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La guerra de Valls y Hollande

Manuel Huerta. A LA CONTRA

Tal y cómo han manifestado François Hollande y el premier Manuel Valls, Francia y la Europa comunitaria y Estados Unidos, estamos en guerra. Una guerra nueva, distinta a lo que conocemos hasta ahora denominada cómo tal o con el tópico "conflicto armado".

El pasado viernes, un nuevo ataque terrorista barría un hotel de Bamako, capital de Mali, dejando 27 muertos, en su mayoría trabajadores europeos allí alojados. En esta ocasión el terror actuó bajo la franquicia yihadista de Al Murabitún, uno de los distintos grupos  que habitan y operan sembrando el terror, el horror y la miseria en el eje Golfo de Guinea- Oriente Medio.

La amenaza yihadista tiene un carácter global que no se limita exclusivamente a Siria e Irak, ni al denominado Estado Islámico. Occidente, el mundo libre, es sobre todo, su diana, y su propósito es acabar con democracias y libertades e imponer la ley islámica.

Tras los ataques de Paris, los ciudadanos de Europa reacionamos con conmoción y emoción, con solidaridad y fraternidad, pero pasados los días comenzamos a relajar la tensión porque en buena parte de nuestra sociedad el término guerra vuelve a aparecer como fantasma cada vez que nuestro modo de vida tiene que afrontar los retos que nos van saliendo al paso. Así ocurrió el 11-M, cuando la voluntad del terror, fuese quien fuese el desconocido autor intelectual de aquel terrible atentado, acabó doblegando la voluntad de toda una nación, liderada por unos políticos sin carácter y de cuestionable liderazgo, incapaces de explicar que en ocasiones la guerra no se puede eludir ni evitar.

El Gobierno del PP y también el PSOE o Ciudadanos han de decir la verdad. Estamos en una guerra, insisto, cómo sí reconocen Hollande y Valls. Una guerra no declarada contra el fundamentalismo islámico, una guerra que nos han declarado sin que nos demos por enterados. Pero no por ello podemos negar su existencia. De nada nos sirve seguir la política del avestruz y negar que viviremos en esa guerra mundial probablemente durante décadas, ofreciendo únicamente una respuesta policial. Es una guerra contra el fundamentalismo islámico y no sólo contra Daesh o cualquier otro grupo reconocido, porque nuestros verdaderos enemigos no son sólo los terroristas, sino todos los que apoyan la extensión de la versión más radical del islam , es decir, la yihad.

Vemos cómo el Estado Islámico recluta jóvenes musulmanes de los suburbios de las grandes ciudades europeas mientras saudíes y cataríes financian las mezquitas en las que se envenena ideológicamente a la juventud europea de origen musulman que engendrarán después el horror en nuestras calles y por ende, en nuestra sociedad libre e indefensa.

Hay que recordar que la Sudáfrica racista de los ochenta se convirtió en una apestada y fue justamente excluida de todos los foros internacionales; sin embargo, Arabia Saudi no recibe la más mínima presión por parte de la comunidad internacional. Muy al contrario, ocupa un lugar en la oficina de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. Y esto en un país que no reconoce ni la libertad religiosa ni los derechos de las mujeres y que, en estricta aplicación de la sharia, amputa manos a los ladrones, apedrea a las adúlteras y castiga la homosexualidad con la pena capital.

Pues para ganar esta guerra habrá que hacer frente con determinación y valentía al fundamentalismo islámico, que es la causa-origen de la yihad. Así cómo ha hecho  Noruega por ejemplo, habrá que exigir la reciprocidad a los países que pretendan financiar mezquitas en nuestro país. Habrá que replantear nuestras relaciones con las monarquías del Golfo y exigir, como se exige a todos los países, respeto a los derechos humanos.

No se debe seguir alentando ninguna alianza que conlleve a la propagación del fundamentalismo en Europa. Y para eso es imprescindible que las mezquitas que se conozcan precursoras del odio sean cerradas y los imanes  expulsados de nuestra zona. Hemos llegado demasiado lejos y se trata de una cuestión de supervivencia.

Y se tendría que saber con rigor si la inmigración masiva de musulmanes en Europa se puede seguir asimilando en el sentido de incrementar las bolsas de jóvenes desempleados y frustrados en los suburbios de nuestras grandes ciudades, que no hace otra cosa que aumentar los caladeros en los que las organizaciones criminales reclutan a nuevos terroristas. Si la economía europea necesita inmigrantes, habría que potenciar la inmigración legal de personas procedentes de culturas abiertas que se integren fácilmente, como ha venido ocurriendo en nuestro país desde hace décadas. Otro ejemplo en éste sentido es el gobierno holandés, que ha declarado que el modelo de integración multicultural ha sido un fracaso y que los musulmanes residentes en los Países Bajos tendrán que adoptar el modelo de convivencia holandés.

Y otra cosa son los intereses empresariales sin ningún tipo de escrúpulos: Real Madrid y Barça, mientras la integridad física de sus aficiones se veía amenazada por amenazas de los terroristas islámicos, lucían en sus equipaciones la publicidad de Qatar Airlines y Fly Emirates. Sí, una guerra que parece a veces la de las escenas de "La vaquilla", pero al contrario que en la película del gran Luis García Berlanga, aquí los malos no dejan de matar porque haya fútbol el fin de semana.

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