, la maquinaria de la justicia ya ha puesto en marcha el suplicatorio para sortear el injusto aforamiento con el que se escuda la antigua primera edil de Valencia. Parece pues inevitable que en los próximos meses veamos a Rita ante el juez, con la posibilidad de que resulte procesada y condenada.

No creo que Rita entre en la cárcel ni tampoco se lo deseo. Con el bajón vital que le espera cuando se apee de ese pedestal que ya no la sustenta, ya tendrá bastante. Cuando su orgullo, otrora insultante, se vea por los suelos y observe que su autoridad –“Cuidado con lo que decís”, amenazaba todavía en días pasados- ha pasado al olvido, se dará cuenta de que ya no es nadie. Y lo peor, cuando todo esto pase y su vida se quede reducida a la nostalgia y al ostracismo social, acabará siendo una vieja amargada –como corresponde a toda persona que ha vivido en permanente cabreo- o, lo que es peor, en una depresión de caballo.

No es pena por Rita Barberá lo que intento hoy expresar en mi columna. Solo intento reflexionar sobre hasta qué extremo se justifica haber llevado una vida así para llegar al final de los días como una marginada. Ese sí es el peor de los castigos.

Twitter: @jsegurasuarez

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