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Mitología romana: contra el chisme y la malevolencia, fiesta de Lala

En la última semana de febrero en la antigua Roma se celebraba la fiesta de los lares y de Lala, su madre

Adela Ferrer/Astróloga

Esos días, las mujeres más mayores se reunían para rendir culto a Lala, una divinidad menor, madre de los duendes del hogar y genios protectores de la casa.

Tácita (también llamada Lala) es el nombre de una náyade, famosa tanto por su belleza como por su charlatanería. Este defecto, que sus padres habían intentado en vano corregirle, la hacía incapaz de guardar cualquier secreto.

En una ocasión, el mujeriego Júpiter iba persiguiendo a la ninfa Yuturna y rogó a las náyades que le ayudasen a conseguir sus deseos y que le guardasen el secreto de sus adúlteros amoríos. Así lo hicieron todas las náyades, excepto Lala que, sin poder refrenar su chismosa lengua, acudió a Juno –la esposa de Júpiter y le contó los devaneos de su marido con Yuturna.

En castigo por su indiscreción, Júpiter le arrancó la lengua y ordenó a Mercurio que la encerrase en los infiernos. En el camino, el dios mensajero se enamoró de Lala, quien correspondiéndole, le hizo padre de dos gemelos, llamados los lares, que custodiaban las encrucijadas y vigilaban las ciudades.

La celebración consistía en que mujeres más ancianas hacían el sacrificio a Lala, madre de los lares. La más vieja y oficiante se ponía en la boca (imaginamos que desdentada) siete habas negras, e iba chupándolas mientras tostaba una cabeza de anchoa a la que se le ha cosido la boca; mientras, todas las demás mujeres repetían: “Hemos encadenado las lenguas enemigas y cerrado las bocas malevolentes”

Por eso se dice que los últimos días de febrero son los mejores del año para cerrar la boca de los difamadores: hay que cerrar un candado y echar la llave muy lejos con la misma intención que las ancianas romanas y así, a lo largo del año nadie hablará mal de quien sea participe en este rito.

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