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El ciclista que odiaba a los cristianos

Manuel Huerta/A LA CONTRA

Hasta hace apenas unos años, estaba convencido de que el político lo era por vocación de servicio a sus conciudadanos. Siempre pensé, con lo mal pagados que están, que casi todos ellos eran dignos de elogio al dedicarse al noble ejercicio de trabajar para los demás, aún a sabiendas de que hagan lo que hagan, nunca contentarán a todo el pueblo.

Cierto es que, cuándo alcanzan el poder, en contra de lo que les había ocurrido hasta ese momento, se dan cuenta de que las responsabilidades de gobierno incluyen horas y horas de largas jornadas laborales, siempre, insisto, muy mal remuneradas. Y lo de la vocación, ni en sueños.

Ahora las cosas han cambiado. El político que alcanza el sillón de mando, aunque no sea el más votado por la curiosa ley española al respecto, puede dedicarle mucho menos tiempo a la buena gestión de las necesidades de los ciudadanos que a sus propias aficiones, hobbys y caprichos personales.

El modelo valenciano al uso tiene ahora mismo un perfil de profesional de la política -que no político-, con años y años cobrando su sueldo del partido y de la institución a la que pertenece por no hacer nada, vagabundeando entre hemiciclos, comisiones inservibles para la galería, de personalidad embaucadora y escasamente fiable, pero muy estimada sin embargo para la conspiración contra sus compañeros de ideología, rencoroso, vengativo y de muy bajo nivel de instrucción o por lo menos, de una instrucción actualizada.

Es cierto que nunca dijo que gobernaría para todos los valencianos (o al menos yo nunca les escuché decirlo) y también es cierto que era de esperar su incapacidad para afrontar las cuestiones importantes que nos afectan y que tienen difícil solución: mejorar los servicios de infraestructuras, sanidad, educación, limpieza, transportes y urbanismo, favorecer las iniciativas privadas en aras de una mayor dinamización de la economía y la creación de puestos de trabajo, proteger y garantizar las pensiones, incluídas las de los autonómos, trabajar con firmeza para rebajar impuestos e intentar dotar de mayor calidad de vida a las personas y todo ello, intentando pasar lo mas desapercibido posible.

Ese modelo de empleado de la política que abunda ahora en nuestras instituciones, con más años que "la Charito", más trasnochados que el pantalón de campana, pero con poder para tomar algunas decisiones absurdas (otras las tienen embargadas merced a sus ansias de gobierno), no piensa afrontar, como era de esperar, ninguna de esas trascendentales cuestiones. Muy al contrario y como bien acostumbrados a perder durante décadas, su principal objetivo es hacer perder a lo demás, la venganza pura y dura: destruir; destruir y prohibir; prohibir y censurar; censurar y eliminar cualquier ley, norma, tradición o creencia aprobada por el anterior gobierno y por tanto, emanada de la voluntad de la mayoría de valencianos. Es decir, nada que nos alivie la angustia económica que vivimos, nada que genere esperanza para la ciudadanía.

No sería descabellado pensar que a la famosa frase aquella de "Vaya hostia!", le siguió otra mucho menos democrática y sí muy fascistoide: "Se van a enterar..."

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